Después de mucho tiempo sin escribir en este espacio y sin ofrecer a mis sufridos lectores uno de mis inefables conciertos, aquí dejo mi homenaje a dos genios. A Federico Fellini, director de Amarcord (Mis recuerdos), la película de su vida, y por eso su mejor película, y a Nino Rota, autor de la banda sonora que aquí interpreto y de otras tan universales como El Padrino, La dolce vita o El Gatopardo.
Amarcord es una película maravillosa, el En busca del tiempo perdido de Fellini, aunque he constatado que curiosamente gusta muchísimo menos a las mujeres que a los hombres. Tal vez porque sólo un varón puede entender y ser cómplice de las muy íntimas confesiones del director de Rimini. De Nino Rota diré lo que ya he dicho alguna vez: que es uno de los mejores en un género, las bandas sonoras, que ha dejado gran parte de la mejor música del siglo XX.
En cuanto a mi interpretación, mis seguidores constatarán que he mejorado algo pero sigo inseguro y que doy alguna nota falsa: una muy clara casi al final, cuando ya andaba yo confiado. Como siempre, prometo mejorar. Y prometo escribir con algo más de regularidad. El próximo post, ya me comprometo, hablaré de Benarés (India) -ahora Varanasi- de donde volví hace unos días. Un manicomio al aire libre, como me dijo una española que pasa allí medio año. No faltarán en mi relato cadáveres flotantes, gurus del Jainismo, un tráfico de locura y un comerciante llamado Manolito. Les mantendré informados.
viernes, 29 de octubre de 2010
jueves, 7 de octubre de 2010
Por qué me cae bien Vargas Llosa

Hoy le han dado el Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa, la noticia más inesperadamente esperada que recuerdo. Llevamos los 13 años que hago en enero en el periódico preparándonos para este momento, anticipando coberturas especiales, falsas aperturas, documentación variada... y el día en que se produce nos quedamos boquiabiertos. Fue el sueco decir "Magio Vagas Llosa", fue repetirlo un servidor y quedarnos paralizados durante un minuto los siete u ocho que estábamos en la mesa central del digital. Era tan creíble que no nos lo podíamos creer. Luego reaccionamos y creo que la cobertura ha quedado estupenda. Vargas Llosa escribe en nuestro diario y le hemos hecho el mejor homenaje que se ha visto hoy en la web mundial.
Y ahora paso del autobombo colectivo al individual. He tenido la suerte de tratar en cuatro o cinco ocasiones con Vargas Llosa y he escrito para Eskup, la red social de EL PAÍS, 15 mensajitos -como máximo admite 280 caracteres- contando algunas anécdotas que viví con el escritor. Enlazaría a mi Eskup, pero si escribo algo después, se va a perder este relato, así que los copio para ustedes. Perdonen la redacción, pero es difícil ajustarse a una métrica tan estricta.
1. Sobre Vargas Llosa. He tenido la suerte de tratar a Mario Vargas Llosa varias veces y en circunstancias variopintas. Así que he recopilado un pequeño anecdotario personal sobre el Nobel. Atentos, que empiezo con las historias.
2. Conversación en la catedral. Conocí a Vargas Llosa en la catedral de Burgos. Él paseaba con su mujer y mientras admiraba el templo decía "es deslumbrante". Como buen mitómano me acerqué y le dije que me gustaban mucho sus libros. Me atendió con su amabilidad habitual...
3. La lata de gasolina... [habitual porque luego lo he comprobado], me dio las gracias y para mi sorpresa, empezó a contarme que se le había estropeado el coche en una carretera de Burgos y había tenido que ir andando por el arcén unos kilómetros hasta la gasolinera más cercana..
4. Juan Cruz, el ominpresente. Como vi que el hombre me hablaba con confianza le comenté que era pariente de Juan Cruz, entonces su editor. Mario y Patricia estallaron en una carcajada. "A donde no llega Juan Cruz manda un emisario", sentenció el escritor.
5. Cocido en Lardhy. La siguiente vez que coincidí con Vargas Llosa tiene fecha: 12 de marzo de 2000. Ese día, el mismo en que Aznar logró la mayoría absoluta, me colé a comer un cocido en Lardhy con el escritor. También estaba su hijo, Álvaro...
