sábado 7 de noviembre de 2009

Vuelven los minutos musicales: Clementi (II)

Después de casi año y medio sin ofrecer a los lectores de Puesfijate mis estupendas interpretaciones al piano vuelven los minutos musicales. Antes me grababa mi hermana Bea, que vivía conmigo y tenía mucha paciencia. Ahora me tengo que grabar yo, aunque he descubierto que no es tan difícil. Desde la última vez que di un concierto para este blog ha cambiado el escenario: he reformado la casa. Y he mejorado un poco, no digan que no, respecto de los recitales anteriores. Aunque los progresos con el piano son lentísimos y más cuando uno empezó con 30 años sin tener ni idea de solfeo.

Hoy escucharemos la primera parte del primer movimiento de la tercera sonatina (op 36) de Muzio Clementi. Doy alguna nota falsa (al menos tres muy claras), suena el timbre del portero en medio del recital y a ratos me trabo: en un momento, especialmente dramático, me quedo clavado más de dos segundos. Pero creo que la mejora es notable. Progreso muy lentamente porque a parte de las dos clases semanales sagradas con mi querido Óscar practico poco en casa. Pero ni un día en estos casi siete años me he arrepentido de empezar de cero a tocar el piano. Aunque en alguna ocasión se me ha pasado por la cabeza que quizá hubiera sido más fácil dedicarme a la guitarra...

lunes 2 de noviembre de 2009

Un poco menos Luthiers

Fui a ver ayer -gracias a la generosidad de mis tíos y en un asiento de primera- el último espectáculo que Les Luthiers han traído a España -que no su último espectáculo- Los Premios Mastropiero. Fue hace 25 años cuando mi tía Flor y mi querido compañero de colegio Jorge Galván me iniciaron en la adoración del original grupo de músico-humoristas y desde entonces he visto casi todos sus espectáculos -seis o siete veces en vivo-, he comprado dvds de muchas de sus actuaciones y he incorporado a mi acervo de frases recurrentes muchas de sus frases ocurrentes, como "estatua ecuestre, cuestre o lo que cuestre" o monólogos enteros como el antológico de El sendero de Warren Sánchez que empieza diciendo "yo era un desgraciado...". Digamos que soy un fan suyo como de muy pocas cosas en la vida -el Real Madrid, Chesterton, quizá Joaquín Sabina.

Por eso me da tanta pena decir que la función que fui a ver ayer me decepcionó un poquito. Tampoco mucho, eh, me reí bastante. Pero creo que no incorporaré ni uno sólo de sus episodios al catálogo de mis favoritos. De hecho los dos mejores momentos del espectáculo fueron repeticiones de espectáculos pasados: el disparatado diálogo sobre el merengue con la musa de la danza -Terpsícores- bailando por en medio y la propina, una cantata encargada a Mastropiero por el célebre ginecólogo y obstetra Schmerz von Utter. De resto la actuación me pareció medianita, de unos Luthiers no en horas bajas, porque afortunadamente nunca las han tenido, pero al menos poco inspirados. Chistes más fáciles que en otras ocasiones, golpes previsibles, sketches rematados sin su genialidad habitual...

Naturalmente, hay cosas que nunca fallan: su cuidadísima expresión corporal, pese a los años; la vis cómica de Rabinovich; su talento como músicos; su imaginación para fabricar instrumentos... Y sobre todo su versatilidad como intérpretes, ahora que sé lo que cuesta tocar un piano. Pasan en un instante de una armónica psicodélica al violín y al segundo siguiente fabrican una melodía bellísima acariciando copas de cristal. Todo eso está muy bien, sí, pero yo creo saber lo que se le puede exigir a Les Luthiers y la función que vi ayer estaba un poco lejos de su mejor momento. Flojeaba lo fundamental: el guión. Y por un momento temí que fuera consecuencia de la muerte, hace un par de años de su colaborador áureo, Roberto el Negro Fontanarrosa. Pero no, nada que ver. El show es de 2005 y sólo ahora ha llegado a España.

