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lunes, 2 de septiembre de 2013

Elogio de la ociosidad periodística

Una de mis lecturas de este verano ha sido, muy oportunamente, Elogio de la ociosidad, de Bertrand Russell. A Russell lo empecé a leer hace más de 20 años y, aunque no estoy de acuerdo en todo con él, lo tengo entre mis escritores favoritos por varias razones. Primero, porque escribe desde el más absoluto sentido común. Segundo, porque es muy actual, porque la materia prima de muchas de sus reflexiones es una realidad tan inmutable como la naturaleza. Tercero, porque le interesaba casi todo y así fue un apasionado de las matemáticas que ganó el premio Nobel de Literatura. Y cuarto porque, para ser un filósofo se le entiende bastante bien. No voy a decir, como André Breton, que "un filósofo a quien yo no entienda es un cerdo", pero es verdad que muchos textos farragosos y pretendidamente eruditos solo revelan la confusión de ideas de quien los ha escrito y su incapacidad para verbalizarlas.

Sostiene Russell en su ensayo, escrito en 1932, que trabajamos demasiado. Que mientras una parte de la humanidad se ve obligada a trabajar muchas horas, al resto se le deja morir de hambre por falta de empleo. Que con una organización sensata podríamos mantener un razonable bienestar para la población con solo cuatro horas de trabajo al día (quizá esto implicaría renunciar a muchos de nuestros lujos superfluos, multiplicados geométricamente desde la publicación del ensayo, pero de paso le daríamos un respiro a un planeta al borde del colapaso por nuestros caprichos). Que como no estaríamos tan cansados, cambiaríamos las distracciones pasivas e insípidas a las que nos entregamos agotados, por aficiones más gratificantes, como la pintura, la escritura, la música, la jardinería o la mejor de todas, el cultivo de saberes inútiles. Y que como consecuencia de todo esto aumentaría nuestra felicidad y alegría de vivir.

Lo de un mundo planificado para que la gente trabaje cuatro horas me suena a pesadilla futurista tipo 1984. Pero me convence su llamada a apreciar y disfrutar más de nuestro tiempo libre. Incluso hay un argumento para atraer hacia esa idea a los fanáticos de la ética de la laboriosidad: el ocio también es productivo. Los griegos hicieron grandes contribuciones al progreso material de la humanidad (y las artes, que son otra forma de progreso) precisamente porque fueron uno de los primeros pueblos en los que una parte notable de la población disponía de tiempo libre. Tuvieron ese privilegio por que contaban con mano de obra esclava, pero como dice Russell con la técnica moderna sería posible distribuir justamente el ocio sin menoscabo para la civilización. Se dice que Arquímedes descubrió el principio que lleva su nombre mientras estaba en la bañera porque era el lugar idóneo para cavilar sobre cómo se comportan los cuerpos sumergidos en fluidos. Pero estoy seguro de que también contribuyó a su descubrimiento el encontrar, flotando en el agua tibia, ese momento de relajación en el que, como después de una siesta, nuestras neuronas se reacomodan y producen las ideas geniales.

Nunca he entendido por qué se insiste tanto, incluso con argumentos científicos, en los periodos de descanso de determinados trabajadores de alta precisión, como los jugadores de fútbol, los músicos de una orquesta sinfónica o los controladores aéreos, mientras en otras profesiones, donde se busca igualmente la excelencia, se celebran las jornadas de 14 horas diarias. Dice Russell en otros de sus ensayos, La conquista de la felicidad, que prescribiría vacaciones obligatorias a quien no quisiera tomarse unos días de asueto alegando que su trabajo es muy importante, y que no puede permitirse el lujo de interrumpirlo. La medida me parece imprescindible y la incluiría mañana en la parte no negociable del Estatuto de los Trabajadores. Elogiar la ociosidad no es elogiar la vagancia. Pero a veces causa tantos problemas el gandul como el que, con toda su buena fe, no se da cuenta de que su nivel de estrés ha superado todos los límites y se ha convertido en contraproducente, para su trabajo y a veces para el de sus compañeros. He conocido excelentes profesionales extremadamente activos pero creo que, sin excepción, habrían sido aún mejores si hubieran trabajado algo menos y hubieran aprovechado ese tiempo libre para sumergirse un poco más en la bañera de Arquímedes.

En parte es lógico que uno de los oficios que más se flagele con el látigo de la laboriosidad sea el de los periodistas. Porque además de un trabajo es una forma de ver el mundo y esas gafas son permanentes y no nos las podemos quitar cuando salimos de la oficina. Además trabajamos con materiales muy particulares, las noticias, que por definición no sabemos cuando se van a producir. De hecho las más importantes son justamente las más inesperadas. Eso hace que sea imposible tener horarios rígidos: si se cae un avión justo cuando salimos del periódico nos toca cancelar todos los compromisos y darnos la vuelta. Y en el fondo, como nos reprochan las personas con las que habíamos quedado, eso nos gusta y es uno de los encantos de la profesión.

Pero hay otro motivo, este sí específico, para reivindicar el ocio en este oficio de masoquistas. El dueño de una fábrica de chinchetas, si las leyes laborales lo permitieran, podría dar a sus empleados solo el tiempo libre justo para que recuperaran las fuerzas y siguieran trabajando. Porque la materia prima que utilizan es el aluminio. Pero un empresario de la información no puede hacer eso. Porque la materia prima que utilizan los periodistas es justamente la vida. Y para hacer bien nuestro trabajo tenemos que pisar la calle, ir al mercado, al cine, leer, tomar el vermú, enamorarnos, desengañarnos, hablar con el portero, con el taxista y con la señora del kiosco. Es importante seguir a otros colegas en la radio, en la televisión, en Twitter o en los periódicos. Pero los medios son también espejos deformados de lo que hay fuera y saber en qué consiste esa deformación es parte de nuestro oficio. La realidad, la que queremos contar a nuestros lectores, hay que salir a buscarla. Hay que vivirla.

Russell concluye su ensayo con otro argumento que suena ingenuo, pero que merece una reflexión. Dice que si estuviéramos más descansados "los hombres y las mujeres corrientes llegaríamos a ser más bondadosos, menos inoportunos e inclinados a mirar a los demás con suspicacia". Y que "el buen carácter, de todas las cualidades morales, es la que más necesita el mundo". En eso la situación no ha cambiado en los 81 años transcurridos desde la publicación del ensayo. Quizá hoy volvamos a trabajar 14 horas. Pero, al menos mientras lo leo, yo le doy la razón al filósofo.

lunes, 16 de enero de 2012

Periodistas que se lo creen

Sí, sigo aquí, no he perecido víctima de la maldición de Moctezuma. Hoy quería enseñarles un montón de carteles simpáticos que he encontrado por las calles del DF pero voy a dejar los chistes para otro día. Prefiero que lean el post que ha escrito Luis Prados, corresponsal de EL PAÍS en México, sobre 80 valientes que sacan cada día a la calle el periódico Notiver de Veracruz denunciando al narco y por tanto jugándose el cuello. Algunos han pagado ya su profesionalidad con la vida. Incluso con las de su familia.

