Puesfijate se ha tomado unos días de vacaciones en Roma, casi tan agradables como los que en su día se tomó Audrey Hepburn en la ciudad italiana. He estado en allí tres veces en los últimos cuatro años y siempre me quedo con más ganas de volver. Porque descubro cosas nuevas y porque me sigue encantando volver a las que ya conocía. Otro día haré una lista de los 10 lugares relativamente desconocidos de Roma que me cautivan, desde el restaurante Sora Margarita hasta la iglesia de Santa María in Via Lata. Pero hoy toca hablar de Urbano.
He hecho este viaje con mis padres, mis tíos Goyo y Marivilli, y con Urbano Fernández. Urbano vive en Busto de Bureba (Burgos), es un buen amigo de la familia y este octubre va a cumplir 85 años. Pese a su edad está hecho un crío y en eso le favorece su tamaño menudo. Nos ha acompañado en todas las excursiones, larguísimos paseos a pie que empezaban a las nueve de la mañana y terminaban a las nueve de la noche. No se ha quejado de nada. Ni de las caminatas interminables, ni de las colas para acceder a los monumentos, ni de la comida, extraña para él, ni del tiempo, ni del tráfico, ni de las minucios que provocan el fastidio del viajero impertinente convencido de que por pagar cuatro perras tiene derecho a que todo salga según su capricho... Al contrario, ha vivido incluso esas pequeñas contrariedades de viaje con la divertida curiosidad del que se sabe afortunado por conocer cosas distintas y maravillosas.
Urbano es una persona irrepetible porque pertenece a una categoría humana que ya casi no se fabrica. Gente cuya manera de ser feliz es dar todo lo que tiene a los demás. Muy hábil para el trabajo manual igual te ayuda a pintar la casa que te arregla el tejado. Nunca cobra por ello. Al revés, pretende que le pagues aceptando una invitación a su bodega, donde te atiborra de vino y de jamón. Y tiene la característica que define, por encima de las demás, a las personas felices: se interesa por todo. Si visita el Foro romano quiere enterarse de quién construyó aquellos monumentos, por qué, cuándo, con que materiales. Y si está en la plaza di Pietra escuchando por primera vez la música de violenchelo que toca una artista callejera se acercará para averiguar cómo funciona el instrumento. Ahora ya lo sabes, amigo. La mano izquierda marca la nota, el arco hace sonar la cuerda. La artista sonríe por la simpatía y espontaneidad de ese señor tan simpático y éste deja caer una moneda.
En la noche del 10 al 11 de septiembre murió atropellado en Busto de Bureba, donde había vivido toda su vida, nuestro perro Kukín. Tenía 14 años muy aprovechados y conservaba una buena salud para su edad aunque en los últimos tiempos flojeaba un poco de las patas traseras y estaba prácticamente sordo.
Éste último defecto nos alarmaba especialmente. Estaba acostumbrado a cruzar las carreteras que separaban su casa de Busto de su residencia de verano en La Laguna. Primero miraba a la izquierda y cruzaba hasta la mitad. Luego a la derecha y cruzaba la otra mitad. Pero ahora temíamos que no oyera el ruido de los motores y un coche se lo llevara por delante. Pensamos incluso en atarlo con una cadena. Pero ni siquiera hoy, que sabemos que quizá esa precaución le hubiera salvado la vida, nos arrepentimos de haberle dejado suelto. Libre vivió toda su vida y libre tenía que morir.
Los llamamos Kukín pero quizá hubiera sido más adecuado llamarlo Moisés, salvado de las aguas. Lo rescató mi prima Marta de morir ahogado cuando el dueño de su madre (la mítica Kuka, que creo sigue viva con 16 años) había decidido deshacerse de él y de todos sus hermanos de camada con un método expeditivo, muy de pueblo, que consiste en meter los cachorros en un saco y sumergirlos en el río. Pero Marta pidió clemencia al menos para una de las crías y así nos hicimos con el perrito. Parecía un tipo simpático pero aquel 12 de agosto de 1994 no podíamos aún imaginar que acabaría por convertirse en un personaje tan entrañable.
