Cuando llamaba por teléfono a un compañero del instituto en Tenerife y no estaba en casa, porque entonces todavía se llamaba a las casas, su madre tenía la costumbre de responder siempre con las mismas palabras. La conversación se desarrollaba invariablemente así: "¿Hola, está fulano?" Y ella contestaba con un acento peninsular que nos hacía bastante gracia: "Pues no". Mi amigo Manolo, que es lo que coloquialmente se conoce como un cachondo mental, se había dado cuenta de esta circunstancia y cada vez que por la ventana veía a mi compañero salir a la calle -vivíamos todos en el mismo barrio- corría hacia el teléfono, marcaba su número y preguntaba por él, para regocijarse al escuchar siempre la misma respuesta. Creo que a veces tenía que colgar del ataque de risa que le daba.
Esta perversión de mi amigo Manolo, que yo también compartía aunque no de forma tan morbosa, puede parecer pueril, y de hecho es lo que es. A los niños pequeños les encantan las repeticiones y supongo que eso tiene que ver con que nuestro cerebro es mucho más obsesivo durante la infancia. Como les guste una película encuentran mayor placer en verla cien veces, que desde luego en ver cien películas distintas. Con la edad nos va gustando más la variedad, aunque algunos sigamos teniendo para eso un cerebro bastante infantil y prefiramos en general la película, el libro o la canción que nos emocionaron, antes que las de las listas de novedades.
Yo personalmente encuentro un placer extraordinario en escuchar a determinadas personas, a las que saben contar historias como mi madre, relatar cien veces la misma cosa y me encanta, por ejemplo, entrevistar a un personaje y darme cuenta que me está contestando exactamente lo mismo que ya dijo en otra entrevista que yo había leído para prepararme el encuentro. Cuando oigo esas palabras ya conocidas, me da la sensación de que la entrevista va bien, de que el personaje está siendo él mismo, de que no es un impostor, de que he raspado en algo muy permanente de su caracter cuando después de tanto tiempo el tipo sigue repitiendo la misma frase.
Un día diseñé junto a mi hermana Bea, que tiene un cerebro bastante parecido al mío, un pasatiempo muy recomendable que solo se puede jugar con la colaboración involuntaria de familiares o gente muy conocida. Se juega por turnos y consiste en apostar que, si se le saca determinado tema de conversación a determinada persona, esta acabará, indefectiblemente, contando determinada historia. Les pongo un ejemplo: mi hermana apostó a que si en presencia de mi madre hablaba del rey Jorge VI de Inglaterra, de quien luego se hizo la película El discurso del Rey, ella acabaría contando que una de sus aficiones era hacer punto. Las frases gancho deben ser sutiles, el juego no tendría gracia si en este caso le preguntáramos directamente a mi madre por las aficiones del monarca. Y la intriga que se genera durante ese rato en que sientes cómo el cerebro del participante involuntario, estimulado el anzuelo, pugna por escupir o no la anécdota que esperas es simplemente delicioso.
Me viene ahora a la cabeza el caso de un primo de mi abuela que nos visitaba con mucha frecuencia y que, siendo compasivos, era bastante pesado. Su especialidad era contar chistes, en general malos, y todos los años repetía, como plato fuerte de su repertorio, uno de un tipo cuyo hijo supuestamente se había copiado en un examen y que acudía al profesor para protestar. "¿Y cómo sabe que se copió mi hijo del de al lado y no el compañero de él?", preguntaba. Y el profesor le respondía: "Porque tiene todas las preguntas igual pero en la última su compañero pone 'no lo sé' y su hijo 'yo tampoco".
Pues bueno, cuando ya este pariente era muy mayor fuimos a verlo a la residencia de ancianos mi abuelo, mi primo Nacho Durbán -a quien adoraba- y un servidor. Lo encontramos ya cascadillo, pero aún con buen humor, coqueteando con las enfermeras y pidiendo desesperado un cigarro, porque allí estaba prohibido fumar. La visita fue entretenida, pero ya nos íbamos a ir y mi abuelo, mi primo y yo nos sentíamos muy decepcionados. Quizá fuera lo última vez que viéramos a aquel hombre y no se arrancaba a contarnos el cuento que nos había fastidiado escuchar tantas veces.