En Notiver no hay lugar para el cinismo o el victimismo que a veces nos gastamos los periodistas que desempeñamos una labor más cómoda. Está claro que el que sigue ahí es porque aún cree en este "pinche oficio chingón", como dice Luis. Miren las imágenes de la estupenda galería que ha elaborado el fotógrafo Luis Companys. Ahí están: periodistas, técnicos del taller, repartidores... No tienen pinta ni vocación de héroes, pero lo son y solo por hacer bien su oficio, más allá del límite de lo exgible, eso sí.

En México es inevitable hablar de la guerra contra el narco. Es su faceta más dramática y noticiosa pero afortunadamete esa violencia solo contamina una parte ínfima de lo que sucede. Así que en homenaje a los compañeros de Notiver, que luchan por tener un país normal donde no te peguen un tiro por hacer tu trabajo, otro día hablaremos de los cartelitos.

martes, 13 de abril de 2010

Más importante con barba


Me he dejado barba desde hace un mes y medio, más o menos. No es la primera vez que me la dejo, ya la llevé hace 15 años en Bilbao durante unos días pero ahora igual me la dejo más tiempo. Lo hice por una bobada, porque todos mis compañeros del turno de tarde -cuando aún trabajaba por la tarde- la llevaban; al principio no me convencía pero ahora que ya no pica y está convenientemente arreglada ni me acuerdo de ella. Puesfijate que el otro día conocía a varias personas que trabajan en Muy Interesante -ya sé que de momento no tiene nada que ver con lo de la barba, pero esperen- y hablando con ellos de cómo me gustaba la revista allá por los primeros años 80 me acordé de algunos reportajes memorables que me habían impactado. El que más, uno sobre los cien personajes más importantes de la historia de la humanidad.

El interesantísimo ránking había sido elaborado en 1978 por Michael H. Hart y luego revisado en 1992. Los cambios en esos 14 años habían consistido básicamente en retrasar 20 o 30 posiciones a Marx, Mao, Lenin o Stalin e incluir a Gorbachov, por ejemplo. Mahoma sigue siendo el número uno, por delante de Newton y de Jesucristo, relegado a un polémico tercer lugar. Otro día hablaremos de esta curiosísima clasificación que habría que revisar una vez más para incluir a los protagonistas de la nueva era de la computación e internet: Gates, Jobs, los creadores de Google y desde luego los impulsores de internet tienen más influencia en cómo es el mundo hoy que el 90% de los personajes citados por Hart hace 30 años.

Pero aparte de hacer esa reflexión hice otras. Apenas hay mujeres, dos o tres (la primera, la Reina Isabel la Católica) y sólo cuatro españoles: además de la soberana, Pizarro, Cortés y Picasso, salvo que incluyamos a Colón, de origen discutible. Y sobre todo, y aquí enlazamos por el principio, la mayoría de los tipos que supuestamente han determinado que el mundo sea como es, están representados con barba. De los 18 primeros, 14: Mahoma, Jesucrito, Confucio, San Pablo, Tasi Lun (inventor del papel), Gutemberg, Einstein, Marx, Pasteur, Galileo, Lenin, Moisés, Darwin y Shih-Huang Ti (unificador de China). O sea, todos menos cuatro: Newton, Buda, Colón y Aristóteles. ¿Dejarme barba aumenta las posibilidades de llegar a ser un tipo realmente importante? De momento sólo he comprobado una cosa: adelgaza. Más de diez personas me han dicho que estoy más delgado, y peso exactamente lo mismo. O quizá un poco más: calculo en unos 50 gramos el peso del vello que ahora me tapa la cara.

viernes, 12 de febrero de 2010

Del rigor periodístico e Internet


Internet ha multiplicado hasta lo inconcebible la información de que disponemos. Cuando yo era no mucho más pequeño, quizá hace 12 años, tenía a mi disposición unos cuantos libros -bastantes para lo que usaba en una casa normal- y una enciclopedia lógicamente desactualizada desde el día en que se publicó. Hoy gracias a mi conexión a la red tengo a mi alcance una base de datos muchísimo mayor que la que ofrecen todos los libros que en el mundo han sido. Los que nos gusta curiosear, picotear, aprender saberes inútiles nos preguntamos cuando encendemos el ordenador ¿Cómo podíamos vivir hasta ahora con semejante pobreza de fuentes de información? Y así a veces pienso que si tuviera que elegir entre mi querida biblioteca y mi conexión a la red me temo que el papel saldría malparado.

La información en internet no es por naturaleza menos fiable que la se extrae de otras fuentes. Pero está claro que igual que la red la difunde a gran velocidad y a mil rincones, los errores también se multiplican. Antes cuando alguien quería contrastar un dato, buscaba una segunda fuente. Pero ahora el problema es que una fuente errónea puede contaminar a otras mil y convertir una mentira en una aparente verdad. El otro día me pasó dos veces. Una, en el ámbito profesional y por ello no la contaré, no voy a sacarme aquí los trapos sucios del trabajo: es inevitable que nos equivoquemos pero la verdad es que cada caso es evitable. La otra fue en el ámbito lúdico, en estos acertijos futbolísticos con los que, según les conté el otro día, nos entretenemos en el Facebook un grupo de amigos.

Les cuento. El otro día les puse a mis cuates el siguiente problema: ¿Qué tres jugadores que han militado en equipos del País Vasco han sido campeones mundiales de fútbol? Yo me sabía dos de memoria: Valdano, campeón con Argentina en el 86 y ex jugador del Alavés; y Lizarazu, que ganó el Mundial del 98 con Francia y jugó en el Athletic de Bilbao. Pero no sé muy bien cómo encontré un tercero: Mazinho, que ganó el Mundial 94 con Brasil y supuestamente había jugado también una temporada con el Alavés. De lo primero no tenía duda, lo recordaba en la final contra Italia en aquel equipo en el que también estaban Zinho, Bebeto, Mauro Siva, Aldair, Marcio Santos... Lo segundo me sorprendía un poco pero varias páginas lo confirmaban, entre ellas las wikipedias en inglés y portugués -no la española, pero la entrada del jugador era demasiado breve- y varios blogs. Y aparentemente habían obtenido el dato por vías distintas.

