Se acerca el Mundial, así que en pocos días nos vamos a hinchar de oír himnos nacionales. Muchas de estas melodías nacieron para enardecer a los soldados en la batalla -véase los violentas que son algunas letras, como la de la sobrevaloradísima La Marsellesa- y ahora casi sólo se escuchan en ese sucedáneo incruento de la guerra que es el deporte: al comenzar los partidos de fútbol o al concluir las carreras de coches o motos. Salvo que sea un entusiasta de los desfiles militares estoy seguro de que las últimas 30 veces que ha oído la Marcha Real había una pelota, una moto o una bici por en medio.
Reconozco que me encanta el momento de los himnos previo a los partidos, ya he confesado en otras ocasiones que soy un hortera sentimental sin complejos y no tengo por qué dar más explicaciones. De hecho me he sentido estafado cuando alguna televisión, para ahorrar tiempo de emisión o meter publicidad los ha suprimido impunemente: es como quitar los títulos de crédito de la película a un cinéfilo -algo que también hacen. Aparte del componente sentimentaloide, algunas melodías, como las de Italia, Rusia, Alemania o Reino Unido me parecen particularmente hermosas. El himno francés también, pero ya conté en otra ocasión por qué le tengo manía. El español, reconozcámoslo, es un poco patatero, pero no vamos a renegar de él por eso, que sería como renunciar a nuestra madre si fuera fea. Además, varios cuentan con el aval de ser obra de compositores célebres, como el citado de Alemania -de Haydn- o el de Austria, que lógicamente fue compuesto por Mozart.
La interpretación de los himnos puede parecernos un anacronismo, una horterada o las dos cosas juntas, pero no siempre es una mera formalidad carente de valor para el espectador curioso. Me resulta por ejemplo muy interesante observar la actitud de los jugadores, unos emocionados, otros más bien indiferentes y mascando chicles; comprobar quiénes cantan y quienes no y, desde que se han instalado micrófonos cerca, quiénes lo hacen bien y quiénes lo hacen fatal. Estos momentos patrióticos han generado en ocasiones noticias que se recordarán cuando ya todo el mundo haya olvidado el resultado del partido, como la enorme pitada al himno argentino en la final del Mundial del 90 después de que Maradona pidiera a los italianos del sur que renegaran de su país y apoyaran a la selección sudamericana -por si no se acuerdan, arriba incluyo el vídeo, lean los labios del Pelusa. También fue inolvidable la interpretación del himno de Riego en vez del oficial en una Copa Davis en Australia, ante el estupor de los tenistas españoles -que por supuesto no habían escuchado nunca el himno de la República- y la bronca en la final de Copa del Rey de 2009 que acabó con varias dimisiones en Televisión Española.
Mis compañeros de especiales de ELPAÍS.com han tenido la original idea de incluir en el dossier sobre el Mundial de Suráfrica audios con todos los himnos de las selecciones participantes tal y como se escuchan en el estadio. Tras un repaso rápido concluyo que los que mejor cantan en masa son los holandeses -aunque su himno, Wilhemus, el más antiguo del mundo y dedicado a Guillermo de Orange sea un alegato contra los españoles- y los que más desafinan son los ingleses, quizá por el calentamiento previo que hacen en las cervecerías de los alrededores del estadio.
Más allá de estas músicas patrióticas, el otro día debatía conmigo mismo si el hecho de organizar un Mundial de fútbol por países no sería en sí mismo un anacronismo. Pero es que no se me ocurre otra solución. Partimos de que el deporte es competición y para competir en este caso en fútbol hay que organizarse en equipos que representen a un colectivo determinado. O sea, que no tendría sentido organizar un Mundial con equipos de jugadores formados al azar, sin mayor conexión entre ellos, porque no representarían a nadie. Para enfrentarse por clubes ya existen otras competiciones así que el criterio debería ser otro, por ejemplo por religiones, por nivel de estudios o por ideología política, pero me temo que en ambos casos sería peor que lo que tenemos. Otra idea bizarra sería que compitieran por profesiones: carpinteros contra proxenetas, por ejemplo. ¿Y qué tal por color de pelo o tono de piel? Quizá lo menos estrambótico sería encuadrarse por idiomas maternos, pero tampoco me convence. En las fiestas de pueblo son habituales los partidos de solteros contra casados y de gordos contra flacos pero después de darle muchas vueltas me temo que no hay alternativa a la idea de organizar los Mundiales por estados nacionales. ¿Se les ocurre alguna?