A la salida oí a varios espectadores que coincidían en mi diagnóstico. "Quizá es que los hemos visto tantas veces", decía uno... Me alivió escucharles. Cuando uno va a ver a Les Luthiers parece que antes de la función ya sabe lo que va a pensar después: "Qué derroche de humor inteligente -expresión pelín pretenciosa que aborrezco-, qué chistes más brillantes, qué guión más redondo". Y cuesta ser sincero y decir que por una vez no han estado tan geniales. Como costaba hace años decir que no te gustaba una película de Woody Allen, otra vaca sagrada del humor inteligente -argggg- aunque últimamente, entre algún bodrio que cuela y su propia modestia -"no se puede ser siempre genial"- se ha hecho menos vergonzante nadar a contracorriente cuando el Rey está desnudo.

Quizá me estoy pasando con la crítica porque el listón de mis expectativas estaba demasiado alto y si hubiera visto la misma actuación representada por otro grupo me habría parecido extraordinaria. De hecho les digo una cosa: aunque supiera que su siguiente función iba a ser como ésta, sólo moderadamente brillante, pagaría la entrada para verla. Porque a estos tipos les pasa como le sucedía a Martes y 13: que en su momento más discreto son superiores a toda la competencia junta. Pero, por favor, que vuelvan a su mejor versión. O que repitan hasta la saciedad sus grandes éxitos, que nos vamos a reír igual.

miércoles 28 de octubre de 2009

John Silver, el psicópata

Siempre digo que leer es como conocer gente nueva y releer aquello que nos ha gustado es como visitar a un viejo amigo. Un placer extraordinario, aunque ya sepamos lo que nos vamos a contar: o precisamente por eso. Puesfijate que el otro día, tras releer un libro que va sobre relecturas, La infancia recuperada de Fernando Savater, me dio por volver a sacar de mi biblioteca La isla del Tesoro. Savater decía que se sumergía en sus páginas una vez al año y yo tenía un recuerdo muy confuso de la obra de Stevenson. Una mezcla de lo que leí hace veintitantos años, incitado seguramente por mi primo Pablo, lo que he leído después sobre la historia, e imágenes de películas, en especial una en blanco y negro -o yo no tenía televisión en color- absolutamente terrorífica. Sobre todo cuando el ciego le daba la mancha negra a Billy Bones y moría poco después pisoteado por unos caballos mientras buscaba a gritos a Perro Negro.

La lectura de La isla del Tesoro es una delicia con 10 años y con 36. Cuando uno es pequeño disfruta sobre todo de la aventura, porque nuestras emociones están más despiertas, menos erosionadas y sentimos más el miedo, el asombro, la angustia o la alegría. Con el tiempo aprendemos, para bien o para mal, a separar mejor la realidad y la ficción, interiorizamos que las novelas o las películas están en un plano distinto al de nuestras vidas y perdemos empatía con los protagonistas: nos cuesta más meternos en su piel. Pero el ojo adulto descubre en la novela de Stevenson detalles interesantísimos que se pierde el niño. Por ejemplo, el estupendo retrato psicológico de los personajes. No son figurantes de un cuento infantil, monigotes maniqueos pintados con cuatro trazos, sino tipos complejos, volubles, con aristas. Como usted, como yo y como todo el mundo.

De todo el repertorio de tipos humanos que pululan por la novela me quedo, sin dudarlo un minuto, con John Silver, El Largo, para mí su verdadero protagonista. Jim Hawkins es el narrador de la historia pero también él -quizá el que más- no puede escapar de la tremenda fascinación que irradia el marinero con una sola pierna. Es el centro de la acción porque todos los personajes le aman, le temen, le respetan, le odian con una fuerza extraordinaria. Tiene cautivados, en su sentido literal, aprisionados a todos los que le rodean.