Planteado el problema mis amigos sacaron pronto los dos primeros futbolistas. Pero Mazinho se les resistía. Ayer por la tarde recibí una llamada de mi amigo Manolo: estaba desesperado. Había repasado a fondo las plantillas del Athletic, la Real, el Alavés e incluso el Sestao y el Eibar y no había encontrado ningún candidato. Se rindió y me pidió la respuesta. Se la di, y aunque se mostró extrañado de no haber encontrado el dato, se fio de mí. Pero el que no me fié de mí fui yo y me puse a investigar. Era extraño. En muchas páginas solventes no se citaba el paso del brasileño por el equipo vasco. Ni había rastro del fichaje, que tenía que haber sido sonado. En cambio, me alertó que en la wikipedia portuguesa dijera que había jugado 15 partidos con el Alavés... y otros 15 con el equipo al que se marchó tras su experiencia española y que se llamaba, sospechosamente, el Vitoria. Y ahí descubrí el engaño: alguien había escrito en algún momento que tras su paso por el Elche se había marchado al Vitoria, y otro había traducido a su manera el nombre de ese equipo por el Alavés (que como todo el mundo sabe, juega en Vitoria). Luego el error se había difundido en diveras versiones e idiomas por toda la red.

¿Que moraleja hay que extraer de esto? Internet es una herramienta descomunal que nos ofrece muchísima información y muy buena. Pero hay que contrastarla exhaustivamente: para poner acertijos a nuestros amigos. O para hacer periodismo. Llevo trabajando 12 años en la red y con la red y he oído sobre ella cientos de pronósticos fallidos, profecías incumplidas y frases altisonantes desmentidas con el tiempo. Pero hace una década oí a un tipo decir en el congreso digital de Huesca una sentencia de sentido común que confirmo más y más cada día que pasa: "Del periodismo tendrá que quedar todo". Ha variado el soporte, pero los elementos esenciales permanecen: el rigor, la humildad o la búsqueda de las fuentes originales. Trabajemos en una web, en un periódico, sobre tablillas de arcilla o con un tam-tam.

miércoles, 27 de enero de 2010

Nuevo documento sobre la despedida de Rafa Fraguas

Hace poco más de un mes lamentábamos en el periódico -y en este blog- la jubilación de nuestro compañero Rafa Fraguas, un tipo majísimo. Pero como costaba decirle adiós hemos decidido despedirle poco a poco. Hoy presentamos un segundo capítulo del homenaje a tan entrañable individuo: la entrega de uno de los regalos que le hicimos -una portada de EL PAÍS con informaciones alusivas al personaje- y el poema con que nos correspondió. Marea un poco, porque casi toda la escena está grabada con la cámara girada, pero tengan paciencia y escuchen sus ocurrencias. Aunque hay mucho chiste privado seguro que les hace gracia. Ah, aún hay más documentos sobre este festejo. Los iremos publicando poco a poco.

lunes, 30 de noviembre de 2009

La mirada del inocente

Los medios tienen -tenemos- mucho poder. Por ejemplo, el de difundir en unas horas una sentencia -la nuestra- que a un juez le llevaría meses tomar y siempre tras una minuciosa investigación. Si hay un crimen y un detenido, automáticamente tendemos a dar por cerrado el proceso. No hacen falta pruebas, ni declaraciones de testigos, ni exámenes periciales, ni cuenta para nada la propia declaración del imputado. En ocasiones tendemos a dulcificar el veredicto usando el término presunto -lo cual es correcto- pero el problema es que los titulares tienen que ser cortos y a menudo esa palabra se cae de la única frase de la noticia en la que se fijan muchos de los lectores.

Confío en la policía y creo que un porcentaje elevado de las veces que arresta a alguien lo hace con sólidas razones. Pero decir que alguien es un asesino o un ladrón antes de que haya un juicio siempre es incorrecto, con independencia de que luego así lo determine la sentencia. Simplemente habremos acertado como el burro que sonó la flauta por casualidad. Pero este caso es bastante más grave que tocar una flauta: jugamos con la reputación de las personas. Y en algunos casos el daño es irreparable. No es esa ausencia de rigor lo que no enseñan en la facultad o en el máster de turno. Hace 12 años escribí un artículo para el periódico de la Escuela de Periodismo de EL PAÍS sobre un juicio por asesinato en el que daba por hecho que el acusado era culpable. "Si publicáramos esto mañana tendríamos una querella en el juzgado", me reprendió mi estupenda profesora Belén Cebrián. Sí, nos lo han enseñado. Pero a veces olvidamos lo básico.

Este fin de semana se han batido todos los récords de imprudencia periodística en este tema. Un joven de 24 años había sido detenido en Tenerife por el asesinato y violación de su hijastra. Muchos medios, inflamados por la repugnancia que provocan estos sucesos, condenaron de entrada al tipo. Sin más miramientos porque cuanto más abominable es el crimen mayor es la tentación de emitir un veredicto fulminante. El diario ABC, al que tengo un gran cariño por determinadas circunstancias que explicaré otro día, fue el más contundente: "La mirada del asesino", tituló en primera página con una foto de Diego P. V.

La imagen del tal Diego no ofrecía dudas para el observador predispuesto a darlo por culpable: una mirada torva, oscura, inquietante... la mirada de un culpable... o quizá la de un inocente que estaba viviendo un infierno -en este caso la palabra no es una hipérbole- al sentirse acusado de un crimen que no había cometido. El desarrollo de los acontecimientos demostró que estábamos ante el segundo supuesto. Un estudio forense posterior demostró que la niña había muerto por las heridas sufridas al caer de un columpio y su padrastro quedó en libertada. Sin cargos, sin fianza y con la vida y la reputación destrozadas.

