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jueves, 8 de diciembre de 2011

39

Cada 4 de diciembre escribo sobre el número de años que cumplo. Este año voy con retraso y no sé si tendré tiempo de hacerlo. Pero quiero celebrar mi cumpleaños con este cuadro, que es una fiesta a la que hay invitadas exactamente 39 personas (pincha la imagen para verla más grande). Gracias a todos y en especial a mi hermana Bea y a Marta, que me prepararon la sorpresa. El regalo me ha emocionado.

lunes, 7 de febrero de 2011

El placer de regalar

Un tema habitual en este espacio es reflexionar sobre lo que queda en nosotros de los niños que fuimos. En general llegamos a la conclusión de que los años apenas nos hacen cambiar más que los detalles y que lo sustancial permanece. Pero hoy voy a hablar de un tema en el que, al menos yo, he notado un cambio radical, no sé ustedes. De niño me encantaban que me regalaran cosas pero de mayor me he dado cuenta de que regalar puede ser una actividad mucho más satisfactoria. No por el típico rollo moralista de que es mejor dar que recibir, como pone en las postalillas estas que venden en las papelerías con el payaso al que se le cae una lágrima, sino porque currarse un regalo, encontrar el objeto exacto para la persona que queremos y confirmar, por la cara que pone, que hemos acertado, es uno de los mayores placeres de la vida, como despertar en medio de la noche pensando que va a sonar el despertador y descubrir que aún quedan cuatro horas de sueño, o quitarnos los calcetines y rascarnos por donde apretaba la goma.

Regalar sí, pero no cualquier cosa. El año está abarrotado de fechas en las que es obligatorio hacerlo: cumpleaños y a veces el santo, los Reyes y ahora también Papa Noel, San Valentín (¡horror!), el día del padre, de la madre, de los abuelos, del amigo (aquí empieza a celebrarse, yo me iba a arruinar con los 525 que tengo en Facebook) y supongo que hasta del consuegro. Según una leyenda extendida todos esos días los inventó el Corte Inglés pero en países donde no opera esta empresa se conmemoran festividades aún más pintorescas. En este calendario argentino, totalmente agujereado de "fechas inolvidables", proponen celebrar por ejemplo el día del redactor publicitario (15 de febrero), del visitador médico (26 de mayo), del trabajador gastronómico (2 de agosto), del animal (26 de abril) o de la suegra (debería ser el 29 de febrero pero es el 26 de octubre).

O sea, que nos pasamos el año regalando por obligación y al final eso provoca que compremos cosas porque sí o que recibamos paquetes absurdos adquiridos cinco minutos antes para quedar bien. Pero el espíritu debe ser otro. A mí se me puede pasar comprar un regalo a mis hermanas por su cumpleaños pero tres meses después, sin venir a cuento, encuentro algo, un objeto, que me dice, como mirándome a los ojos: "Es que soy ideal para Bea". Y claro, lo compro, o lo archivo mentalmente a la espera de que llegue una de esas fechas del día del compadre o de la madrastra en que tenga sentido regalarlo -en argot periodístico diríamos, en que haya "percha" para hacerlo. Percibir que encontramos un regalo exacto para alguien es una sensación preciosa porque supone haber hecho el esfuerzo de meternos en su piel -empatizar- y de sentir dentro de esa piel el cariño que le tenemos. Y aunque nos equivoquemos o el resultado no sea tan redondo, al menos el obsequiado notará que lo hemos intentado.

Como todo el mundo, por las prisas y los compromisos, no siempre encuentro el objeto idóneo, la mayoría de las veces me tengo que conformar con uno simplemente adecuado y en ocasiones compro cualquier cosa, no voy a ir ahora de exquisito. Pero estoy particularmente orgulloso de un regalo que hice hace unos meses a una compañera de trabajo, fan desquiciada de Diego Forlán. Le compré las memorias del jugador uruguayo -en cuya portada aparece luciendo la tableta de chocolate que es en realidad lo que a mi amiga más le interesa del individuo- y le pedí a un colega que cubre el Atlético de Madrid que se lo llevara a firmar. Pero no con una dedicatoria cualquiera, si no con una que incluyera la palabra "tenaz", expresión que mi compañera, de origen venezolano, no deja de repetir en el trabajo. La cuestión es que el libro no pudo estar para su cumpleaños pero insistiendo un poco al jugador conseguí exactamente lo que quería. El libro quedó rubricado con el siguiente texto: "Para María José, mi admiradora más tenaz. Diego Forlán". No creo que a mi amiga le importara que llegara tres meses tarde.

