Hoy ha muerto el poeta Ángel González, llego del tanatorio en este momento. Cuando uno conoce a una persona a quien admira intelectualmente, digamos un escritor o un músico, espera que en la corta distancia sea tan genial como la obra que de él conocemos. A menudo la decepción es grande. Escribir bien significa tener talento para la escritura y una determinada sensibilidad, pero tener esas cualidades no es incompatible con ser un cretino, un zafio o un desagradable.En otras ocasiones sucede todo lo contrario. Conocer a algunos creadores multiplica la admiración que por ellos tenemos. Sé que es fácil hablar así de alguien que ha muerto pero en el caso de Ángel González es la pura verdad. Era el mejor poeta español vivo y se daba a sí mismo muy poco importancia. Habla siempre con mucho ingenio, pero no se escuchaba a sí mismo. Escuchaba a los demás. Y aunque tenía a sus espaldas muchas desgracias siempre andaba con una sonrisa y ánimo para tomarse una copa.
Tenía 82 años muy bien vividos, pero me apena su muerte porque creo que tenía cuerda para algunos más. Para unos cuentos miles de cigarros más, unos cientos de whiskys y al menos diez o doce buenas juergas. Esta mañana he escrito para ELPAÍS.com mis recuerdos sobre Ángel. Ahora me quedan dos trabajos pendientes: completar el trasvase de información de su viejo Mac a su nuevo ordenador y leer la parte de su obra que aún no conozco. Les invito a que hagan igual.