Tal vez pueda superarlo. Dentro de lo que cabe, y dentro por supuesto de la tragedia, Diego ha tenido suerte. Su linchamiento ha durado 48 horas y su absolución ha sido difundida de forma profusa precisamente por lo escandaloso de la injusticia que habían cometido los medios. Mucho peor hubiera sido que su inocencia se hubiera descubierto a lo largo del juicio, quizá dentro de unos años, cuando la reparación de la honra y de la salud mental del acusado fueran ya imposibles. Dicho esto, concluyo que no me gustan los linchamientos de ningún tipo, ni siquiera los de los culpables. Entiendo que el familiar de un asesinado quiera matar al criminal, pero me son profundamente antipáticas esas masas que se concentran ante los juzgados para machacar al condenado de turno. Me quedo con el padre Brown, que descubría al culpable pero siempre intentaba salvar su alma.

jueves, 6 de agosto de 2009

El maldito trabajo

El martes es mi último día de trabajo así que como mucho publicaré uno o dos posts más además de éste: Puesfijate también se irá un mes entero de vacaciones. A la vuelta les contaré cómo me ha ido en estos 30 días que de momento tienen tres destinos confirmados: Busto de Bureba, en Burgos; Cracovia; y Canarias, seguramente, y como siempre, Tenerife y La Gomera. Traeré material gráfico, muchas anécdotas, y, espero las neuronas recargadas para intentar contar algo entretenido o ingenioso.

Estos días en el trabajo se habla mucho de vacaciones, lógicamente. Hay dos castas diferenciadas por el ánimo, el tema de conversación y el color de la piel. Los que se han ido, a los que se distingue porque están más morenos, deberían ser los más relajados pero vienen deprimidos de haber terminado ya sus días de descanso y aburren al resto con la exposición de sus fotos, un coñazo sólo comparable al del amigo que con toda su buena intención te enseña los 200 retratos que ha tomado a su hijo recién nacido. Los que no se han ido, que pertenecen a la casta del hombre blanco, están excitados y cuentan los días, horas y minutos que les faltan para largarse.

Entiendo que los que regresan estén un poco tristes, no es lo mismo estar tumbado en la playa que en el trabajo aguantando al jefe. Pero siempre me han parecido exageradísimo el desánimo que trae la gente de vuelta de vacaciones. Se escucha cada cosa... "no tenía que haber vuelto", "esto es una depresión", "que horror regresar"... que uno acaba preguntándose si de verdad son tan abominables nuestros trabajos. Se ve que la frase de Dios a Adán cuando lo echó del Paraíso -"ganarás el pan con el sudor de tu frente"- no era, como podría pensar un optimista, un estímulo al esfuerzo y la realización personal, sino lo que siempre nos temimos: una maldición bíblica.

Verán. Yo trabajo en un gran periódico. La gente está muy bien pagada, salvo en mi sección, pero ése es otro tema. Mi profesión es absolutamente vocacional, nadie está en ella porque su padre le obligara o para ganar mucho dinero. Hay muchísima gente que mataría por ocupar nuestras sillas y de hecho todos nos sentimos los reyes del mambo cuando nos sentamos en ellas por primera vez. Pero la vuelta de vacaciones sigue siendo un drama. Y eso quiere decir que algo falla. ¿Nos hemos vuelto unos señoritos? ¿Hemos perdido la ilusión? ¿Tanto nos machacan? Ya sé que el hecho de que haya gente más jodida no alivia a nadie. Pero a veces viendo las escenas del final del verano me pregunto ¿Cómo será la vuelta al trabajo de los policías iraquíes? ¿Con qué ánimo volverán de vacaciones -si las tienen- los mineros chinos? ¿Qué se dirán tras irse unos días de descanso los tipos que gestionan los basureros de Bombay? Me gustaría verles por un agujerito pero no sé por qué me da que no se quejarán tanto.

Foto: Lolita (Flickr)

sábado, 27 de junio de 2009

¡Ojo! ¡Leyenda urbana en construcción!

Supongo que no estarán ustedes entre el 1% de la población mundial que aún no se ha enterado de la muerte de Michael Jackson. Tranquilos. No voy a aburrirles con detalles del fallecimiento ni voy a hacer un obituario del personaje. No lo conocía casi nada -me suenan seis o siete de sus canciones- y encontrarán mucha mejor información en cualquier periódico o en La Ruta Norteamericana, el estupendo blog de mi amigo Fernando Navarro.

Lo que sí voy a hacer es una profecía. Les voy a contar a ustedes lo que van a empezar a leer y escuchar sobre este tema en cuanto pase la conmoción de la muerte y a los periodistas se nos acaben los tópicos y las frases hechas sobre el fallecido. Y de lo que se van a enterar es de lo que en realidad ha sucedido con Michael Jackson. Porque usted, querido lector, es un tipo listo que no se traga las versiones oficiales. Usted sabe que la verdad está oculta y es mucho más complicada y terrible que la historia que nos quieren hacer tragar la policía, los periódicos, el Opus Dei, los masones y la CIA.

En unos pocos días empezará, si no ha empezado ya, a circular por internet que Michael Jackson, naturalmente, no está muerto. El cadáver que sacaron en una camilla de su mansión es en realidad el de su hermana Latoya. Michael vive con su suegro Elvis Presley en algún lugar del triángulo de las Bermudas. Un sitio de negra leyenda fabricada para que nadie ose atravesarlo y descubra que allí viven también Marilyn Monroe y Bin Laden. Allí se rodaron las escenas del hombre en la Luna. El 11 de septiembre se organizó para que los ojos del mundo estuvieran fijos en Estados Unidos y nadie se ocupara del enorme iceberg trasladado a ese lugar para mantener congelada la tumba de Walt Disney. Sólo tres millones de judíos sabían del secreto: no fueron ese día a trabajar en Nueva York y salvaron sus vidas.

Los devotos de estas leyendas urbanas, como las llaman aunque hayan sido inventadas en Busto de Bureba, son gente a menudo exitosa en su trabajo y culta a su manera. Se apoyan en disparatadas coincidencias, de esas que uno encuentra a patadas si se pone a buscar cinco minutos. En la mitad de tiempo -dos minutos y medio- hallo tres que no están mal, si me dan una tarde monto una película estupenda. Por ejemplo, ayer día de la muerte de Michael Jackson, famoso por su calzado, era el aniversario de la matanza de Little Big Horn, inmortalizada en la película Murieron con las botas puestas. Las cifras de la fecha de su muerte sumadas como nos convenga (25+6+2+0+0+9) da como resultado 42, la edad que tenía Elvis al morir. Y por cierto, hoy hace 32 años del último concierto de El Rey.

Yo entiendo que hay muchas incógnitas en algunas acontecimientos históricos: la muerte de Kennedy, el 11-S, también en el 11-M. según insiste El Mundo. Pero es verdad que si nos empeñamos en encontrar coincidencias, detalles extraños, incoherencias, las encontraremos en cualquier historia. No pasa nada: simplemente la realidad no encaja como un mecano. Sin embargo, dos cosas me hacen ser terriblemente escéptico con todas estas teorías conspiratorias. Una: para ser ciertas necesitarían de la implicación de muchísima gente. Y con lo indiscretos que somos los seres humanos es imposible mantener un secreto así. Y dos: por muy rocambolesca que sea la explicación oficial de unos hechos ¿No son siempre cien veces más inverosímiles las teorías que esgrimen estos entusiastas de las leyendas urbanas?