John Silver es terriblemente malvado. No sé si en la época de Stevenson estaba acuñado el término, pero es un psicópata de manual. Antes que él -el Yago de Otelo- y después -pienso en la trilogía de Larsson- la literatura, y no digamos el cine, ha engendrado tipos de una perversidad similar. Pero pocos pertenecen a una categoría tan peligrosa. Porque el pirata cojo es además es un seductor, un líder diabólicamente inteligente. Miente, manipula y convence. Puede intentar matarte pero si las circunstancias cambian es capaz de persuadirte, cinco minutos después, de que es tu amigo y el hombre más virtuoso sobre la tierra. Afortunadamente no abundan los tipos como Silver. Pero si sospecha de que tiene alguno cerca, huya antes de ser arrastrado por su maligno magnetismo. No todo el mundo tiene la suerte de desenmascararlos oculto en un barril de manzanas.

viernes 23 de octubre de 2009

Fútbol insólito: La doble chilena

En Puesfijate nos pasamos últimamente con larguísimas epístolas sobre cualquier asunto así que hemos creado una nueva sección para desengrasar. Como lo fue en su día Minutos Musicales, que esperamos recuperar cuando alguien tenga la paciencia de grabarme tocando el piano -mi hermana hace meses que abandonó el hogar familiar. Fútbol insólito pretende ser una selección de imágenes curiosas del deporte rey, golazos, jugadas polémicas y cosas de esas. Hoy se estrena con un gol increíble que se marcó hace unos días en el Rió Branco-Serra en la Copa Espirito Santo de Brasil. Como decía mi amigo Berto, con quien iba de pequeño al Heliodoro a ver jugar al Tenerife: "¡Ónde vas, pastel, sajaso!". Que lo disfruten.

martes 20 de octubre de 2009

La vida siempre es maravillosa, aunque a veces puede ser bastante jodida

El viernes por la noche nos sorprendió a todos la muerte de Andrés Montes, el histriónico periodista deportivo que ponía motes inverosímiles a todos los jugadores de fútbol y baloncesto, el inventor de expresiones tan populares como "jugón", "tiqui-taca" o "la vida puede ser maravillosa". No sabemos de qué se ha muerto pero como se supone que no atravesaba un buen momento profesional -no había renovado su contrato con la Sexta- muchos han apuntado enseguida la hipótesis del suicidio. Es una posibilidad truculenta pero no mucho más pausible que otras, por muy mal que le fuera. Parece que no nos damos cuenta de que -si es verdad- que estaba triste o deprimido también era muchísimo más probable que le diera un infarto, un derrame cerebral o lo que sea. Pero dejo el tema: a mí tampoco me importa demasiado de qué haya fallecido, lo siento en todo caso por su familia y por él. Era muy pesado pero también un tipo entrañable al que estoy seguro que escuchaban divertidos sus mayores críticos. Aunque fuera a ratos cuando nadie los veía.

Puesfijate que tras conocer la noticia casi todos tuvimos la ocurrencia fácil de decir aquello de "la vida puede ser maravillosa pero no tiene por qué serlo". Yo también lo dije, pero ahora pensándolo mejor, rectifico. Nuestra existencia es a ratos estupenda, a veces horrible y las más de las veces, mediopensionista. Como los libros de autoayuda no dejan de repetir, la felicidad depende en parte de lo que nos pasa y en gran parte de cómo nos lo tomamos. Pero la vida en sí, nuestra vida, cada vida, es, si reflexionamos, en esencia maravillosa. Aunque luego no nos pasen más que desgracias.

Me explico. Yo creo parte de la culpa de que no aguantemos bien los pequeños contratiempos de la vida -los grandes infortunios son más fastidiados de sobrellevar, por mucho que filosofemos- procede de la idea de que estamos en este mundo por una suerte de derecho divino. Que teníamos que existir sí o sí. Es lógico. Desde que tenemos recuerdos siempre hemos existido. Pero si analizamos un poco cómo carajo hemos llegado aquí -procuren no marearse- nos daremos cuenta de que somos una casualidad infinitesimal. Cuando alguien dice "si mi abuelo no hubiera ido a la guerra yo no hubiese nacido" yo pienso "no, si tu abuelo se hubiera apuntado a la guerra un segundo después, tu no habrías nacido". Y no te digo nada si la primera célula que pobló la Tierra hubiera perecido en el intento, o si no se hubieran extinguido los dinosaurios. O si se hubieran extinguido un minuto después. El presente es el resultado de trillones, por decir algo, de circunstancias interdependientes, si hubiera cambiado sólo una, todo sería diferente. Incluidos nosotros, no íbamos a ser especiales.