La vida de Kukín, digámoslo de antemano, fue envidiable. Hizo siempre lo que le dio la santa gana, animado por un sector de la familia, partidario de concederle todos los caprichos. Si quería subirse al sofá nadie podía disputarle su plaza. Por su cumpleaños recibía un hermoso chuletón que se le servía debidamente asado y condimentado. En las horas de la comida se situaba debajo de la mesa, donde sus partidarios le suministraban trozos de carne o untadillas, pedazos de pan mojados en la yema del huevo frito. Si quería entrar en casa, entraba, si quería salir salía y quería pasar la noche fuera golfeando se escapaba y volvía al día siguiente. O al cabo de un par de días, en cuyo caso recibía una reprimenda siempre cariñosa de mi tío Goyo, que le trataba como al hijo malcriado al que se permite todo.
El Kuko -también le llamábamos así- no tenía enemigos en la familia. Pero es cierto que había un sector crítico, partidario de limitar sus privilegios. De prohibirle el acceso al sofá, por ejemplo. O de impedir su acceso a la mesa a la hora de la comida. El abuelo formaba parte de ese grupo. Por sus profundas convicciones católicas le escandalizaba que se tratara a un chucho como a una persona. Pero Kukín tenía suerte: la abuela estaba de su parte. Y en casa, con mucho, Doña Esperanza mandaba sobre Don Bernardo. Su eslogan "haceros a la idea de que Kukín es uno de vosotros" se convirtió de hecho en argumento de peso esgrimido por los seguidores del perro para perpetuar los mimos.
Algunos cuestionaban que se le dieran todos los caprichos, sí. Pero él no era rencoroso. Lo demostró rescatando al abuelo que con 90 años se había caído al fondo del arroyo al intentar coger una pera del árbol. Con sus ladridos, Kukín alertó a Goyo, que se encontraba en la huerta y que le siguió extrañado por la extraordinaria excitación del perro. Don Bernardo fue rescatado, Doña Esperanza le echó la correspondiente bronca, y desde ese día el perro adquirió para algunos de nosotros la categoría de héroe.
Kukín era muy cariñoso, nos saludaba siempre cuando llegábamos a casa. Incluso cuando volvíamos de verbena a las cinco de la mañana y le despertábamos al encender la luz del salón. Entonces íbamos a la nevera y le cortábamos un pedazo de chorizo que degustaba con placer antes de volver a dormir. Cuando íbamos de paseo se acoplaba a la expedición, e incluso en sus últimos días tomaba la delantera del grupo camino de Soto o de Cascajares. Si alguien llevaba bocadillo, reclamaba con razón su parte del avituallamiento. Y no era tonto. Si le dabas un trozo separaba ceremoniosamente el pan y engullía sólo el salchichón.
Capítulo aparte merece su gusto por viajar en coche. Adquirió el vicio en el Renault 11 de Goyo, un vehículo que parecía diseñado para él. Ponía las patas en los asientos delanteros y cómodamente se dedicaba a mirar el paisaje. Siempre con la lengua fuera. Si durante el trayecto veía a otro perro -Tom el de Mótil, Mastica el de Tomás, Obélix el de Fidel- se arrimaba a la ventana y comenzaba a ladrar como un poseso. Porque el coche era su territorio. Los críticos dirían que montaba un cirio impresentable pero a mí me parecía un espectáculo divertidísimo. Y ahora desgraciadamente irrepetible.
Jubilado el R-11 pasó a disponer de un Audi 4, un vehículo que no se retiró nunca en parte por él. Porque mi tío se compró luego un BMW pero prefirió conservar el viejo coche en parte para seguir montando al perro. El Audi, medio destrozado por dentro por las garras de Kuko y siempre lleno de pelos, estaba en La Laguna para quien quisiera cogerlo. Pero con la condición de que si el perro quería montar en él, tenía derecho a su asiento. Y la verdad es que casi siempre quería.
