Que me guste no quiere decir que se la recomiende a todo el mundo. La agonía de una pequeña de 14 años, por mucho que crea que se va a ir al cielo, es un argumento durísimo que Fesser no ha querido dulcificar en absoluto. Espíritus demasiado sensibles, abstenerse pues. Pero los que tenemos más de un decímetro de piel podemos disfrutar mientras sufrimos de una película vibrante, que mantiene muy bien la tensión y no se hace larga, pese a durar más de dos horas y media. La crítica al Opus Dei es muy afilada. Es cierto que se da una visión parcial de la institución, pero es certera. Y no pretende ser un documental ni una tesis doctoral sobre la obra, sino una reflexión sobre el fanatismo religioso.
Y ahora la gran, la enorme objeción. Fesser ha construido esta película basándose en un caso real. El de la niña Alexia González. Una pequeña que murió de cáncer en 1985 y cuya beatificación promueve el Opus. Pero a partir de ahí el director deforma los hechos para contar una trama totalmente diferente en la que los protagonistas no se corresponden en absoluto con los de la vida real. El problema es que Fesser no ha sabido, o no ha querido, deslindar ambas historias. Abre la película asegurando que está basada en hechos reales y la cierra con una mención a la niña real, pese a que aseguró a sus padres que no la citaría. La consecuencia es que el espectador poco informado se va a su casa pensando que ha visto una recreación del drama de Alexia.
Los familiares de Alexia han montado en cólera. Y yo creo que tienen toda la razón del mundo.