Por eso digo que la vida, la de cada uno, es siempre algo maravilloso. Reímos, lloramos, lo pasamos bien, mal o fatal porque nos ha tocado un número en la inmensa lotería cósmica de la que hablamos. Aunque sólo sea por la novelería de conocer el mundo casi todas las vidas merecen la pena ser vividas, sobre todo si reflexionamos sobre la inmensa suerte que hemos tenido de estar aquí. Pero incluso en aquellos casos en los que no merezca la pena el viaje -pensemos en un tipo nacido en un campo de concentración que sólo conozca el dolor y la muerte- la experiencia siempre será más interesante que la alternativa: no existir. Eso sí que tiene que ser un coñazo.

PS: Sobre la muerte de Andrés Montes les recomiendo el blog de su amigo Iturriaga. Un obituario para leer con una sonrisa.

jueves 15 de octubre de 2009

75 años de la Revolución de Asturias

El otro día nosequé periodista de un medio británico -me da pena no acordarme- publicó en un artículo las cosas que nunca debe hacerse en este oficio, entre otras hacer listas del estilo de "las diez frases más célebres de la historia del cine" o poner demasiado énfasis en los aniversarios. En Puesfijate no estamos de acuerdo, nos encantan las listas y hoy vamos a hablar de una efeméride que se celebra estos días aunque la prensa, quitando la regional, no ha dado, para mi sorpresa, demasiada cuenta de ello.

Se trata de los 75 años de la llamada Revolución de Asturias. Quizá el escaso eco de la efeméride en los medios, habitualmente sobresaturados de otros aniversarios, se deba a que el 75 no parece un número demasiado redondo. A mí si me lo parece, bastante más que el 70 o que el 80, pues es tres veces 25, los tres cuartos del siglo. Pero bueno, hoy vamos a hablar de historia y de política, dejamos las matemáticas para otro día. ¿Qué decir de los sucesos de octubre del 34? Hay una visión revisionista de la historia impulsada en los últimos tiempos por cierto sector de la derecha, que apunta más o menos a que esa es la verdadera fecha de comienzo de la Guerra Civil. Que la sublevación de Franco dos años después fue un ejercicio de legítima defensa contra la deriva marxista de la república, cuyo primer coletazo había sido la Revolución del 34.

Este argumento, naturalmente no se sostiene. Franco dio un golpe de Estado contra un Gobierno legítimo al que siguió una guerra civil, una durísima represión y una larga dictadura, y eso no puede justificarse de ningún modo. Pero tampoco coincido con esa visión romántica que convierte a los mineros asturianos en adalides de la libertad y la demócracia y mártires de una causa justa. La Revolución de Asturias y el golpe militar fueron cosas muy distintas pero tuvieron un elemento en común: supusieron un intento de subvertir por la fuerza un orden político establecido en las urnas. Tan legítimo era el gabinete de derechas del 34 como el de izquierdas del 36. Si miramos con simpatía la revuelta obrera ¿Qué argumento nos queda para condenar un golpe contra un Gobierno que emanaba de la misma Constitución?

Resumen de mi tesis. Tenemos que asumir que un golpe o una revolución violenta contra un Gobierno democrático son esencialmente malos. Los dé quien los dé. Aunque sean de los nuestros.

lunes 12 de octubre de 2009

Obama, devuelve temporalmente el Nobel

Es muy difícil ser original pero antes, al menos, no enterabas de cuando no lo eras. Ahora con internet siempre encontrarás a alguien que haya dicho lo mismo que tú un rato antes. Y más cuando, por pura vagancia, a uno le da por escribir de cosas que pasaron hace casi tres días, o sea, siglos para los tiempos de la red. Están advertidos: es posible que lo que sigue lo hayan leído ya en otro sitio. Pero a mí también se me ocurrió.