Así que Kuko tenía dos casas, la de La Laguna y la de Urbano, su dueño durante el invierno, en Busto. O cuatro si contamos la de Mili y la de Aurelio, donde también le daban de comer. También tenía, como se ha dicho, coche. Y durante un tiempo fue el único perro de Busto al que dejaban entrar en el bar. No era un privilegio: también era el único animal que consumía. Pedíamos para nosotros un vino o un corto de cerveza y para él una tapa de aceitunas, que engullía parsimonioso a nuestros pies.
Si hablamos de sus golferías tendremos que especular un poco pues Kuko era discreto y nunca presumió de sus conquistas. Suponemos, pues, que su leyenda de Don Juan está basada en parte en hechos reales y aderezada también con episodios legendarios. Sí sabemos que, pese a su físico discreto de ratonero, Kukín nunca se amilanó a la hora de cortejar hembras. Cuando desaparecía de casa más tiempo de lo normal era señal de que había una perrilla en celo en algún pueblo próximo. Unas veces volvió con señales de mordeduras por todo el cuerpo, cicatrices de sus enfrentamientos con rivales sin duda mucho más grandes. Y otras triunfó en toda regla, como demuestran los muchos perrillos físicamente parecidos a su padre que pueblan la comarca.
El Kuko nos ha abandonado a los 14 años y un mes. Deja muchos amigos, entre los perros con los que rivalizaba por las calles de Busto. Y también entre los seres humanos, muchos de los cuales apreciábamos su lealtad y su inteligencia. Deja también una única hija legítima, que se llama Kuka, como su abuela, y que fue elegida por su amo, Aurelio Escudero, precisamente porque admiraba en Kukín determinadas cualidades que también quería para su mascota. Hasta siempre, compañero, fue un placer. Si Fellini te hubiera conocido habría construido con tu personaje una película estupenda. Nos acordaremos mucho de ti: cuando reclutemos voluntarios para un paseo, al poner en marcha el Audi para bajar al vermut, cuando lleguemos de fiesta por la noche y nadie salga a saludarnos...
Y aunque la despedida quede un poco pedante te decimos adiós con estos versos de la Elegía a la muerte de un perro de Unamuno, donde se dice lo que yo te he querido decir pero mucho mejor expresado:
"Sus ojos mansos no clavará en los míos con la tristeza de faltarle el habla; no lamerá mi mano ni en mi regazo su cabeza fina reposará. Y ahora, ¿en qué sueñas? ¿dónde se fue tu espíritu sumiso? ¿no hay otro mundo en que revivas tú, mi pobre bestia, y encima de los cielos te pasees brincando al lado mío?"
Creo que ya hemos hablado de Kukín en otras ocasiones. Es un perro de 13 años, 14 según otros cálculos, al que tratamos como a uno más de la familia. Tiene coche propio -un Audi A-4 que mi tío se negó a dar de baja para seguir paseándolo- ocupa plaza de persona en el sofá y come al menos tan bien como nosotros. En su cumpleaños es tradicional comprarle un chuletón, que freímos y aderezamos convenientemente con sal, ajo y perejil.
Este fin de semana he estado en el pueblo de mi padre -Busto de Bureba, Burgos- donde vive Kukín. El tipo está ya un poco viejecillo. Ya no golfea como antaño, cuando desaparecía durante días y volvía todo mordido en escaramuzas con perros rivales. En la comarca ha dejado numerosos hijos, que se le parecen mucho y que han heredado su carácter entrañable. Su madre, Kuka, con 16 años, está viva, o al menos lo estaba hasta este verano.