Ya nos habíamos resignado cuando de pronto, ya en la despedida, nuestro pariente levantó la cabeza y escuchamos aquella frase que usaba como gancho de sus intervenciones más plomizas: "Esperen, que les voy a contar un chiste finísimo...". Nos quedamos paralizados. ¿Sería posible? Y sí, era posible. Cantó la cigarra, se abrieron los cielos, y el tipo empezó a contar el chiste del alumno suspendido. Mi abuelo nunca me lanzó una sonrisa tan cómplice como en aquel instante, mezcla de "misión cumplida" y de "ahora ya me puedo morir tranquilo". En mi primo ni me fijé. Si se hubieran cruzado nuestras miradas nos hubiéramos partido de risa antes que se acabara el chiste. Desde aquel día digo, en honor de la gente muy pesada, que una historia contada cien veces es un coñazo, pero cuando se cuenta mil puede convertirse en entrañable.
Pues fíjate que hay una frase, o mejor tres, que escucho cada semana aquí en el DF y están ganado puntos para formar parte de esa fonoteca de expresiones entrañables. Cada sábado voy a llevar la colada a lavandería y según pongo la ropa en la báscula la encargada muy seria toma un formulario y me pregunta siempre lo mismo: "¿Me recuerda su nombre?". Luego me dice cuánto es (eso sí varía cada vez, porque está en función del peso de la colada) y me lanza su segunda frase infalible: "Va a pagar ahorita o en la tarde". Por último, como despedida, me suelta un jovial "que esté muy bien". Jamás, pudo jurarlo, ha cambiado esta buena mujer una coma de su guion. Y tengo que decir que me sentiré muy defraudado si algún día -y va tocando porque llevo aquí año y medio- se aprende de una vez mi nombre y me quedo sin escuchar el primer movimiento de su repetitiva sinfonía de frases previsibles.
Y miren por dónde, se me acaba de ocurrir una idea divertida. ¿Se acuerdan de Atrapado en el tiempo, aquella extraordinaria comedia de Bill Murray y Andie McDowell que en otros países se llamó El día de la marmota? El tipo se despertaba siempre el mismo día y ya se sabía de memoria lo que iba a pasar, algo que en principio puede resultar un planazo, pero que a la larga acaba desesperando a un santo. Pues miren, voy a buscar al amigo o amiga más crédulo que tenga aquí en el DF, voy a quedar con él cerca de la lavandería y le voy a tratar de convencer, con expresión desesperada, de que me está pasando lo mismo que a Bill Murray. ¿Que no se lo cree? Pues ya verá. Voy a entrar en la lavandería y la señora me va a recibir con un "me recuerda su nombre". Luego me va a preguntar si quiero pagar después o ahorita. Y para concluir me va a despedir con un amable "que esté muy bien". ¿Picará alguien con esta historia? Yo no me la creería. Pero saldría del local bastante mosqueado.
PS: Puesfijate no es muy partidario de la cámara oculta. Pero en este caso he decidido incluir un documento grabado de forma clandestina para demostrar la veracidad de la historia.
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lunes, 13 de mayo de 2013
La lavandería de la marmota
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lunes, 22 de abril de 2013
Dos misterios de la economía mexicana
Cuando hice las pruebas para hacer el máster de periodismo de El País, hace ya 17 años, me preguntaron sobre qué haría en ese momento un reportaje. Recuerdo
la respuesta, pero me da tanta vergüenza ajena que no la voy a transcribir
aquí. Luego he participado en las pruebas de selección de alumnos de las
siguientes promociones y la pregunta se sigue haciendo. Tengo claro que vetaría
a los que dieran una contestación como la mía, aunque también digo dos cosas en
mi defensa: hay respuestas mucho más bochornosas y yo tampoco he resultado tan
mal, creo.