Les dejo con este vídeo de un pibito que cantaba de maravilla y sonreía porque no sabía la vida que se le venía encima.

martes, 31 de marzo de 2009

The New Hard Times

Creo que nada me ha dado tanto asco en mi vida como esta crisis. No es que me afecte directamente a mí, de momento, pero sí a muchas personas a las que quiero. Ver a tanta gente en paro, con trabajos precarios, recibir todos los días correos de amigos que buscan trabajo, observar el caudal de talento que se está desperdiciando, me pone enfermo. Pero bueno en Puesfijate decidimos desde el día de su fundación que íbamos a ser optimistas, así que después de este desahogo ofrecemos, como siempre, todo nuestro apoyo y ayuda a quien la solicite, aunque el margen de actuación sea mínimo. Como ya dije hace unas semanas, ya me gustaría que me sobraran tres millones de euros para emplear a un montón de gente valiosa hasta que pase el temporal. El Euromillón se resiste, pero llegará.

The New York Times también está en crisis, pero sólo económica. No de ideas. Su penúltima genialidad -ya saben que aquí llegamos a todo con quince días de retraso- se llama The New Hard Times, los nuevos tiempos duros, jugando con el nombre del diario. La sección consiste en una serie de vídeos con conversaciones entre testigos del crack del 29 y las nuevas generaciones que tienen que lidiar con esta depresión en ciernes. Los lectores están invitados a mandar sus grabaciones. Una abuela es entrevistada por su nieto de 13 años. Un profesor de 96 años charla con sus alumnos. Los descendientes de Jackson Pollock leen la correspondencia del artista en aquellos años. El resultado en algunos casos es extraordinario. Y confirma mi impresión de la crisis es de la industria periodística, no del periodismo. Espero que las neuronas de quienes nos tienen que sacar de ésta estén tan en forma como las de los profesionales de The Holly Bible, como llamamos en el trabajo al viejo Times.

lunes, 16 de febrero de 2009

¡Atención! ¡Talento a precio de saldo!

Alguien dijo que el despertar es el momento más arriesgado del día. Y es verdad. Durante un segundo no sabemos aún ni quienes somos y uno puede ser un condenado a muerte en el último día de su vida o el príncipe azul que ha pasado la noche de bodas con la princesa prometida. Después nos cae encima la realidad, ni tan mala ni tan buena en la mayoría de los casos. Y se enfrenta uno con ella. Yo, desde hace unos meses, tengo mis primeros pensamientos del día para la puñetera crisis. ¿Habremos tocado fondo y empezado a recuperarnos? Pues no. Pone una la radio -lo primero que debe hacer uno después de hacer pis, según Juan Cruz, o no podrá considerarse periodista- y resulta que la situación está todavía peor que el día anterior.

Podría decir que la crisis no me afecta personalmente, o al menos estoy en el grupo menos perjudicado. Pero sí ha alcanzado a alguna persona muy próxima que ha perdido su trabajo, a algunos amigos en igual situación y a muchas personas muy queridas -antiguos alumnos, becarios de mi trabajo- que ni siquiera han podido encontrar aún un primer empleo. Egoístamente todos debemos estar preocupados: esto tiene mala pinta y nadie está seguro en su puesto. Pero como me considero una persona fundamentalmente empática -soy feliz cuando estoy rodeado de gente feliz, y a mucha honra- aunque me triplicaran el sueldo y me blindaran el contrato la crisis me seguiría teniendo jodido.

Cuando estábamos y hablábamos de los periodos de depresión económica con la alegría de quien habla de dolores de cabeza sin haber tenido una jaqueca, se recordaba una frase muy acertada, aunque pareciera sacada de un manual de autoestima, como tantas frases acertadas: donde hay una crisis hay una oportunidad. Algún listo diría incluso, parafraseando a Lisa Simpson, que en chino se usa la misma palabra para ambas cosas, aunque por lo visto eso es un disparate, como explican aquí. Bueno, da igual lo que digan los chinos. Lo cierto es que este parón económico ha dejado sin trabajo a muchísima gente.

A algunos los conozco. Están en mi familia, entre mis amigos, los he tenido de alumnos y como compañeros: son jóvenes, están muy cualificados, tienen mucho talento, buenas ideas, ganas de trabajar y de comerse el mundo. No quieren prostituir su valía pero tal y como está la cosa estarían dipuestos a trabajar por un salario modesto mientras sea digno. Sólo falta un empresario con la suficiente valentía para arriesgase en este momento. No tiene que ser un loco, ni un personaje de película de Capra. Tal vez sea el más listo de todos ellos: el que sepa calibrar todo el capital humano que hay por ahí suelto, que piense que dentro de no tanto tiempo las aguas volverán a calmarse, y decida hacerse con un equipo extraordinario a un precio de saldo.

Predigo que ése o esos valientes serán los grandes triunfadores de la crisis. Nunca el talento estuvo tan barato. Yo no tengo los millones de euros necesarios para montar una empresa pero por si acaso el sábado sellé un boleto del Euromillón. Con la quiniela no tendría bastante. Si me toca lo anunciaré aquí. Y les pediré que me manden su currículum.

jueves, 29 de enero de 2009

Valiente periodista


Hoy (ya ayer, aunque en su México natal aún es 28 de enero) ha cumplido 30 años Ana Gabriela Rojas. Aunque la llamo mi mejor amiga se me ha olvidado felicitarla y ha tenido que ser ella la que me llamara desde la India, donde trabaja, para recordármelo. No ha habido reproches. Además de talento profesional, o quizá precisamente por ello, esta chica tiene muy buen caracter. Y como compartimos un lenguaje humorístico privado consistente en la repetición de expresiones disparatadas entonadas con exagerado acento mexicano, nuestras conversaciones suelen acabar a risotadas. La de hoy también.

Gaby entra en la mejor edad, aquella en la que una persona "conjuga juventud, con experiencia", como me escribió con sorna Julio Llamazares en la dedicatoria de un libro cuando cumplí su edad. A los 27 años, después de terminar el Máster de EL PAÍS y una beca de un año en la sección de Sociedad, decidió que quería conocer mundo y escribir y buscó en el planisferio que región del planeta tenía el periódico más desguarnecida. Eligió la India y sin conocer absolutamente a nadie y con un par de teléfonos en una agenda se plantó de freelance en Nueva Delhi. Sola organizó su vida y se dedicó a contarle a los lectores lo que pasaba por allí: los recientes atentados de Bombay; la delirante historia de Vindraban, la ciudad de las viudas; la huelga de actores en Bollywood; o la entronización de Shreeya, la niña diosa de seis años.