Cuando me enteré de que le habían dado a Obama el premio Nobel de la Paz me quedé estupefacto. Pensé que era una magada -expresión canaria que podría traducirse más o menos por paletada- de la Academia noruega, que querría subirse así a la moda de la Obamanía, una moda seguramente justificada pero que como todo en exceso produce ya algo de vergüenza ajena. Pero no seamos prejuiciosos y analicemos los méritos del presidente de EE UU para ganar el premio. Un galardón que según el propio Nobel debía concederse "a la persona que haya trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos y la celebración y promoción de procesos de paz".

La verdad es que el hombre parece buena persona, ha cambiado radicalmente el discurso antipático de Bush por otro mucho más ilusionante, cree o dice creer en un mundo multipolar etc. Pero de momento no se puede decir que haya hecho gran cosa de lo exigido por el instaurador de los premios. Pero lo peor no es lo que no ha hecho, sino lo que puede hacer. Es el comandante en jefe del mayor Ejército del mundo y tiene en su mano capacidad para hacer muchísimo daño, para declarar guerras, para invadir países y hasta para tirarle a alguno la bomba atómica. Es verdad que de momento el muchacho promete pero otros que le precedieron en el cargo también parecían corderos y pasaron a la historia como lobos terribles.

Un Nobel, pues preventivo -estoy muy orgulloso de esta expresión, que se me ha ocurrido a mí solito, aunque otros ya veo que a otros también. Un premio por si acaso. Más que por méritos adquiridos, en previsión, o con el deseo de que los adquiera. Algunos ven también en la concesión del premio una presión añadida al presidente de EE UU, para que se porte bien. Como si un tipo que tiene poder para tirar una bomba atómica se lo fuera a pensar para no defraudar a los que le dieron un diploma de buena conducta.

Cuando Obama se enteró de la noticia dijo que estaba contentísimo pero que había sido una gran sorpresa -y creo que es la primera vez que alguien dice eso sinceramente cuando le dan un premio. Y él mismo no se lo creía porque sabía que aún no había reunido méritos suficientes para obtenerlo. ¿Cómo conciliar estas emociones contradictorias? Para mí la solución habría sido rechazar el premio, pero sólo temporalmente. Si yo hubiera sido el presidente de EE UU habría dicho: "Señores de la Academia noruega, me halaga mucho este galardón pero no me lo merezco. Al menos aún no, porque mi presidencia acaba de comenzar. Así que hacemos una cosa, congelamos el Nobel hasta que salga de la Casa Blanca. Y si ustedes creen entonces que aún lo merezco, lo aceptaré de buen grado". Eso hubiera sido lo más justo y lo más sincero. Y además habría quedado como un señor.

Hay precedentes. Al menos dos personas rechazaron el Nobel. Le Duc Tho, el hombre que negoció el fin de la Guerra de Vietnam con Kissinger, también premiado. Y Jean Paul Sartre. El primero dijo que su país no había alcanzado aún la paz total y el segundo alegó que había gente con más mérito que él y que además recibirlo le podía encorsetar como escritor y que tendría someter a determinados formalismos por los que no estaba dispuesto a pasar. Obama, con otros argumentos, tendría que haberlos imitado -temporalmente- y entonces sí, su popularidad mundial habría batido récords.