Meto todo este rollo porque el otro día recibí un regalo tan perfecto que me hubiera gustado hacerlo a mí. Me lo envió una amiga y cuando quité el envoltorio solté una carcajada tremenda aunque no acostumbro a reírme con estruendo. Porque el contenido era "muy mío", "muy yo", o sea, parecía elegido por alguien que se había metido en mi cabeza para escoger exactamente algo que me tocara una fibra emotiva y muy personal. El regalo es el machanguito que aparece en la foto de la izquierda, un click de Playmobil, icono de nuestra infancia, entregado al piano, pasión a la que con dificultad he intentado incorporarme de mayor. Un muñequito un poquillo siniestro, de aires draculescos, con su instrumento de cola en el que suenan dos melodías y su candelabro, pero entrañable, que cuando salió me sonrió sabiendo que había ido a parar a las manos adecuadas.

Bueno, ya lo saben: no se sientan nunca obligados a regalarme nada. Pero si encuentran un objeto ideal para mí y quieren comprarlo, robarlo o fabricarlo, háganlo por favor. Nací el 4 de diciembre, mi santo es el 20 de agosto, celebro Navidad y Reyes, soy hijo, hermano, sobrino, primo, amigo, cuñado, periodista, profesor, aprendiz de músico, futbolista en mis ratos libres, cantante de piano-bar, bloguero, twitero, facebookero, chicharrero, de Teruel, de Busto de Bureba, del Real Madrid... así seguro que encuentran cientos de fechas al año como excusa para darme eso que han encontrado y que les parece tan apropiado. Y yo haré lo mismo con ustedes.

sábado, 4 de diciembre de 2010

38

Hoy me han caído 38 años y lo he celebrado de milagro en Tenerife, donde aterricé ayer más o menos a la hora a la que se cerraba el espacio aéreo español por la huelga de controladores. Pero hoy no hablaremos de conflictos, ni de estados de alarma, sino de mi cumpleaños. Diremos entonces que el día en que nací la Tierra estaba en el mismo sitio que hoy y que en este tiempo ha girado exactamente 38 veces alrededor del sol. No es para marearse pero sí para afirmar que uno ya ha dado en esta vida bastantes vueltas. Por lo menos, bastantes alrededor de una estrella.

Como es casi tradicional, como hice con el 36 y el 37, hoy hablaré del número protagonista del día, el 38. Al 38 podríamos definirlo como una cifra discreta, sin afán de protagonismo. No tiene el aura aristocrática de los números primos y sólo tiene tres divisores además de sí mismo -el 1, el 2 y el 19- lo que lo convierten en un compuesto poco vistoso. Por decir algo mínimamente curioso de él destacaremos que es la suma del cuadrado de los tres primeros primos (2x2+3x3+4x4=38) si excluimos al uno. También es el número par más alto que no puede escribirse como la suma de dos números compuestos impares. Como ven, peculiaridades un tanto rebuscadas que hacen que nuestra cifra pase bastante desapercibida en el fascinante universo matemático.

En otros campos, el número 38 se presenta, lo siento, como una cifra conflictiva y hasta siniestra. El 38 es el calibre de muchísimas armas de fuego: pongan el numerito en Google y busquen imágenes y verán la cantidad de pistolas que le salen. Particularmente conocido es la munición 38 Smith & Wesson especial, de la que se habla en la canción aquella de Pedro Navaja, de Rubén Blades. Creo que una bala de esas mataron a John Lennon, entre otros. También da nombre a una de las fronteras más conflictivas de la Tierra, tristemente de moda en las últimas semanas: el paralelo 38, que divide a las dos Coreas. Y buscando los acontecimientos acaecidos en el año 38 el más destacado me parece también algo macabro: el martirio de San Andrés que agonizó durante tres días en una cruz en forma de aspa mientras seguía predicando la religión, que ya es tener humor. Para remate, leo en la Wikipedia, pero tengo que confirmarlo con mi compañera Cecilia Jan, que en Taiwán llamar a alguien "38" es decirle imbécil a la cara. Y curiosamente es el número atómico del estroncio, un elemento que suena muy parecido a stronzo, idiota en italiano. La 38 también es la talla esa que obsesiona a tantas mujeres, con efectos a veces devastadores para la autoestima...

