Hace unos meses hablábamos aquí del deseo de Leon Tolstoi de renunciar a los derechos de sus obras. Quería eliminar todas las restricciones para que su obra llegara al mayor número de personas posible. Naturalmente, cualquiera puede renunciar a sus derechos de autor, aunque le cause un disgusto con su mujer como a Don León. El problema se planteará si el desarrollo de la tecnología, en concreto el del papel electrónico, acaba poniendo contra las cuerdas a quienes quieran seguir cobrando por sus obras. La hipótesis es poco probable a corto plazo: a casi nadie le gustaría leer Guerra y Paz en un ordenador. Pero si se desarrollan pantallas cada vez más planas, flexibles, como hojas imitando a un libro quizá más gente empiece a bajarse novelas con el e-mule, igual que ahora se bajan música. Un fenómeno imparable, nos guste o no.
Si esa posiblidad se hace real ¿De qué van a vivir los escritores? Mario Vargas Llosa da una pista en su Piedra de Toque de hoy en EL PAÍS (lo siento, creo que es de pago). Relata el novelista hispano-peruano cómo Charles Dickens, tras alcanzar fama universal con sus novelas, viajó de teatro en teatro para contar a un público entregado esas mismas historias que le habían hecho célebre. Así ganó más dinero que todos sus libros y artículos en toda su vida. Yo no lo veo tan descabellado. ¿No decimos también que la salida de los músicos es dar conciertos ahora que toda su industria se tambalea?