Pues bueno, el otro día andaba pensando qué reportajes haría
yo sobre México y se me ocurrieron tres que seguramente nunca haré, porque me
parecen de complejísima ejecución y más propios de un libro
de curiosidades, tipo el mítico Sucesos de Isaac Asimov, que de un periódico. Uno de ellos ya
lo enuncié aquí el otro día: ¿Por qué en el DF llueve siempre de la mismamanera? (que tanto me gusta, por cierto). Los otros dos son de índole económica
y puede incluso estar relacionados. Ahí van: ¿por qué nadie tiene nunca
cambio? y ¿cómo es posible que todo lo que venden en el metro valga diez pesos?
Ahora que los releo me parece que suenan a preguntas de esas
que hacen los niños cuando empiezan a explicarse el mundo, tipo ¿significa algo
que mi dedo índice encaje exactamente en el agujero de mi nariz? Pero no lo
duden, en las preguntas infantiles, no contaminadas aún el retorcimiento de la
edad adulta, se encierra probablemente la verdad del sentido del universo y
quizá sean los únicos enigmas que merece la pena desentrañar.
Después de esta reivindicación un tanto demagógica de la
infancia, prosigo. Lo de la falta de cambio en México creo que forma parte de
esas tradiciones entrañables que llevaron a Carlos Monsiváis a decir que Kafka aquí sería un escritor costumbrista. Uno pilla un taxi para una carrera que
previsiblemente va a costar 70 pesos y cuando llega al destino con frecuencia
el taxista no tiene cambio para un billete de cien, pese a que dar 30 pesos de
vuelto era algo que entraba dentro de lo totalmente previsible. Pero no, el
hombre se te queda mirando con un gesto mezcla de contrariedad, porque a los
mexicanos no les gusta defraudar al prójimo, e impotencia, como de “qué me hace
usted”… Para que me entiendan los españoles: la misma que te pondría el tipo del
kiosko si fueras a pagar un chicle con un billete de 50 euros.
Lo de la venta ambulante en el metro es sin duda una de las
cosas que más llama la atención a los visitantes, al menos a mí y a mis padres,
que forman el pequeño universo de muestreo en el que baso esta afirmación.
Ordenadamente, en cada estación se sube un vendedor que ofrece a grito pelado
un producto que infaliblemente vale 10 pesos. No sé si me sorprende más la
variedad de la oferta –chicles, cds con toda la discografía de los Beatles,
cortadores de uñas, unas barras que parecen turrón, vídeos donde se explica la
verdadera conspiración detrás del 11-S, libretos con el nuevo código penal - o
el hecho de que, por muy bizarra que sea la mercancía, consigan compradores en
casi todos los vagones.
Otro aspecto muy curioso de este comercio subterráneo es la
letanía que recitan los vendedores, siempre la misma, entonada con soniquete de
los antiguos pregoneros de pueblo que empieza diciendo “señores usuarios, en
esta ocasión les traigo a la venta…” y concluye con un “diez pesos le vale,
diez pesos le cuesta”, sin duda un guiño machadiano sobre aquel
verso de “todo necio confunde valor y precio”. No sé quién inventó la cantinela
pero ha pegado duro, sin duda es el hit chilango que más suena en la ciudad,
por delante de Las Mañanitas y de cualquier otra canción que se les ocurra. Si
hubiera, que habrá, un Pulitzer o algo parecido de márketing ese eslogan sería
buen candidato por extendido, pegadizo y eficaz.
Pero no desviemos el tiro. A mí lo que me sorprende de
verdad es que todo cueste diez pesos. Ya sé que en España había en tiempos
tiendas de Todo a Cien, que luego se convirtieron en Todo a un Euro, aunque en
realidad el precio luego se matizaba a “todo desde un euro”. Pero la oferta era
mucho menos variada, no incluía comida, ni textos legales, ni música o cine
pirateados. Y hay otro extremo que también me intriga. Aquí hay inflación, aunque
no mucha. Pero por lo que me cuentan mis amigos chilangos las cosas ya valían
diez pesos hace años. Y entonces se abren dos posibilidades. Una, que los
vendedores cada año pierdan un poquito de margen en las transacciones. Y dos,
que la mercancía sea cada vez más cutrilla: que la barra de turrón mida dos
milímetros menos que el año pasado, o que las tijeras corten un poquito peor.