¿Algo bueno que decir del numerito? Claro que sí. El 38 ha traído suerte a mucha gente, aunque también la ruina a otros: es el número de casillas de la ruleta americana, donde se juegan los números del 1 al 36 pero incluye también el cero y el doble cero. También nos ha salvado la vida a todos: 38 son los grados a partir de los cuales podemos decir técnicamente que tenemos fiebre, ese mecanismo que nos alerta de que algo no funciona bien en nuestro cuerpo. Por 38 empiezan los códigos postales de esta mi tierra, las Canarias occidentales, y la 38 es la línea de autobuses más frecuentada de Londres, la que une Clapton y Victoria con parada en Picadilly y una cadencia de aproximadamente un minuto en hora punta. También es un número clave en la mitología escandinava, cuyas sagas legendarias están dividadas, en su mayoría, en 38 capítulos y cuyos héroes combaten a las bestias en grupos de 38.

Un cumpleaños suele ser momento de hacer balance. Normalmente uno se agobia por dos cosas: por los años que le van cayendo y por lo poco que los ha aprovechado. Respecto de la primera preocupación creo que cumplir 38 no es aún motivo de zozobra, aunque apunto un detalle inquietante para los muy aprensivos: llegada esta edad sin duda hemos superado ya la tercera parte de nuestra vida, salvo que la medicina haga progresos asombrosos o aspiremos al libro Guiness de los récords. El ser humano más longevo de la historia cuya edad pudo comprobarse con seguridad, la francesa Jeanne Calment, vivió 122 años... y 38 multiplicado por tres son 124.

Pasamos a la segunda preocupación. Si les agobia haber llegado a mi edad -o a otra edad cualquiera- y no haber hecho aún nada destacable en la vida les diré dos cosas. Una, la más importante, es que creo sinceramente que en la vida no hay porque hacer "nada destacable", o mejor aún, que a veces lo más destacable que puede hacer uno son cosas sencillas, como ser un buen padre, un buen amigo, un buen profesional o, en general una buena persona. Pero si de verdad les inquieta "triunfar" en este mundo les comunico que en la historia hay ejemplos y contraejemplos de casi todo. Genios como Mozart o Marilyn Monroe ya lo habían hecho todo a los 38 años... bueno de hecho hasta se habían muerto. Algunos alcanzaron con esa edad la cumbre de su carrera, como Neil Armstrong que tenía mi edad cuando pisó la luna. Otros como Mahoma, y fíjense lo que luego revolucionó el mundo, eran tipos perfectamente anónimos. En su caso, no fue hasta los 40 años cuando empezó a predicar.

Si tengo elegir los 38 años de algún personaje histórico, me quedo con los de Cervantes. A esa edad, tras unos años muy tumultuosos que incluyeron la guerra, el cautiverio y la pérdida de un brazo, el autor de El Quijote publicó al fin La Galatea, su primera obra literaria de cierto volumen y trascendencia. Fue así para Cervantes una edad que dividió su vida en dos, el momento en el que el soldado manco empezó a convertirse en figura universal de la literatura. Por bien que estemos y que repitamos sinceramente eso de "que me quede como estoy" creo que en estas fechas indicadas para la reflexión -cumpleaños, Nochevieja, aniversario importante- uno siempre sueña con que el periodo de tiempo que comienza marque un punto de inflexión en nuestras vidas, para bien o para mejor. Así que ojalá pueda contarles dentro de un año que he publicado mi Galatea personal. De momento, voy a celebrar mi cumpleaños.

Créditos de las dos primeras fotos: chispita_666 y Mega Anorak

sábado, 5 de diciembre de 2009

37


Ayer me cayeron 37 años. La verdad es que a partir de cierta edad ya no gusta tanto cumplirlos pero nos lo tomaremos con el mismo buen ánimo con que nos tomamos los 36 y hablaremos un poco de las propiedades del numerito en cuestión. Un numerito muy curioso, mucho más que el 36, aunque aquel sea primo y éste tenga muchos divisores. Atentos y no se pierdan.

