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jueves, 7 de octubre de 2010

Por qué me cae bien Vargas Llosa


Hoy le han dado el Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa, la noticia más inesperadamente esperada que recuerdo. Llevamos los 13 años que hago en enero en el periódico preparándonos para este momento, anticipando coberturas especiales, falsas aperturas, documentación variada... y el día en que se produce nos quedamos boquiabiertos. Fue el sueco decir "Magio Vagas Llosa", fue repetirlo un servidor y quedarnos paralizados durante un minuto los siete u ocho que estábamos en la mesa central del digital. Era tan creíble que no nos lo podíamos creer. Luego reaccionamos y creo que la cobertura ha quedado estupenda. Vargas Llosa escribe en nuestro diario y le hemos hecho el mejor homenaje que se ha visto hoy en la web mundial.

Y ahora paso del autobombo colectivo al individual. He tenido la suerte de tratar en cuatro o cinco ocasiones con Vargas Llosa y he escrito para Eskup, la red social de EL PAÍS, 15 mensajitos -como máximo admite 280 caracteres- contando algunas anécdotas que viví con el escritor. Enlazaría a mi Eskup, pero si escribo algo después, se va a perder este relato, así que los copio para ustedes. Perdonen la redacción, pero es difícil ajustarse a una métrica tan estricta.

1. Sobre Vargas Llosa. He tenido la suerte de tratar a Mario Vargas Llosa varias veces y en circunstancias variopintas. Así que he recopilado un pequeño anecdotario personal sobre el Nobel. Atentos, que empiezo con las historias.

2. Conversación en la catedral. Conocí a Vargas Llosa en la catedral de Burgos. Él paseaba con su mujer y mientras admiraba el templo decía "es deslumbrante". Como buen mitómano me acerqué y le dije que me gustaban mucho sus libros. Me atendió con su amabilidad habitual...

3. La lata de gasolina... [habitual porque luego lo he comprobado], me dio las gracias y para mi sorpresa, empezó a contarme que se le había estropeado el coche en una carretera de Burgos y había tenido que ir andando por el arcén unos kilómetros hasta la gasolinera más cercana..

4. Juan Cruz, el ominpresente. Como vi que el hombre me hablaba con confianza le comenté que era pariente de Juan Cruz, entonces su editor. Mario y Patricia estallaron en una carcajada. "A donde no llega Juan Cruz manda un emisario", sentenció el escritor.

5. Cocido en Lardhy. La siguiente vez que coincidí con Vargas Llosa tiene fecha: 12 de marzo de 2000. Ese día, el mismo en que Aznar logró la mayoría absoluta, me colé a comer un cocido en Lardhy con el escritor. También estaba su hijo, Álvaro...

6. Un apoyo razonado. Vargas Llosa estaba muy contento por el inminente triunfo del PP, partido al que había apoyado. Defendía a Aznar pero no como un hooligan, sino de una manera razonable: apelando a los logros económicos del entonces ministro, Rodrigo Rato. Casi me convence...

7. A buscarlo al aeropuerto. Otra vez me tocó ir a buscarlo a Barajas. Limpié mi viejo Polo, normalmente impresentable, y me dispuse a recogerlo. A úlima hora la editorial pensó, con buen criterio, que merecía un mejor recibimiento y acabé acompañando a un chófer en un Mercedes...

8. Un tipo sencillo. Sinceramente, creo que no le hubiera importado un pito viajar en mi coche. Me da la impresión de que es un tipo muy sencillo en un mundo de egos desorbitados. Y si no lo es, lo disimula muy bien, lo cual es síntoma de una gran inteligencia...

9 ...y un tipo que escucha. Pero lo que más me ha admirado de él las cuatro o cinco veces que le he tratado es que te escucha. Le cuentes lo que le cuentes y seas quien seas, te escucha. O al menos, lo finge, lo cual es de agradecer.

10. Volvemos a Barajas. Bueno, total, que fui con el chófer al aeropuerto y luego no cabían todas las maletas que traían él y su mujer en el coche. Así que Patricia se fue en el Mercedes y yo cogí un taxi con Mario. ¿De qué se habla en un taxi con Vargas Llosa?...

11. En el taxi... pues por ejemplo, de fútbol, tema universal e inagotable. Algunos escritores, incluso los Nobel, tienen las mismas pasiones y aficiones que la gente corriente, aunque sus ideas suelen ser más interesantes. Ese día jugaban, casualmente, el Madrid y el Barça...

12. Al Bernabéu. "No puede ser un mal partido", dijo Mario. Y se equivocó a medias, porque fue regular. Tuvimos la suerte de comprobarlo en el campo, con dos entradas que nos dio Alfaguara, a la que nunca agradecerá lo bastante ese detalle. Así que nos fuimos para el campo...

13. Vuelta al campo... aún conmocionado porque ETA acababa de explotar un coche bomba allí. Nos equivocamos de puerta y tuvimos que dar la vuelta al estadio. Me puso la mano en el hombro y dijo: "tú me guías". Y así yo abría camino y él iba respondiendo a quienes le saludaban...