Me quedo con la primera aunque dará igual que pasen 20 años porque supongo que los objetos serán tan baratos en origen que el margen seguirá siendo estratosférico y lo de los diez pesos no es sino una convención para hacer más fáciles las transacciones. O sea, que si hubiera una devaluación y el peso pasara a valer la mitad, la infalible fórmula de todo a diez pesos perviviría, flotando triunfadora sobre cualquier turbulencia económica.
Y ahora que escribo estas líneas se me ocurre una idea
genial que podría explicar simultáneamente los dos enigmas de los que hablo en
este post: ¿No será que todas esas monedas que le faltan al taxista para darme
el cambio están atrapadas en el subsuelo engrasando esa maquinaria perfecta,
eterna e imbatible de la economía de los diez pesos? Ahí lo dejo por si un
redactor joven, con agallas y energía quiere hacer el reportaje.
sábado, 1 de septiembre de 2012
Colibrito se pone las botas
Mi buena amiga Elena León -lectora de Puesfijate en los tiempos en que se actualizaba como dios manda- dice siempre que para ella el año empieza en septiembre. Que ése es el momento para hacer balance, buenos propósitos y tomar decisiones. A lo mejor lo piensa porque ha sido estudiante hasta hace poco (¿o lo sigue siendo?) y es verdad que cuando éramos alumnos la fecha clave era el inicio del curso. Da igual, la cosa es que le he hecho caso y después de siete meses de trabajo muy duro para arrancar nuestro proyecto mexicano he tomado este 1 de septiembre como referencia para cambiar algunas cosas. Una, hacer deporte. Dos, salvo obligación profesional, escribir las cosas que me apetezcan. Tres, retomar este blog. Cuatro, tocar más el piano (me compré uno eléctrico en España y pretendo retomar las clases con mi querido Óscar, por Skype). Cinco, ser mejor persona, que el mundo está muy necesitado de bondad. Y seguro que hay más cosas, pero ahora no me acuerdo.
Así que hoy tocaba volver a escribir aquí. Pero después de dos meses y medio de inactividad tengo miedo a las agujetas y escribiré algo sencillito. Un post para contarles como va una historia de la que les hablé hace unos meses: mi relación con el colibrí (bautizado como Colibrito, aunque no sé si es macho o hembra, no tengo tanta vista) que da vueltas y vueltas alrededor de mi piso en el DF. Pues bueno, les cuento que nuestra amistad ha dado un paso más. Que ahora no nos limitamos a mirarnos. Que me visita varias con frecuencia y que he logrado que la ventana de mi cocina se convierta en uno de sus lugares favoritos. Y que, aunque les resulte un poco pueril, me hace bastante compañía.
Yo empecé el acercamiento. La Condesa, el barrio donde vivo, sede de las escuelas caninas de las que les hablé, ama a los animales. Y en sus tiendas para mascotas encontré un artefacto insólito: un bebedero para colibríes. Lo compré, bastante escéptico, junto a una botella de un néctar que supuestamente les encanta a estos pajaritos. Al principio no venía. Comprobé que el néctar estaba caducado hacía un mes -¿sería tan exquisito el condenado?- le compré otro envase... y finalmente, una mañana, lo sorprendí bebiendo del pesebre colgante ese. Desde entonces no ha hecho más que coger confianza. Viene a cualquier hora batiendo las alas como un helicóptero (hay que verlo al natural, los fotogramas de vídeo no captan la velocidad), mete el piquillo por el agujero y ¡venga a ponerse las botas! Si me muevo, sale volando, pero cada vez se asusta menos. Hasta lo veo más gordo.
Un amigo, que me debe ver un poco solo, me preguntó ayer que por qué no me compraba un gato. ¡Pero qué tendrá el colibrí que envidiar a otras mascotas! No araña. No mancha. No hace caca dentro de casa. No hace ruido. No me da alergia su pelo. No es previsible: uno más o menos sabe dónde está su gato o su perro, encima del sofá, debajo de la cama. Lo llamas y viene. Pero yo no sé nunca cuándo va a aparecer el colibrí. A veces pasan dos o tres días y no lo veo. Y me preocupo. De pronto me olvido. Estoy preparándome el café de la mañana y entre legañas lo veo llegar. Y aunque suene muy infantil, esa alegría inesperada que trae en su vuelo me deja sonriente un rato.