El 37, ya lo hemos dicho, es un número primo, o sea que sólo es divisible por el uno y por sí mismo. Además, está compuesto de cifras -3 y 7- también primas. Dos cifras que suman diez y cuyo producto es 21, algo que no tendría nada de particular si no fuera porque 3, 7 y 21 me parecen números muy bonitos. Y ahora llegamos a las cosas serias. Leo en el estupendo rickblog algo que no sabía: si multiplicamos nuestro número por tres y sus múltiplos y nos encontramos lo siguiente:

37x3=111 (ojo, 1+1+1=3, que es por lo que multiplicamos nuestro número)
37x6=222 (ahora multiplicamos por 6, o sea 2+2+2)
37x9=333
37x12=444
37x15=555
37x18=666
37x21=777
37x24=888
37x27=999

Esta regla la explica muy bien un tal Carlos, campeón del concurso Cifras y Letras en un vídeo que podemos ver aquí, por cierto...



Pero las curiosidades no se quedan aquí. Resulta que si un número de tres cifras es múltiplo de 37 (por ejemplo, el 962) también lo será si rotamos sus cifras a la derecha o la izquierda (ojo, no si lo invertimos). Es decir que dada una estructura numérica ABC también serán múltiplos CAB y BCA (pero no CBA). En el ejemplo dado, el 296 y el 629.

Sabiendo que 111, 222, 333 etc son múltiplos de nuestro protagonista no es difícil localizar otros de tres cifras, sumando o restando 37. Pero lo asombroso es lo fácil que resulta deducir si cualquier número lo es, independientemente de lo largo que sea, tal y como explica Alvy, uno de los coautores del prestigioso blog Microsiervos. Dado un número cualquiera, por ejemplo el 35631, lo dividimos en grupos de tres cifras empezando por la derecha. Así nos quedaría 035 (añadimos los ceros que haga falta a la izquierda hasta tener tres cifras) y 631. Sumemos ahora ambos conjuntos: 035+631=666. Pues bueno, como 666 es múltiplo de 37 resulta que el número original también lo será (37x963). Probemos con un número mayor, el 4567872. Lo repartimos en grupos de tres empezando por la derecha: 004, 567 y 872. Y sumamos: 4+567=571. Y 571+872=1443. Como aún es un poco largo, repetimos en procedimiento con ese último número: 001+443=444... que como sabemos es múltiplo de 37, así que el número original también lo será (37x123456).

Como es tan fácil deducir si un número es múltiplo de nuestro querido 37 se ha creado un grupo en Flickr -la página más popular de fotografías en Internet- de gente que se dedica a encontrarlos en matrículas de coches, números de casas e incluso en códigos de barras. Entre los fanáticos de este pasatiempo, que por lo visto engancha, está el citado Alvy y un italiano llamado mag3737 que me da que es el precursor de toda esta locura numérica (aquí sus fotos).

Bueno y dejando ya el fascinante mundo de las matemáticas, pero sin abandonar a nuestro protagonista de hoy, les contaré algunas cosas buenas que le pasaron a personajes célebres cuando tenían 37 años. Con 37 años, Miguel Ángel concluyó los frescos de la Capilla Sixtina. Beethoven tenía ésa misma edad cuando compuso su Quinta Sinfonía, aunque la estrenó una semana después de cumplir los 38. 37 tenía también Don Juan Carlos cuando juró como Rey de España. Y con 37 empezó a rodar Clarck Gable Lo que el viento se llevó. No creo que este año vaya a pintar yo la cúpula de los palacios vaticanos pero si al menos espero que este número tan curioso me traiga cosas buenas. Ya les contaré cuando cumpla 38.

[La foto que ilustra este post es del citado Mag3737]

sábado, 20 de junio de 2009

Feliz 111 cumpleaños, señor Patch

Hace unos días hablábamos de Emma, recién llegada al mundo y hoy hablaremos de un tipo que está al otro extremo de la vida, aunque esperamos que aún tarde un tiempo en abandonarnos. Ayer, con dos días de retraso, felicité por e mail a Mr. Harry Patch. Cumplía 111 años, que se dice pronto. En realidad no me comunico directamente con él, sino con Nick, su amigo y representante ante el mundo. Él le lee mi correos, le entrega las postales que le envío y me mandó el año pasado una foto dedicada por el personaje. Un autógrafo que ocupa un lugar preferente en mi casa y del que estoy muy orgulloso. Porque Harry es un ejemplar único, en el sentido literal de la palabra: es el único superviviente de todos los soldados que lucharon en las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