14. "Don Pedro Vargas". El último obstáculo antes de llegar al asiento era un tipo de una televisión local que le acercó la alcachofa y dijo "¡Don Pedro Vargas Llosa!". "Debe ser mi hermano", le respondió Mario, "a la salida le cuento algo". Y es que el partido había empezado...

15. Y gol de Raúl... y llegamos justo para ver un golazo de Raúl. El Madrid, eran otros tiempos, se clasificó para la final de Champions pero no pude averiguar si Mario iba con los blancos o con el Barça. Basta de rollos y resumo con lo que ya dije: un Nobel sencillo que te escucha.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Larsson, en el armario

En Puesfijate no podíamos ser ajenos al fenómeno Larsson, la trilogía póstuma del escritor sueco que se ha leído todo el mundo este verano. Yo me he leído sólo el primer volumen y tengo que decir que hacía tiempo que no me enganchaba tanto un libro. Viniendo en autobús de Burgos una noche me pusieron en el asiento de detrás del conductor, el único de todo el vehículo que no tiene lamparita propia para no deslumbrar al chófer. Así que me pasé el viaje leyendo las aventuras de Lisbeth Salander a la luz del teléfono móvil, que llegó naturalmente sin batería a Madrid.

Algunos se preguntarán ¿es para tanto?. Y yo contesto: sí. Larsson no es el mejor escritor de la historia, ni mucho menos pero desde luego entretiene muchísimo, y por eso pasará la moda pero pervivirá su literatura, como dice Mario Vargas Llosa en un artículo muy comentado y enviado por los lectores de ELPAÍS.com. La misma opinión tiene un amigo mío, que no podía esperar a que saliera la tercera parte en español, se lo compró en francés. Si la gente devora 2.000 páginas en un verano es porque les gusta lo que leen, no creo que sea una adoración impostada. Para eso queda uno mejor fingiendo que le gusta leer a Proust o a Joyce, autores muchísimo más sutiles, difíciles y por tanto minoritarios.

Muchos de los devotos de este escritor sueco se habrán quedado desconsolados al terminar la trilogía. Ya está, eso era todo. Ya nunca leeré nada más de Larsson, habrán pensado. A esperar la siguiente novedad editorial. ¿Novedad? Quizá harían bien en rebuscar en sus estanterías y darle una oportunidad a alguna novela clásica que lleve allí acumulando polvo varias décadas y que son tan novedosas, para quien no las haya leído, como el último best seller. ¿Quién se lo ha leído todo? Cada año salen a las librerías cuatro o cinco libros -o quizá uno o ninguno- que nos deslumbran. Pero seguro que tenemos en casa una decena de ellos o más que nos encantarían a los que no prestamos atención sencillamente porque no son actuales.

Yo este verano además de leer a Larsson he sacado del armario Grandes Esperanzas, de Charles Dickens. Pedazo de novela. Me pasó igual con Secuestrado de Robert Louis Stevenson o Zalacaín el aventurero, de Baroja. Háganme caso, seguro que tienen una decena de tesoros inéditos en casa. Y ya que hablamos de Dickens: yo pensaba que era un escritor triste. Pero no. Cuenta cosas tristísimas pero uno cierra sus libros más alegre de lo que los empezó. Porque el bien siempre vence. Y porque tiene un extraordinario sentido del humor, el arma que puede vencer cualquier desánimo.

domingo, 23 de septiembre de 2007

¿De qué van a vivir los escritores?

Hace unos meses hablábamos aquí del deseo de Leon Tolstoi de renunciar a los derechos de sus obras. Quería eliminar todas las restricciones para que su obra llegara al mayor número de personas posible.

Naturalmente, cualquiera puede renunciar a sus derechos de autor, aunque le cause un disgusto con su mujer como a Don León. El problema se planteará si el desarrollo de la tecnología, en concreto el del papel electrónico, acaba poniendo contra las cuerdas a quienes quieran seguir cobrando por sus obras. La hipótesis es poco probable a corto plazo: a casi nadie le gustaría leer Guerra y Paz en un ordenador. Pero si se desarrollan pantallas cada vez más planas, flexibles, como hojas imitando a un libro quizá más gente empiece a bajarse novelas con el e-mule, igual que ahora se bajan música. Un fenómeno imparable, nos guste o no.

Si esa posiblidad se hace real ¿De qué van a vivir los escritores? Mario Vargas Llosa da una pista en su Piedra de Toque de hoy en EL PAÍS (lo siento, creo que es de pago). Relata el novelista hispano-peruano cómo Charles Dickens, tras alcanzar fama universal con sus novelas, viajó de teatro en teatro para contar a un público entregado esas mismas historias que le habían hecho célebre. Así ganó más dinero que todos sus libros y artículos en toda su vida. Yo no lo veo tan descabellado. ¿No decimos también que la salida de los músicos es dar conciertos ahora que toda su industria se tambalea?