Pues bueno, el sábado el Kukín nos dio un susto. Mientras comíamos en casa de unos amigos del pueblo se arrojó desde la ventana del piso de arriba a la calle. No creo que fuera un intento de suicidio, pese a los achaques dio un paseo con él por la mañana -estupendo, vimos tres corzos pastando casi al lado de casa- y no se mostraba especialmente triste. Por la edad ha perdido también algo de vista y calculó mal el salto, que podría haberle costado un disgusto gordo. En principio parece que sólo tiene un esguince muy doloroso. Mi tío le compró aspirinas -otras veces le hemos dado antibióticos convenientemente dosificados- y hoy le iba a llevar al veterinario.
¿Es ridículo preocuparse tanto por un perro? Pues no. Kukín me saluda siempre con la misma alegría que un viejo amigo, me acompaña en los paseos por el campo y, hasta que perdió el oído, nos avisaba de cualquier peligro en una casa que está a kilómetros de distancia del pueblo más cercano. Es uno más de nosotros, como repetía mi abuela. Ahora que es viejo, debemos cuidar de él. Creo que las sociedades más avanzadas se caracterizan por proteger a los débiles. Y eso incluye a los animales. Kukín, colega, que te mejores. El próximo 12 de julio te está esperando otro chuletón.
Mi abuela lo repitió hasta el último día antes de morir: "Haceros a la idea de que Kukin es uno de vosotros". Y se quedó corta. Nuestro perro ocupa plaza de persona en el sofá y hasta tiene coche propio. Cuando mi tío se compró otro vehículo decidió no jubilar su Audi A-4 en parte para seguir paseando al perro, a quien le encanta viajar. Es el único chucho del pueblo que entraba al bar porque consumía: le pagábamos una tapa de aceitunas. El 15 de agosto, el Kuko cumplió 14 años, muy bien llevados como se aprecia por los saltos que da. Y lo celebramos regalándole un chuletón de 800 gramos. Cocinado y con sal, por supuesto. Esta es la escena -felliniana- del acontecimiento.
Retomamos la publicación de este blog con algunas estampas curiosas tomadas durante las vacaciones (que afortunadamente aún no se han acabado). Este árbol lo plantó mi bisabuelo hace ahora 99 años. Supongo que pretendía que diera sombra y almendras. Pero no podía imaginar que fuera a tener esta otra función. En el suelo del jardín no hay cobertura. En la copa, sí.
Hace ahora un año escribió Julio Llamazares un artículo extraordinario sobre el veraneo. Antes, argumentaba el escritor, uno se iba de vacaciones al pueblo. Y era mirado con compasión por quienes tenían la suerte de marcharse a Torremolinos o en Benidorm. Pero con los años los que se iban a la costa descubrieron que su soñado descanso era en realidad una estafa -atascos, aglomeraciones, masificación-, alguien acuñó la expresión "turismo rural", y el mismo agosto de toda la vida en casa de la abuela se convirtió en un destino envidiado, incluso glamuroso.
Pues bien, este verano, como los últimos 35, estoy de turismo rural en Busto de Bureba (Burgos). Un destino de lo más recomendable. Casi como el artículo de Llamazares, de lectura obligatoria para quienes no lo hayan leído. Si quieren me lo comentan.
Un vídeo promocional de Busto de Bureba, el pueblo de mi padre (y del mío, que caray) que emitió el Canal 4 de Burgos (no confundir con Cuatro, a secas) con motivo de la declaración de Parque Natural de los Montes Obarenes. Elegante, para atraer la atención del lector más exigente y discreto, para evitar que se nos llene la sierra de domingueros.
Canario, nacido en Teruel y adoptado por Busto de Bureba. Veterano periodista digital, cantante semiprofesional de karaoke, jugador habilidoso pero blando de fútbol, veterano de la Ruta Quetzal, crapulilla de baja intensidad, incipiente pianista y chilango sobrevenido. 41 años pero bastantes kilómetros.