martes, 6 de marzo de 2012
Mi amigo el colibrí
Aquí sigo, en México DF, abriendo mucho los ojos para no perderme nada. Me prodigo poco en el blog pero mi excusa es que tengo que escribir para el periódico (o para la web que es lo mismo): la última ha sido una entrevista a un personaje curioso: Alfredo Elías Calles, nieto de Plutarco Elías Calles, líder de la revolución mexicana y contructor de las instituciones del país.Don Plutarco es un personaje controvertido: unos lo ven como el héroe que dio estabilidad política a México durante 70 años y otros como un tipo con demasiado apego al poder que creó una dictadura de partido. Pues bien, Alfredo ha escrito la vida de su abuelo, según dice inspirada por él, a modo de autobiografía desde el más allá. Si quieren saber más del asunto pueden leer aquí el artículo, y si les interesa mucho, mucho, el libro directamente. Yo he aprendido mucha historia leyéndolo, aunque hay que recordar que es el testimonio parcial de un nieto que defiende a su abuelo.
Pero hoy vamos a hablar de otra cosa: de un personaje al que he tomado mucho cariño en poco tiempo. Verán, aunque estoy viviendo una oportunidad estupenda, conociendo un nuevo país, a gente interesante y todas esas cosas no les voy a negar que a ratos me siento un poco solo. Sólo un poco, pero lo justo para echar de menos a tantos seres queridos como tengo al otro lado del Atlántico. Por eso agradezco tanto las llamadas y los mensajes y por eso estaré muy feliz de recibir visitas cuando se produzcan.
Y fíjate que una visita inesperada, pero sumamente grata, es la que hace casi a diario a mis ventanas -del salón a la cocina, dando vueltas a la casa- un pequeño colibrí de plumas muy brillantes. Aparece a cualquier hora, revolotea un poco alrededor del edificio y desparece. No sé si es macho o hembra, ni sé como saberlo, ni siquiera sé si los colibríes tienen sexo o género, o como se diga ahora, aunque supongo que sí. Tampoco le he puesto nombre. Pero sí sé que espero su llegada con cierta ilusión y que me gusta que acompañe durante el desayuno, tanto como me gustaba irme de paseo con el perro Kukín.
Alguno supondrá que se me ha ido la mano con el tequila, pero no. Estoy tomando cierta afición a esa bebida -que por cierto se bebe de pequeños sorbos y no de trago- pero no como para andar ya delirando. Quizá en Madrid, con tanto trabajo, llamadas, vida social, más llamadas, más trabajo, más vida social, no había tenido tiempo o serenidad para fijarme en minucias como esta, en un pajarito que frecuenta una ventana. De hecho, cuando veía uno me acordaba de que, como presidente de la comunidad, tenía una llamada pendiente a una empresa para fumigar a las palomas.
A este espero que no lo fumigue nadie. Es tímido. Intento que se acerque más pero no se decide. Los primeros días le dejé trocitos de pan pero luego comprendí que no le cabían por la trompa esa que tiene. Luego mi amiga Ángela me sugirió desde Colombia que le pusiera agua con azúcar, que por lo visto les encanta. Tampoco bebió, pero a cambio se me llenó la ventana de hormigas.
Creo que la siguiente estrategia para intentar que se aproxime más será ponerle música clásica. Alguno pensará que con todas la cosas que tengo que hacer por aquí semejante distracción es una pérdida de tiempo. Pero cada vez pienso más que perder el tiempo es precisamente lo que hacemos cuando no aprovechamos los momentos como este. Los ratos en los que serenamente disfrutamos con la compañía de un buen amigo.