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sábado, 5 de junio de 2010
lunes, 3 de mayo de 2010
Mi penúltimo Mundial
Vivo los mundiales con tremenda pasión. De hecho, creo que el Mundial 82 -y no el 23F- fue el gran momento generacional para los chicos de mi edad: las chicas, siento la incorrección política, estaban muchísimo menos interesadas por el fútbol que ahora. Lo dije en otra ocasión: este evento desgraciado -España hizo el ridículo cuando más debía lucirse- podía habernos convertido en tipos cenizos y amargados como los del 98 por la pérdida de Cuba. Pero un año y pico después otro extraordinario acontecimiento futbolístico nos redimió del pesimismo para siempre: el 21 de diciembre de 1983 España le metió 12 goles a Malta y nos enseñó que los milagros son posibles.Batallitas al margen, he decidido vivir este Mundial de Suráfrica que se avecina con la misma pasión que viví el de Naranjito. Ya me compré la televisión plana, esta semana me ponen el aire acondicionado y en un mes lleno de cervezas la nevera. Y además, estoy coleccionando, como en el 82, la colección de cromos oficial del campeonato. Entonces -cito de memoria- el album sugería como las posibles estrellas del Mundial que se avecinaba a ocho jugadores: Maradona, Rummenigge, el polaco Boniek, Arconada, Kevin Keagan, Blokhin, Zico y Platini. Creo que no apostaba por Paolo Rossi, ya se sabe que la especialidad de los italianos siempre han brillado cuando nadie lo pronosticaba, pero tengo que contrastar esto si algún día encuentro el álbum por casa. Por casa de mis padres, o sea, mi casa.
Un amigo mío dice que es dramático cuando te das cuenta de que casi todos los jugadores de fútbol son ya más jóvenes que tú. Pero que lo realmente deprimente sucederá cuando constatemos que somos mayores que los entrenadores. Y no digamos cuando nos suceda eso con los presidentes. Puesfijate que he estudiado con temor mi nueva colección de cromos y he experimentado cierto alivio al comprobar que aún hay dos tipos que a priori pueden disputar el campeonato -las listas no están cerradas- que me superan en edad. Son dos porteros, el inglés David James, de casi 40 años, y el australiano Mark Schwarzer, de 37, nacido dos meses antes que yo, que soy de diciembre del 72. Luego hay tres a los que saco unos meses, como el mexicano Cuauhtemoc Blanco, de enero del 73, Zanetti o Cannavaro. Así que no soy demasiado viejo para ir a Suráfrica y, apelando a la historia, incluso podría jugar en Brasil 2014: sería aún unos meses más joven que el camerunés Milla, que con 42 disputó el de EE UU 94.
Ya puestos, y como el álbum trae también las características físicas de los jugadores -altura y peso- he confirmado que no estoy demasiado delgado para jugar un Mundial. Hay dos futbolistas, el español Jesús Navas y el brasileño Josue que pesan lo mismo que un servidor, 60 kilos, y son casi calcados en altura, 1,70 (les saco un centímetro). Así que tengo edad, kilos y por supuesto, tamaño -los hay muchísimo más bajitos, empezando por Messi o Silva- para disputar el campeonato. Concedo que, por mi carrera deportiva lo tendría un poco complicado, porque mi máximo logro es haber ganado tres torneos de futbito del Colegio Mayor Deusto hace 15 años, en mi época universitaria. Pero, como dije al principio, el España-Malta nos hizo creer en milagros. Así que, señor Del Bosque, aquí me tiene por si me quiere seleccionar.
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