PS: ¿No les divierte ver cómo muchos babean con la amabilidad, la capacidad para el diálogo y la empatía de Obama y luego en sus vidas o en sus trabajos son unos tiburones entregados a morder a sus semejantes con tal de salirse con la suya? ¿Son tan distintas la macropolítica y la micropolítica de nuestras vidas cotidianas, nuestro pequeño ámbito de influencia?. Otro día hablamos del tema.

lunes 5 de octubre de 2009

Las películas que te mintieron sobre la vida

Los viernes por la noche como termino la semana demasiado cansado en vez de salir me pongo una buena peli de cine clásico y la veo en versión original para practicar de paso un poco el inglés. Tengo que decir que para el cine, como para tantas cosas, soy un antiguo: en las dos últimas semanas he visto Sabrina y El apartamento, ambas de Billy Wilder y no encuentro en lo que llevamos de siglo XXI ningún filme a su altura. Una tara mía, sin la menor duda.

Pero otro día hablamos de eso. Hoy quería hacer una reflexión sobre el cine que vi en mi infancia, o vimos, porque sólo había entonces una tele y al cine no iba tanto. Era, en su inmensa mayoría, un cine bondadoso, para todos los públicos, estadounidense en el que los buenos ganaban y los malos eran castigados. Como en las dos comedias que he citado antes, el chico acababa besando a la chica y uno terminaba la peli convencido de que el mundo podía ser un poco complicado pero todo terminaba arreglándose. Los libros que leíamos iban también en esa línea. Hasta que llegamos al instituto y nos hicieron tragarnos la amargura de obras como El árbol de la Ciencia, de Baroja, y otras igualmente deprimentes, salvo que la vida nos hubiera dado algún revés de consideración suponíamos que el destino normal de las historias era el happy end. Así de sencillo.

El alimentar nuestro espíritu con semejante pienso de optimismo no es necesariamente malo, siempre que uno sea consciente de la distancia que hay entre la ficción y la realidad. Pero aún así a algunos nos ha quedado un poso de justicia poética a la que la vida no siempre quiere ajustarse. Nos pueden pasar cosas como en las películas, pero uno no se puede cruzar de brazos esperándolo. En el caso de las películas de amor mi amigo David Fuentefría -un filósofo con un sentido del humor algo ácido pero siempre tierno- subraya otra distorsión añadida. La historia se termina cuando el chico besa a la chica -véase como magníficos ejemplos las citadas Sabrina y El Apartamento. Y no, se queja David, ahí no acaba la historia. Ahí empieza. Ahí tienen que empezar a convivir, a aguantarse las manías, a soportar los cambios de humor del otro... Pero claro, eso ya es Krammer contra Krammer y era para mayores de 14 años.

Supongo que a estas alturas de la treintena la mayoría de los de mi generación tenemos superado este mini trauma que supuso darnos cuenta de que la vida no siempre discurría por la misma senda que la ficción bondadosa. Pero nos queda un poso, cómo evitarlo, de ése romanticismo y en el fondo esperamos que alguna vez nos pase lo que a Bogart o a Jack Lemmon. Esa actitud por un lado es buena, por revela inconformismo, pero por otro, puede ser germen de grandes desilusiones. Lo mejor yo creo es no renunciar a vivir una historia como las del cine pero dándonos cuenta de que otras con comienzo mucho más prosaico pueden ser tremendamente felices. Y saber que la vida suele empezar donde terminan las películas.

Mi amigo Laslo, que no era tan filósofo como David pero igualmente ocurrente, hacía en la Universidad una reflexión similar sobre el cine porno. En aquellos tiempos éstas eran la única referencia sobre sexualidad para algunos compañeros del colegio mayor y Laslo opinaba que éstos iban a sentirse unos fracasados cuando empezaran a tener relaciones con chicas si esperaban que las cosas pasaran así. Tengo algunas dudas sobre si el cine romántico fue para nosotros una buena o una mala influencia, pero sobre este otro no albergo ninguna. Pensar que la vida es como una novela rosa puede ser una ingenuidad. Pero creer que lo que pasa en las películas porno se parece lo más mínimo a la vida real es una soberana estupidez.

miércoles 30 de septiembre de 2009

Madrid oculto y curiosísimo

El otro día fui a la Casa del Libro a buscar una guía de Madrid para mi primo Álvaro, que ha tenido el buen gusto de venirse a vivir a esta ciudad con su esposa, Monika. Le compré una normal, que cuenta las cosas y enseña los sitios que todo recién llegado debe conocer: la Puerta del Sol, el Prado, la Plaza de España etc. Pero al lado de las guías convencionales encontré un librito que llamó mi atención y que sigue llamándola cada vez que lo abro. Se llama Madrid oculto -no lo confundan con algunas páginas web con el mismo nombre que hablan de psicofonías ovnis y chorradas por el estilo- y es una manual estupendo de historias, leyendas, y curiosidades de un Madrid tan cotidiano como desconocido, por lo que deduzco después de leer el libro.