Un par de veces su afán aventurero me ha sobrecogido. Cuando se acercó a la selva a conocer a la guerrilla de Myanmar y cuando hizo en Pakistán el camino de los transportistas de la OTAN hostigados por los talibanes me llamó para darme el teléfono de su familia en México. "Por favor, si no te llamo en dos días, ponte en contacto con ellos", me dijo. Afortunadamente nunca tuve que marcar ese número. Gaby es intrépida, pero también muy prudente, o al menos esa ilusión me hago. Y tiene la suerte de los que afrontan la vida con sensatez, a la misma distancia entre la cobardía y la temeridad.

El año pasado también me olvidé de su cumpleaños. El despiste es mutuo, tuve que recordarle el mío el mes de diciembre. No pasa nada. Me importa mucho más saber que puedo telefonearla en cualquier momento, incluso con el desfase horario, y atenderá con cariño mi última ida de olla. A mi también me llama en el momento más inesperado para pedirme algún consejo profesional, algo que me llena de orgullo y perplejidad porque mientras ella llevaba el reporterismo al Himalaya yo me quedaba sentado en la redacción. Y es que es muy modesta. Muy valiente. Y muy periodista.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

El momento de las golondrinas

A los lectores habituales de EL PAÍS (y de ELPAÍS.com) les será familiar la firma de Enric González. Corresponsal en Nueva York y Roma durante muchos años escribe ahora en las secciones de televisión y de domingo y, para delicia de su multitud de seguidores, salpica otras páginas, como las de deportes con sus historias originales, agudas y -lo que es muy de agradecer con los tiempos que corren- nada sectarias. Unos artículos, como los de Patxo Unzueta o los de Fernando Savater, ideales para arrancar la lectura del periódico o, lo que es aún más placentero, dejar para el final. Como esos postres a los que te da pena meter la cucharilla porque no quieres que se acaben tan pronto.

El domingo Enric me sorprendió con uno de esos artículos. El momento de las golondrinas contaba la historia de Adriana Faranda, una terrorista de las Brigadas Rojas italianas que participó en el secuestro y asesinato del político democristiano Aldo Moro a finales de los 70. Ahora repudia la violencia, es amiga de la hija de Moro y vive de alquiler porque vendió su casa y entregó el dinero a Cáritas para que lo distribuyera entre las víctimas del terrorismo. ¿En qué momento esta sanguinaria activista se convirtió en un personaje de Frank Capra? Cuenta el articulista que un día, vigilando a los policías que escoltaban al político para preparar el crimen, Faranda vio cómo los agentes se fijaban en una bandada de golondrinas que surcaba el cielo de Roma. Y le surgió la duda.

Nuestra existencia está llena de puntos de inflexión como ese, no necesariamente tan dramáticos, que tienden a fijarse muy bien en nuestra memoria. Mucha gente recuerda el momento exacto en que empezó a cuestionarse si realmente amaba a su pareja o el instante en que le que surgieron dudas sobre si debería seguir en aquel trabajo. Las cosas no cambian de un día para otro pero es verdad que tras un periodo confuso los grises dan lugar un instante de luz, un relámpago. La caída del caballo de San Pablo camino de Damasco. En cierta forma, cualquier vida puede contarse como una sucesión de cambios de rumbo.

Mi escena favorita del cine narra precisamente uno de esos puntos de inflexión. Y, por casualidad, volví a verla unas horas después de leer el artículo de EL PAÍS. Michael Corleone se entera de que su padre, El Padrino, ha sido tiroteado en las calles de Nueva York. Quizá ese fuera el momento. Quizá cuando le salva la vida haciéndose pasar por pistolero a las puertas del hospital. Quizá, y me inclino más por ese momento, cuando es golpeado groseramente por el capitán de policía McCluskey por fuera de la clínica. Lo cierto es que hay un instante en el que el educado y pacífico Michael, héroe de guerra, siente la llamada de la sangre y decide convertirse en un mafioso despidado. En una emboscada maquiavélica le pega sendos a tiros al jefe policial y a Virgil El Turco Sollozo. Un momento de las golondrinas, pero al revés. La conversión de un hombre al lado oscuro de la fuerza.

viernes, 7 de noviembre de 2008

La portada del siglo

Esto tenía que haberlo contado ayer pero no quería caer en lo mismo que ahora voy a criticar. Ayer siete mil millones de humanos se levantaron con la noticia de que un negro había ganado la presidencia de los Estados Unidos. Quizá en México, donde el secretario de la Gobernación -el ministro del Interior para entendernos- murió en un aún no esclarecido accidente de avión, aquella noche podían tener la cabeza en otra cosa. En Congo, pobrecitos, supongo que no tendrían humor ni para alegrarse con la victoria de su brother. Pero suena a broma que aquí en España algunos consideraron que la información más importante del día -y única en primera página- fuera otra. La visita del Rey -y de Zapatero, Rajoy, Bono o Aguirre, que me da igual- a un periódico que cumplía diez años.

Les juro que esta era la portada de La Razón del 5 de noviembre de 2008. Así quedará para la hemeroteca cuando dentro de medio siglo alguien quiera saber cómo informó este periódico de una fecha que se recordará como un hito histórico. No sé si alguien ha visto esto en Estados Unidos pero si yo responsable del New York Times o de algún informativo de televisión contaría esta historia en la sección de Mundo Insólito: "Señores, hemos encontrado un periódico en el mundo, por cierto un diario nacional de la octava potencia económica, aliado en la OTAN y aspirante al G-20, que no incluye en su portada ninguna referencia a nuestras elecciones.

Y no dudo que La Razón distribuyera muchos ejemplares ese día: regalaban un gordísimo especial por su décimo aniversario. Y lo gratis, como dice un amigo mío, vende mucho.

martes, 28 de octubre de 2008

Una crisis histórica

A los periodistas nos encantan la palabras contundentes: histórico, debacle, catástrofe, hundimiento. Quizá porque confundimos nuestras obligaciones: no tenemos que vender las noticias, no debemos hacerlas más sexys para que nos las compren los lectores. Simplemente tenemos que contarlas en los términos que honestamente creamos que se ajustan más a la realidad. Y creo que a la larga venderemos así más noticias, pero eso es materia de reflexión para otro día.