Creo que ya hemos escrito de él en otras ocasiones pero habida cuenta el mérito que tiene llegar a su edad no está de más citarlo al menos una vez al año. Patch nació en la región de Somerset, en Reino Unido el 17 de junio de 1898. La Reina Victoria aún era la soberana de Inglaterra y Cuba era todavía española aunque sólo lo sería 50 días más. En 1916 fue alistado por el Ejército británico para combatir en las trincheras. Por lo que he leído en un estupendo libro llamado Last Post, que cuenta los recuerdos de los últimos supervivientes ingleses de la Gran Guerra, Patch era un tipo sensible y pacífico que lo debió pasar muy mal durante el conflicto. Según su testimonio, disparaba a las piernas de sus enemigos para no causarles heridas fatales. En una ocasión se le murió un compañero en brazos: su última palabra fue "madre". Le dio la impresión de que no estaba despidiéndose, sino saludando a alguien. Luego se enteró de que la madre del soldado había muerto hacía tiempo.

Nuestro amigo no es el superviviente más viejo de la I Guerra Mundial. Ayer mismo su compatriota Henry Allingham se convirtió a sus 113 años en el hombre más viejo del mundo. Pero no sirvió en las trincheras, sino en la marina, y combatió en la batalla de Jutlandia. Ambos se encontraron el pasado 11 de noviembre en el 90 aniversario del fin del conflicto y son habituales, cada vez con menos frecuencia de actos de homenaje y recuerdo a sus compañeros. Hace dos años, frente a las tumbas del cementerio de guerra de Flandes, Patch dijo que ninguna guerra vale una vida humana. Y se confesó, no me extraña, muy perplejo. Perplejo de seguir vivo. "Cualquiera de ellos podía haber sido yo. Millones de hombres fueron a combatir a la guerra y es increíble que el único que quede sea yo", dijo. Hoy, en una residencia de ancianos de su región natal, con buena salud y buen humor, aunque un poco sordo, según me cuenta Nick, sigue rumiando su estupefacción. Que sea por muchos años.

viernes, 27 de febrero de 2009

33 años con la gorda

El 26 de febrero de 1976, tenía yo tres años, es el primer día con fecha exacta del que tengo recuerdo. Es una foto. Estoy con mi abuelo Manolo en la terraza de nuestra casa de Tenerife y hay una tormenta en el cielo. Un fenómeno rarísimo en Santa Cruz. Pero no recuerdo aquel día por la tormenta, si no por un suceso mucho más relevante: mi madre estaba a punto de dar a luz. Al día siguiente, el 27, nació mi hermana Beatriz. De ese día tengo dos fotos: con mi padre y mi hermana Dácil de la mano por la rambla camino de la clínica y de mi madre tumbada de lado en una cama del hospital. No me queda, en cambio, ninguna del nuevo integrante de la familia. No importa. Bastante tiempo he tenido después para conocer y tratar a mi hermana.

Yo era un niño gordo hasta aquel día y desde entonces empecé a cambiar y me convertí en lo que soy ahora: un piltrafilla. Muchas veces he oído el mismo diagnóstico para semejante cambio de metabolismo: celos. Sin embargo no recuerdo en absoluto haberlos sentido, y creo que es de esas cosas que no se olvidan. Tuvimos, eso sí, altibajos en nuestra relación: pasé de superprotegerla a martirizarla. Hasta que ella aprendió a defenderse con una dosis, pequeña pero cierta, de mala leche, de la que me temo soy culpable.

Luego me fui de Tenerife y empecé a verla con menos frecuencia. Así que notaba con más intensidad como cambiaba. Para empezar dejó de ser la gorda. De hecho pasó a estar bastante delgada. Mis amigos empezaron a decirme -y me dicen- que qué hermana más guapa tenía. Pero eso no era lo más sorprendente. Lo curioso es que aquella pequeñaja zurda a la que tratraba con paternalismo filial era en realidad un tía muy inteligente y lo que es más importante, muy ingeniosa. Descubrir que me reía con ella tanto como con Dácil, que ya es decir, fue un hallazgo. Y más aún darme cuenta de que había heredado de mi madre lo único que yo no heredé, la capacidad de escuchar, y que podía convertirla en confidente de mis delirios.