lunes, 6 de febrero de 2012
Trosky, calles, prejuicios y tarjetas de crédito
Llevo una temporada sin escribir pero no se crean que es porque no me pasan cosas, me pasan muchas y casi todas buenas. Resulta que en los últimos 15 días he vivido en tres sitios distintos y con tanto ajetreo no he tenido un rato tranquilo para sentarme a escribir boberías. Ahora, tranquilamente instalado en el sofá del departamento que he alquilado por seis meses les cuento dos o tres cositas que me han llamado la atención estos días y que me parecen simpáticas.Les decía en el post anterior que les explicaría qué lógica ordena la siguiente serie de números 426-590-400-572-382-378-374-532 y les pedía además que no intentaran desentrañarla para que no se rompieran la cabeza. Y es que este enigma no lo resuelve ni mi amigo Adolfo Quirós, portavoz de la Real Sociedad Matemática Española. Y no lo resuelve porque no es un problema de lógica ni de matemáticas, es un problema de que en este país tan maravilloso hay algunas cosas inexplicables como que los números de los portales en algunas calles cambian, saltan, suben de golpe o vuelven para atrás.
La serie de números que les señalaba son los que uno se encuentra en la calle Río Churubusco, en el barrio de Coyoacán, para llegar al número 410, que es donde se ubica la casa museo de León Trosky. Un sitio interesantísimo por cierto, donde el revolucionario ruso pasó los últimos años de su vida escribiendo, dando de comer a las gallinas y esquivando balazos que se quedaron marcados en la pared de su habitación. Lo que no pudo esquivar, y le costó la vida, fue el golpe de piolet que le propinó Ramón Mercader, el espía estalinista que se había ligado a su secretaria para ganarse su confianza.
Un historia fascinante, sí, pero si les parece hablaremos de ella otro día porque hoy estábamos comentando lo difícil que resulta orientarse en algunas -solo algunas, no exageremos- calles de esta ciudad donde los números no parecen seguir ninguna pauta razonable. Y hay otra circunstancia que enreda aún más ese lío. Que mis amigos mexicanos me corrijan: me da la impresión de que a la gente de aquí, de tan amables que son, les cuesta mucho decir que no. Y cuando preguntas por una calle hay gente que prefiere mandarte para cualquier sitio que reconocer que no puede ayudarte. Me lo dijo el primer día el corresponsal de EL PAÍS, Luis Prados, y lo he comprobado: "No te fíes. Si alguien te dice que tal dirección está hacia allá, cuando des 20 pasos vuelve a preguntar".
Pero supongamos ahora que los números de una calle están bien puestos. Y que nuestro informante sabe exactamente a donde nos tiene que dirigir. Pues aún así hay peligro de acabar muy lejos de donde nos proponíamos llegar. Y es que he descubierto que hay alguna calle que se llaman de una manera en la acera (aquí dicen banqueta) de la izquierda y de otra en la de la derecha. Vean este vídeo (el de arriba) que he tomado en la calle Tenancingo... bueno, como ven, Tenancingo o Marta Alpizar, según la banqueta que tome uno. Sí, quizá sea una broma de los amigos de la tal Marta pero los carteles están ahí y seguro que han confundido a más de uno.
Pero para que no sea todo meterme con esta ciudad que me está tratando tan bien les voy a contar una anécdota que demuestra qué injustos son los prejuicios y cómo a veces tenemos miedo de unas cosas mientras descuidamos otras.
Me fui hace unos días a sacar dinero en un banco de una calle céntrica, en uno de esos cubículos de cristal en los que hay dos cajeros automáticos juntos. Yo me puse en uno y observé inquieto que en el de al lado había dos señoras que me parecieron un tanto siniestras. Fuera, apoyados en un coche, les estaban esperando dos tipos que tampoco me gustaron nada. Saqué el dinero un tanto apresuradamente, salí sin mirar demasiado a los sujetos y me encaminé hacia el metro.
De pronto escuché unos gritos a mi espalda. Las dos señoras venían corriendo hacia mí y yo no sabía si correr también o esperar a que aparecieran también los señores de aspecto amenazante y entre los cuatro me asaltaran. Pero no, oiga. Las señoras traían mi tarjeta en la mano: me la había dejado olvidada en el cajero. Y es que aquí uno tiene miedo de que lo atraquen a la salida del banco, y es verdad que hay que tener cuidado, como hay que tenerlo en Madrid. Pero olvida que los cajeros mexicanos, por lo que he visto, son distintos de los españoles: primero te dan el dinero y luego la visa. Y así si te despistas es muy fácil olvidarte la segunda.
Hasta la próxima.
Foto: Toner (Flickr)
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