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viernes, 6 de junio de 2008

Cómo cambiar tu vida con Proust

Hace mucho que no recomendamos un libro en Puesfijate y ya va tocando. Naturalmente, lo primero sería aconsejar a todo el mundo que leyera la obra de Proust. Al principio cuesta un poco, tampoco a nadie le gustó el vino la primera vez que lo probó. Concedo que incluso después de leer mil páginas (hay bastantes más en En busca del tiempo perdido) uno pierde la atención, nada raro al leer frases como una contenida en La Prisionera, que mediría cuatro metros si la estirásemos con un cuerpo de letra normal. Pero de pronto, a la vuelta de la esquina de una de esas larguísimas parrafadas, te encuentras con una perla maravillosa que te reconcilia con el despiste que ha arrastrado en las últimas diez páginas.

Leída al menos parte de la obra de Proust estamos ya preparados para disfrutar de un ensayo estupendo. Cómo cambiar tu vida con Proust, de Alain de Botton, tiene la cualidad que para mí certifica el valor de un libro: dan ganas de releerlo una y otra vez, es de esos volúmenes que el uso envejece con rapidez en nuestra librería. ¿Es un manual de autoayuda? No pretende serlo, porque en realidad apenas pretende nada, y esa es otra de sus cualidades. Pero sí es al menos una reflexión tremendamente amena sobre la sabiduría contenida en la obra del escritor francés y su aplicación práctica en nuestra vida.

Proust era un tipo extraordinario, me hubiera gustado tenerlo como amigo. Era buena persona en cualquiera de los sentidos de la palabra, le gustaba escuchar, era generoso hasta el paroxismo. Y daba muy buenos consejos. Ahora ya no está para darnos recomendaciones pero De Botton ha extraído de la obra proustina las que probablemente nos daría si pudiera hacerlo. Proust sufrió mucho. Pero supo extraer de ese sufrimiento una sabiduría que, si bien no le anestesió completamente, sí enriqueció de forma notable su existencia. La conclusión es que muchas veces no podemos evitar los sinsabores de la vida. Pero podemos tomarlos de forma que nos hagan el menor daño posible, aprender de ellos e incluso, convertirlos en una fuerza creadora para escribir en 3.000 páginas y siete volúmenes una de las obras más redondas de la literatura.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

35 años sin hacer nada

Ayer cumplí 35 años. Cuando llegamos a una edad redonda solemos mirar hacia atrás para ver qué hemos hecho con nuestras vidas. Hay quien se deprime por cumplir 30 o 40 y no haber alcanzado ninguna meta relevante. Yo, francamente, no. Primero porque desde hace años sé no hay ninguna necesidad de hacer nada "importante" con nuestras vidas, a parte de intentar sacarle todo el juego posible. Y lo segundo porque, aunque así lo creyera, 35 años es muy poco, el prólogo de una existencia. Así que no hay prisa en ningún caso. Y cuando alguien me sale con que tiene nosecuantos años infructuosos, me acuerdo de lo que escribió Marcel Proust cuando cumplió 30:

"Sin placeres, objetivos, actividades ni ambiciones, con toda la vida que me queda por delante ya concluida, y con una clara conciencia de la pena que causo a mis padres, es bien poca la felicidad que tengo". Negro diagnóstico para quien unos años después escribiría las miles de páginas que componen En busca del Tiempo Perdido...

viernes, 5 de octubre de 2007

La fuerza de voluntad, según Marcel Proust

No sé si le pasa a todo el mundo. Cuando me propongo salir del trabajo a mi hora me dan las mil currando. Si me fijo como objetivo engordar un par de kilos (me pasa lo contrario que al resto de los mortales) acabo más flaco de lo que empecé. Lo primero que hago cuando decido no salir más es llamar a los amigos y acabar cantando tangos en el karaoke.

Un interesante artículo de Fernando Trías publicado en El País Semanal (¡cuando lo encuentre, lo enlazo!) hace unos meses concluía que proponerse metas muy concretas suele ser el primer paso hacia el fracaso. Y que algunas de las personas que habían llegado más lejos nunca se había planteado objetivo alguno. Sin marcarse una rígida hoja de ruta -no comer azúcar, levantarse a las 7, hacer cien flexiones- simplemente habían desarrollado un determinado estilo de vida que, indirectamente y a larga, les había llevado al éxito.

Pues bien, el otro día leyendo -perdón por la pedantería- El Mundo de Guermantes, la tercera parte de la monumental En Busca del Tiempo Perdido de Marcel Proust, leí eso mismo que estoy contando, expresado con palabras maravillosas:

"Yo no era más que el instrumento de unos hábitos de no trabajar, de no acostarme, de no dormir, que tenían que realizarse a toda costa; si no me resistía a ellos [...] salía del paso sin demasiado perjuicio, descansaba unas cuantas horas; de todas maneras a final de la noche, leía un poco, no hacía demasiados excesos; pero si quería contrariarlos, si pretendía meterme en la cama temprano, no beber más que agua, trabajar, se irritaban, acudían a los grandes recursos, me ponían materialmente enfermo, me veía obligado a duplicar la dosis de alcohol, no me metía en la cama en dos días, ni siquiera podía leer ya, y me prometía para otra vez ser más prudente, es decir, ser menos sensato, como una víctima que se deja robar por miedo a que, si se resiste, la asesinen".

¿Se identifican con ellas o me pasa a mí sólo?