Entre esos términos de los que abusamos en la prensa está la palabra "histórico". Y digo que abusamos porque el 90% de las veces sólo la perspectiva que da el paso del tiempo hace que un acontecimiento puede ser calificado de tal. Es decir que quede como un hito señalado para la Historia. Es evidente que cuando mataron a Kennedy o cuando Bin Laden derribó las Torres Gemelas sabíamos desde el minuto 1 que estábamos ante un acontecimiento que íbamos a recordar toda la vida. Pero ¿cuántas veces hemos escuchado calificar de tal partidos de fútbol, jornadas bursátiles o incluso declaraciones de políticos de las que ya no se acuerdan sino las hemerotecas?

Es obvio que estamos en un momento singularmente complicado. Las bolsas han sufrido enormes caídas (históricas en el sentido de "sin precedentes en décadas"), han quebrado un buen número de empresas y las perspectivas son alarmantes. La tentación de comparar esta situación con el crack del 29 son tremendas, y es cierto que los pronósticos de los más sabios (sabios que no supieron predecir este lío) apuntan a unas consecuencias casi tan desvastadoras para la economía. Pero imaginemos...

Imaginemos que las inyecciones de liquidez de los Bancos Centrales y las ayudas estales empiezan a funcionar (ya están funcionando, el Euríbor ha bajado en las últimas semanas). Imaginemos que las bolsas han tocado fondo (¿por qué no?), empiezan a remontar casi al mismo ritmo que han caído y los tipos con agallas que han comprado en los últimos días son dentro de dos años los nuevos ricos del siglo XXI. Imaginemos que la recesión, esa sí casi inevitable, sea más suave de lo previsto (también se equivocaron hace pocos meses al pronosticar un panorama más bonancible). Imaginemos, en fin, que para mediados del próximo año la situación de la economía real aparece razonablemente despejada.

¿Una locura? Quizá todo esté para entonces aún más hundido de lo que vaticinan los más agoreros. Pero tampoco es un panorama imposible. No digo, Dios me libre, que el momento actual invite al optimismo pero sí creo que los pronósticos que se hacen ahora mismo están contaminados por dos circunstancias. Uno, los opinadores prefieren pecar de pesimistas porque los diagnósticos catastróficos parecen más sesudos. Y dos: si dentro de seis meses hemos salido del hoyo no se hablará de la crisis, ni de los peores vaticinios. Si se sigue hablando es porque andamos peor. Y entonces los agoreros podrán salir diciendo: "Ya lo decía yo...".

¿Qué tendrá entonces de histórica la situación que estamos viviendo? Desde luego cambiarán las reglas que regulan los mercados financieros. Los bancos de inversión ya han desaparecido, y eso son importantísimas novedades. Pero sobre sobre todo recordaremos una histórica crisis de confianza y un histórico ataque de pánico de los inversores. Algo que ya les gustaría haber vivido a quienes sufrieron la crisis de 1929. Esa que con 80 años de perspectiva sí podemos calificarla de Histórica, con mayúsculas.

(Dos apostillas: Javier Marías se refería el otro día en EL PAÍS a esos "momentos históricos" y comentaba también cómo el lenguaje apocalíptico que usamos los periodistas a menudo retroalimenta las noticias, lo que en psicología se llaman profecías autocumplidas. Y otra: mi padre, que ha empezado a usar su email electrónico me ha mandado un documento que explica muy bien el origen de la crisis. PINCHEN AQUÍ para leerlo).

Ilustración: MotherPie

jueves, 23 de octubre de 2008

Salvemos La Gaceta de Canarias

Me cuenta, desde hace semanas, mi amigo Paul la dramática situación que atraviesa el periódico La Gaceta de Canarias. Algunos de sus trabajadores llevan dos meses sin cobrar. Hay dudas de que pueda seguir operando porque no hay dinero para pagar la licencia informático. Y esta misma tarde ha suspendido pagos. Sus profesionales se han movilizado y desde hace días no firman las informaciones que aparecen en el diario. Lo próximo serán paros y una posible huelga indefinida a partir del próximo 10 de noviembre.

No amigos, no es sólo la crisis. Los trabajadores se quejan de que una mala gestión empresarial les ha llevado a esta situación. Quizá el problema ha sido querer gestionar periódicos como si fueran empresas de construcción. Y me temo que son cosas muy distintas. Como dice muy certeramente el Manifiesto por la Supervivencia de La Gaceta de Canarias, "un medio de comunicación no es una empresa más, sino que tanto las sociedades que las gestionan como sus trabajadores son depositarios y de alguna manera garantes de un Derecho Fundamental reconocido en la Constitución Española de 1978. Por ello, tanto unos como otros tienen la obligación de actuar con responsabilidad y ser conscientes de la importancia de su función social".

Los otros medios resumimos las noticias como esta con números, tantos despidos, tantos millones de deuda, tantos meses sin cobrar. Pero detrás de estos números están el padre con tres hijos que se queda sin empleo, el joven que acaba de firmar una hipoteca, el profesional veterano que tendrá muy difícil volver a encontrar trabajo... Un drama doble: el que sufre cualquier empresa en quiebra y el empobrecimiento democrático que sufre la sociedad cuando cierra un periódico. No suelo pedir nada a los lectores de Puesfijate pero esta vez les pido que, si les he convencido, FIRMEN AQUÍ, en la Plataforma de Apoyo a La Gaceta de Canarias. Yo, naturalmente, ya lo he hecho.

viernes, 3 de octubre de 2008

El por qué de la crisis

Me llega a través de Jesús Olmo este vídeo subtitulado que en clave de humor, si a alguien le quedan ganas de bromear, explica cómo hemos llegado a la actual situación de catástrofe económica. También lo recomienda hoy Enric González en EL PAÍS. No se lo pierdan. Dedicado a la sección de Economía y a la enorme paciencia que han demostrado estos días aclarando las dudas de gente tan ignorante y con tanta prisa por abandonar su ignorancia como nosotros. Desde el jefe hasta la gran Crispíiiin, muchas gracias.

PS: Por cierto, estoy de vacaciones, no esperen de mí gran cosa en los próximos días, si es que alguna vez esperaron algo...

lunes, 22 de septiembre de 2008

Filtraciones y exclusivas

La noticia más importante de la pasada semana fue el gigantesco plan de rescate, el más grande desde la Gran Depresión, lanzado por Bush para salvar la economía y a unos mercados que zozobraban. Pero la noticia que más interesó a los lectores, al menos en el medio en el que yo trabajo, fue la difusión de las imágenes del reciente accidente de Barajas. La exclusiva la tenía EL PAÍS, o ELPAIS.com, si prefieren, ya que aún no se ha encontrado la forma de reproducir un vídeo en papel.