Verán, cuando estaba abierta la piscina de La Latina, que desgraciadamente en paz descanse, yo me iba las mañanas de los sábados desde mi casa hasta allí dando un paseo delicioso. Recorría Chueca, un tramo de Gran Vía, Sol, la Plaza Mayor y llegaba a mi destino. Creía que conocía perfectamente el trayecto pero después de leer esta guía práctica me he dado cuenta de la cantidad de cosas que me estaba perdiendo. Yo nunca me había preguntado porque había esas casas tan espectaculares en la estrechísima calle de la Reina -falta de visión de los especuladores que pensaban que la Gran Vía pasaría por allí. Ni porque la Gran Vía, que es una calle artificial no es recta sino curva -había que respetar las cuatro o cinco iglesias que marcan sus cambios de rumbo. Ni tenía idea de que al principio de la calle Arenal se fraguó la leyenda del ratoncito Pérez, que hasta tiene un museo allí en una antigua pastelería. Ni sabía quién era Luis Candelas, el de la cueva que hay al pie de la plaza Mayor. E ignoraba que una rama de palma en un balcón de la calle Mayor marca el lugar desde el cual el anarquista Mateo Morral lanzó una bomba a Alfonso XIII el día de su boda, en el atentado más sangriento en la ciudad hasta el 11-M.

Ahora sé eso y muchísimas cosas más. Que hay una estatua a Lucifer en el Retiro. Por qué a los madrileños se les llama gatos. O quién era el perro Paco, que como mi querido Kukín en Busto de Bureba, era una personalidad en la ciudad con entrada en los mejores restaurantes y hasta en la plaza de Toros. De todos los placeres de la vida uno de los más gratificantes es aprender cosas nuevas. Porque saber más cosas le hace a uno más feliz, por mucho que algunos byronianos -qué pereza- atribuyan su desgracia a motivos profundos e intelectuales. Y cuando esas novedades se refieren a lugares, a personas, a objetos conocidos a ese placer se añade la sorpresa de encontrar detalles ocultos en lo cotidiano. Tampoco es que antes yo fuera ciego y me haya vuelto un experto -no exageremos, sólo es un libro de 350 página- pero puedo afirmar que ese mismo paseo sería ahora mucho más interesante. Como lo es el del campesino que va por el campo y reconoce los diferentes tipos de árboles, encuentra las moras y las setas y pronostica que lloverá sin duda viendo las formas de las nubes.

El libro está escrito por un padre y su hijo, Peter -neoyorquino- y Marco -madrileño- Besas y, por las explicaciones que dan de casi todo- parece dirigido más bien a un público extranjero. Lo agradezco porque uno de los riesgos de elaborar una guía así sería dar demasiadas cosas por supuestas. Es muy riguroso. Aunque cuenta múltiples leyendas los autores han tenido la honestidad de separar los hechos históricos de lo probablemente inventado, aunque ello suponga rebajar la gracia de las anécdotas. Se publicó en 2007 y está actualizado a octubre de 2008 pero preveo una nueva edición para contar los últimos cambios de la semana pasada en la Puerta del Sol y para cubrir la demanda de los ejemplares que pienso regalar a mis amigos. Hacer publicidad de esta estupenda obra sólo tiene un problema. A mí me encanta hacer de guía turístico. Y si se difunde demasiado este libro no voy a poder presumir tanto de conocer casi en exclusiva anécdotas, leyendas e historias tan jugosas.