33 años después de aquella tormenta y después de cuatro de convivencia en 40 metros cuadrados que concluyeron con la reforma de mi casa, tengo que decir que además de una hermana tengo en ella a una amiga inmejorable. Quizá a la primera persona a la que le contaría un problema gravísimo. Porque es la que más se parece a mí: nos gusta la misma música de petardeo, las mismas películas e incluso la afición perversa por el karaoke. Incluso cuando he ligado con alguna amiga de Bea creo que el mérito ha sido suyo: porque al conocerme me han atribuido inmediatamente las mismas cualidades de bondad, inteligencia, ingenio y sentido del humor que veían en ella. Y eso significaba sumar muchos puntos de golpe.

Bueno, gorda. Que cumplas muchos más. Esta noche lo celebramos como sabemos: en el karaoke. Gafapastos y culturetas abstenerse.

jueves, 29 de enero de 2009

Valiente periodista


Hoy (ya ayer, aunque en su México natal aún es 28 de enero) ha cumplido 30 años Ana Gabriela Rojas. Aunque la llamo mi mejor amiga se me ha olvidado felicitarla y ha tenido que ser ella la que me llamara desde la India, donde trabaja, para recordármelo. No ha habido reproches. Además de talento profesional, o quizá precisamente por ello, esta chica tiene muy buen caracter. Y como compartimos un lenguaje humorístico privado consistente en la repetición de expresiones disparatadas entonadas con exagerado acento mexicano, nuestras conversaciones suelen acabar a risotadas. La de hoy también.

Gaby entra en la mejor edad, aquella en la que una persona "conjuga juventud, con experiencia", como me escribió con sorna Julio Llamazares en la dedicatoria de un libro cuando cumplí su edad. A los 27 años, después de terminar el Máster de EL PAÍS y una beca de un año en la sección de Sociedad, decidió que quería conocer mundo y escribir y buscó en el planisferio que región del planeta tenía el periódico más desguarnecida. Eligió la India y sin conocer absolutamente a nadie y con un par de teléfonos en una agenda se plantó de freelance en Nueva Delhi. Sola organizó su vida y se dedicó a contarle a los lectores lo que pasaba por allí: los recientes atentados de Bombay; la delirante historia de Vindraban, la ciudad de las viudas; la huelga de actores en Bollywood; o la entronización de Shreeya, la niña diosa de seis años.

Un par de veces su afán aventurero me ha sobrecogido. Cuando se acercó a la selva a conocer a la guerrilla de Myanmar y cuando hizo en Pakistán el camino de los transportistas de la OTAN hostigados por los talibanes me llamó para darme el teléfono de su familia en México. "Por favor, si no te llamo en dos días, ponte en contacto con ellos", me dijo. Afortunadamente nunca tuve que marcar ese número. Gaby es intrépida, pero también muy prudente, o al menos esa ilusión me hago. Y tiene la suerte de los que afrontan la vida con sensatez, a la misma distancia entre la cobardía y la temeridad.

El año pasado también me olvidé de su cumpleaños. El despiste es mutuo, tuve que recordarle el mío el mes de diciembre. No pasa nada. Me importa mucho más saber que puedo telefonearla en cualquier momento, incluso con el desfase horario, y atenderá con cariño mi última ida de olla. A mi también me llama en el momento más inesperado para pedirme algún consejo profesional, algo que me llena de orgullo y perplejidad porque mientras ella llevaba el reporterismo al Himalaya yo me quedaba sentado en la redacción. Y es que es muy modesta. Muy valiente. Y muy periodista.

jueves, 4 de diciembre de 2008

36

Foto: Bar los 36 Billares (Buenos Aires)- Sebastián Darío

Hoy cumplo 36 años. Con mucho optimismo, no me pesan las tres docenas. Prefiero los impares a los pares, pero este número me encanta. Y voy a echarle algunos piropos, apelando a las matemáticas, que tanto me gustan. Porque el 36 es una cifra muy, muy bonita. Una cifra maciza, vamos. De esas a las que Alfredo y yo les gritaríamos por la ventanilla del coche aquello de "¡chavalitaaaaa!".