Yo no tenía ninguna duda de que, si se conseguía, había que dar ese vídeo. De hecho, hoy lo reproduzco en mi blog. Creo que aporta información, no obstruye ninguna investigación y no es morboso. Las víctimas habrán sentido su difusión, como sentirán cualquier noticia que les haga revivir la tragedia. Pero no porque en él se vean imágenes escabrosas. De hecho el comentario de algunos al ver ese avión lejano que no consigue despegar y acaba estrellándose, en el horizonte, contra el suelo ha sido: "¿Eso es todo? ¿Para eso tanto revuelo?". Me pareció un horror dar el vídeo aquel de la niña que a la que pegaban una paliza (¿qué aportaba?), y se publicó. Pero en este caso no tengo ninguna duda.

Hablando con varios amigos este fin de semana me he dado cuenta de que a alguno de ellos si le había desagradado que se difundiera. O que lo diera EL PAÍS. "No es su estilo", me ha dicho más de uno. No voy a entrar en ese debate porque me interesa mucho más entrar en otro. El de la hipocresía del resto de medios que han criticado la "filtración" a EL PAÍS... y a continuación han dado también las imágenes en sus telediarios o en sus páginas web. Francisco Mercado, el reportero que firma la noticia, hace unas reflexiones muy interesantes y recomendables hoy en el periódico y remata su argumento con una frase genial: El mal perdedor llama exclusiva a lo propio y filtración a lo que publica la competencia.

Pues eso.

sábado, 6 de septiembre de 2008

La convención republicana, como nunca la has visto

Decimos que son lentos, que actualizan poco...Puede ser. Pero los medios digitales estadounidenses siguen dándonos sopa con ondas en muchas cosas. Como ejemplo, esta imagen panorámica de la convención republicana. Pinche aquí (o en la cabecera del NYT arriba) y paséese un rato por el Xcel Energy Center de Saint Paul (Minesota). La verdad es que había visto muchas veces fotos de este tipo, panorámicas de 360º. Pero nunca en una web informativa y usada de forma tan pertinente.

martes, 29 de julio de 2008

¡Extra, María Antonieta guillotinada!

Me entero por la bitácora del gran Chiqui (¡Gracias pero, ¿Por qué me has quitado de la lista de tus amigos?) que The Times ha abierto de forma gratuita -será durante un tiempo y hay que registrarse- su hemeroteca en internet. Ríase usted de los 32 años de historia que tiene EL PAíS, e incluso de los ciento y pico de ABC o de La Vanguardia. El archivo de The Times se remonta a hace más de 200 años. Resulta curiosísimo leer cómo se publicó, el 23 de octubre de 1793 la noticia de la muerte en la guillotina de María Antonieta. Y muy interesante leer acontecimientos como éste no como hechos históricos, sino como noticias, frescas, casi salidas del horno. Dense un paseo y me cuentan.

(Algunos acontecimientos que se pueden visitar sin registrarse, creo que están puestos como ejemplos, son: la batalla de Waterloo, el asesinato de Lincoln, los crímenes de Jack el Destripador, el crack del 29, o el discurso de Churchill de "lucharemos en las playas...").

jueves, 24 de julio de 2008

¿La vergüenza de Italia?


En estos días una noticia ha saltado a muchos -no todos- medios nacionales e internacionales: dos niñas gitanas se han ahogado en una playa cerca de Nápoles ante la indiferencia de los bañistas. La prueba irrefutable de este hecho es una foto, que también ha dado la vuelta al mundo, y que muestra a dos veraneantes tomando el sol a corta distancia de donde yacen los cadáveres de las fallecidas.

La mayoría de los medios se han tragado, sin más, lo que traían los teletipos de las agencias -estupor, indignación, polémica- aunque luego en la mayoría de las informaciones el único nombre propio que se citaba en ellas era el del arzobispo de Nápoles. La historia no tiene fisuras: en Italia tienen un gran problema con los gitanos, a dos niñas se las traga el mar, y los bañistas siguen tomando el sol mientras se recuperan los cadáveres. Al día siguiente, en el entierro, una de las abuelas, destrozada por la tragedia, remata: "Es que nos odian". Y para prueba de toda esta historia, redonda y generadora de miles de pinchazos en las páginas webs, la terrible foto.

Lo cierto es que una foto puede decir mucho, puede decir muy poco o puede decir lo contrario de lo que parece. Este vídeo, difundido por la prensa italiana, debió tomarse al mismo tiempo aproximadamente que la imagen. Pero da una perspectiva totalmente distinta de la situación. Para empezar en la playa hay un centenar de bañistas y de ellos 98 están de pie, inquietos, hablando con las autoridades. Al fondo, pero mucho más al fondo de donde sugiere la foto, hay efectivamente dos personas sentadas que siguen tomando el sol.

O sea que la imagen refleja una realidad muy parcial de lo que sucedía. Varios bañistas intentaron sin éxito salvar a las pequeñas. Luego, efectivamente, la playa volvió a la normalidad, aunque los cadáveres seguían allí, cubiertos bajo el sol. Pero ¿Han estado alguna vez en una playa dónde ha habido un ahogado o a alguien le ha dado un infarto? Les garantizo que pasado un rato de consternación la gente vuelve a sus quehaceres igual que sigue su vida normal diez minutos después de ver un accidente por la calle. ¿Revela eso algún tipo de odio o desprecio al ahogado o al atropellado? No, pero oiga, no me destroce la historia, que es demasiado bonita para que la arruinemos, las niñas son gitanas, los italianos odian a los gitanos...

Al margen de que el Gobierno de Berlusconi sea absolutamente indecente en sus medidas, que lo es, esta historia me parece sacada de madre. Y coinciden conmigo muchos internautas porque repasando los comentarios que han dejado en La Repubblica, La Vanguardia o 20 minutos resulta que al final es más polémica la difusión de la noticia tal y como la han dado los medios, que la supuesta indiferencia de los bañistas. ¿Son más listos los lectores que los periodistas? ¿O será que ellos no tienen que conseguir audiencia?

PS (añadido un día después): Hoy he leído unas declaraciones del fotógrafo en France 24h, rebotadas por Le Figaro digital. Dice que tomó la foto con gran angular para imitar otras sacadas con el tsunami pero que parte de los bañistas estaban ayudando al rescate como lo habrían hecho si se tratara de niñas italianas. Y que no entiende la polémica. ¿Da algún medio más esta información?