La mayoría de los cientos de asistentes estaban allí por motivos políticos. A mí me movía un interés más histórico: debió notarse cuando todos, menos mi hermana y yo, entonaron la Internacional puño en alto. Naturalmente, creo que la razón legal de la Guerra Civil estaba del bando republicano y admiro el coraje de los miles de idealistas que dejaron todo para morir en un país remoto. Pero creo también que se puede estar en el bando erróneo con nobles propósitos, y en el correcto con intereses espúreos. Y que muchos de quienes lucharon por el Gobierno no lo hacían por la democracia, en la que creían menos que en Stalin, por ejemplo. En honor de quienes de verdad defendían la legalidad no metamos en el mismo saco a Azaña o al general Rojo que a Largo Caballero o a Líster.
Desde el punto de vista de la memoria, que es el que más me interesa, la jornada resultó emotiva. Un músico interpretó a ritmo de rabel el poema Venís desde muy lejos, con el que Alberti homenajeó a los brigadistas. Participaron varias decenas de irlandeses, llegados de Dungannon, el pueblo natal del poeta Charlie Donnelly, muerto allí el 27 de febrero de 1937, y al que quieren levantar un monumento. Sólo eché de menos que sonara el Jarama Valley, célebre himno de la Brigada Licoln. El momento más emocionante llegó cuando Doyle, uno de los últimos depositarios de los recuerdos de aquel acontecimiento trágico y crucial, dirigó unas palabras a los asistentes. Al final del acto me acerqué a saludarle y le dije en inglés: "nos vemos el año que viene". Eso espero.