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domingo, 9 de diciembre de 2007

Compro suerte en Doña Manolita

Un consejo de un enamorado del centro de Madrid: no se acerquen por allí hasta por lo menos el 10 de enero. Entre la Gran Vía y la Plaza Mayor no hay quien se mueva estos días de furor navideño. A la agorafobia que produce andar por Sol como si por allí pasara una manifestación perpetua se une el horror estético de los gorritos de Papa Noel y -Dios sabe por qué- las pelucas, a cual más aparatosa, de moda en estas fechas. Mi habitual paseo de sábados y domingos a la piscina de La Latina -una de mis rutinas más agradables- se ha convertido hoy en una aventura. Avisados están.

Particularmente agobiante resulta contemplar las colas que estos días se forman frente al número 31 de Gran Vía. Allí se ponen las botas a vender lotería los propietarios de la administración que fundó Doña Manolita en 1931, y que hasta Sabina menciona en su canción A la sombra de un león ("compro suerte en Doña Manolita..."). La fila ocupa tres o cuatro manzanas pero la magia del lugar se extiende centenares de metros a la redonda. Por ejemplo, en los tenderetes de las gitanas que venden décimos en la Puerta del Sol no faltan carteles anunciando que los numeritos allí expuestos han sido adquiridos en dicho establecimiento. Naturalmente, se venden con un recargo de dos euros, que para eso se ahorra usted la cola.

Al margen de que es muy difícil comprobar de dónde carajo han salido los boletos hay que concluir que, desde un punto de vista racional, tanta idolatría con dicha señora es una memez. La probabilidad de que te toque un premio depende del número de décimos distintos que lleves, no de dónde los hayas comprado. Si en Gran Vía 31 se ha vendido 20 veces el Gordo no es porque el lugar sea mágico, sino porque vende miles de números distintos. Y así es fácil. Igual sucede con la administración de Sort cuyo propietario, prototipo del nuevo rico, se ha apuntado a lista de millonarios horteras que quieren ser turistas en el espacio.

Pero incluso a quienes nos gustan las matemáticas no podemos sustraernos a las supersticiones. Un estudio reciente concluye que un tipo que hubiera comprado el último boleto de un número no lo revendería antes del sorteo salvo que le ofrecieran, de promedio, 60 veces su valor. A mí me pasa algo peor. He soñado con un décimo y lo quiero comprar. Lo vende el de Sort, y sería fácil hacerme con él por internet. Pero me da tan mal rollo el tipo -lo siento, seguramente será un santo- que me desplazaré a una remota administración en los confines de Madrid para adquirirlo. Quizá incluso haré cola. Y miren que es el mismo número. Por la cara que me vean el 22 por la tarde sabrán como me ha ido. Sólo adelanto que acaba en 4.