El 36 es cuadrado (6x6). También es el producto de dos cuadrados, 2 al cuadrado (4) por 3 al cuadrado (9), o si queremos el producto de los cuadrados de los tres primeros números naturales, si lo multiplicamos por 1 al cuadrado (1). Pero lo que más me gusta de él es que es un número triangular: equivale a la suma de varios números naturales correlativos empezando desde el 1, en su caso 1+2+3+4+5+6+7+8. Y, ojo, es el único número triangular cuya raíz cuadrada (6) es a su vez triangular: 1+2+3. Además es igual a la suma de dos números primos gemelos (19+17), es decir dos números primos separados por sólo dos unidades. Y para rematar es el primer número de la serie de los naturales que tiene nueve divisores (1,2,3,4,6,9,12,18,36).

Recupero el aliento y cambio de tercio. ¿Qué puede esperar uno de los 36 años? Todo o nada, como de los 25 o de los 73. Cumplir años agobia a muchos porque nos da la impresión de que el tiempo pasa y no hemos hecho todo lo que deberíamos en la vida. Craso error. Muchos personajes históricos alcanzaron fama y gloria -si es que éstas son envidiables- mucho más jóvenes. Otros no habían hecho nada reseñable con esos años. Y otros alcanzaron la cima de su genio justo a esa edad. Hagamos un repaso.

Los precoces
Algunos personajes llevaron a cabo su obra antes de los 36 porque no les quedó otro remedio: son los que no llegaron a cumplirlos. Como Jesucristo (muerto con 33) o Mozart (fallecido con 35). Otros nos dejaron justamente a esa edad, Marilyn Monroe o Bob Marley, por ejemplo. Algunos vivieron más pero con esos años ya habían llegado bien lejos, como Napoleón, que a los 35 era emperador. A otros, en fin, la fama les que quedaba a esa edad muy lejos, como tantos niños prodigios de quienes no se ha vuelto a saber. O si se ha sabido, en general, ha sido para mal. Nuestra infancia está llena de referencias así de efímeras, como alguno de los niños de Verano Azul o los componentes de Parchís.

Los remolones
Alcanzaron la fama después de los 36. Como Cervantes, que hasta los 38 años, cuando publicó La Galatea, era sólo un respetable mutilado de Lepanto. Más tardío aún fue José Saramago, que empezó a escribir con 47. O Mahoma, que no empezó a predicar hasta los 40 años, cuando tuvo una revelación rezando en una cueva. Y también Darwin, que hasta los 50 años no se atrevió a publicar El origen de las especies, aunque el hombre lo llevaba rumiando desde los 27, cuando hizo el viaje con el Beagle.

Los que triunfaron a los 36
Con 36 años Adolf Hitler, un perdedor de manual, pintor sin fortuna, militar con antecedentes psiquiátricos, publicó al salir de la cárcel Mein Kampf y empezó a venderlo como rosquillas. El resto es historia. Más agradables para la humanidad fueron los 36 años de Marie Curie. A esa edad recibió el Nobel de Física por sus trabajos sobre la radiación. Y a los 36 años escribió Gilbert Keith Chesterton mi libro favorito, y el de mi hermana Bea, El candor del Padre Brown, que ahora edita, junto a todos los cuentos del cura detective, El Acantilado. Si les gustan los cuentos, si le gustan las historias policiales o si les gusta la literatura, léanlo.

Esto es todo. Ya hablaremos de cómo ha ido el año cuando cumpla 37.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

35 años sin hacer nada

Ayer cumplí 35 años. Cuando llegamos a una edad redonda solemos mirar hacia atrás para ver qué hemos hecho con nuestras vidas. Hay quien se deprime por cumplir 30 o 40 y no haber alcanzado ninguna meta relevante. Yo, francamente, no. Primero porque desde hace años sé no hay ninguna necesidad de hacer nada "importante" con nuestras vidas, a parte de intentar sacarle todo el juego posible. Y lo segundo porque, aunque así lo creyera, 35 años es muy poco, el prólogo de una existencia. Así que no hay prisa en ningún caso. Y cuando alguien me sale con que tiene nosecuantos años infructuosos, me acuerdo de lo que escribió Marcel Proust cuando cumplió 30:

"Sin placeres, objetivos, actividades ni ambiciones, con toda la vida que me queda por delante ya concluida, y con una clara conciencia de la pena que causo a mis padres, es bien poca la felicidad que tengo". Negro diagnóstico para quien unos años después escribiría las miles de páginas que componen En busca del Tiempo Perdido...