6. Un apoyo razonado. Vargas Llosa estaba muy contento por el inminente triunfo del PP, partido al que había apoyado. Defendía a Aznar pero no como un hooligan, sino de una manera razonable: apelando a los logros económicos del entonces ministro, Rodrigo Rato. Casi me convence...
7. A buscarlo al aeropuerto. Otra vez me tocó ir a buscarlo a Barajas. Limpié mi viejo Polo, normalmente impresentable, y me dispuse a recogerlo. A úlima hora la editorial pensó, con buen criterio, que merecía un mejor recibimiento y acabé acompañando a un chófer en un Mercedes...
8. Un tipo sencillo. Sinceramente, creo que no le hubiera importado un pito viajar en mi coche. Me da la impresión de que es un tipo muy sencillo en un mundo de egos desorbitados. Y si no lo es, lo disimula muy bien, lo cual es síntoma de una gran inteligencia...
9 ...y un tipo que escucha. Pero lo que más me ha admirado de él las cuatro o cinco veces que le he tratado es que te escucha. Le cuentes lo que le cuentes y seas quien seas, te escucha. O al menos, lo finge, lo cual es de agradecer.
10. Volvemos a Barajas. Bueno, total, que fui con el chófer al aeropuerto y luego no cabían todas las maletas que traían él y su mujer en el coche. Así que Patricia se fue en el Mercedes y yo cogí un taxi con Mario. ¿De qué se habla en un taxi con Vargas Llosa?...
11. En el taxi... pues por ejemplo, de fútbol, tema universal e inagotable. Algunos escritores, incluso los Nobel, tienen las mismas pasiones y aficiones que la gente corriente, aunque sus ideas suelen ser más interesantes. Ese día jugaban, casualmente, el Madrid y el Barça...
12. Al Bernabéu. "No puede ser un mal partido", dijo Mario. Y se equivocó a medias, porque fue regular. Tuvimos la suerte de comprobarlo en el campo, con dos entradas que nos dio Alfaguara, a la que nunca agradecerá lo bastante ese detalle. Así que nos fuimos para el campo...
13. Vuelta al campo... aún conmocionado porque ETA acababa de explotar un coche bomba allí. Nos equivocamos de puerta y tuvimos que dar la vuelta al estadio. Me puso la mano en el hombro y dijo: "tú me guías". Y así yo abría camino y él iba respondiendo a quienes le saludaban...
14. "Don Pedro Vargas". El último obstáculo antes de llegar al asiento era un tipo de una televisión local que le acercó la alcachofa y dijo "¡Don Pedro Vargas Llosa!". "Debe ser mi hermano", le respondió Mario, "a la salida le cuento algo". Y es que el partido había empezado...
15. Y gol de Raúl... y llegamos justo para ver un golazo de Raúl. El Madrid, eran otros tiempos, se clasificó para la final de Champions pero no pude averiguar si Mario iba con los blancos o con el Barça. Basta de rollos y resumo con lo que ya dije: un Nobel sencillo que te escucha.
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domingo, 26 de septiembre de 2010
Calor y pobreza
Sigo escribiendo sobre Cartagena de Indias, más de un mes después de mi vuelta. La ciudad, o mejor dicho, lo que se visita de ella es una joya. Floreció esplendorosa porque fue el principal puerto de salida de las riquezas de Suramerica hacia España. Pero su opulencia se secó de golpe a principios del siglo XIX, con la independencia de Colombia. Y fue ese frenazo el que salvó su belleza: de pronto no había dinero para "modernizar" la urbe, que se conservó casi intacta como era en la época colonial. En otros lugares sí pudieron en cambio sustituir los antiguos caserones por viviendas más modernas y perdieron de paso todo el encanto para las generaciones venideras.La zona colonial de Cartagena es pequeña, puede recorrerse entera en pocas horas. A su alrededor se extienden los barrios de San Diego y Getsemaní y la península de Boca Grande, donde se apilan enormes hoteles. Son estas las zonas por donde se mueve el turismo, y donde la seguridad es casi total, algo muy de agradecer en un país como Colombia donde desgraciadamente aún hay altos índices de violencia. Pero es una burbuja muy pequeña en comparación con el tamaño total de la ciudad, cuya área metropolitana tiene una población de 1.245.000 habitantes. Más allá de las murallas de la ciudad se extienden decenas de barrios, la mayoría de los cuales no son demasiado recomendables para los visitantes. En algunos, más alejados, no entra ni la policía: sólo el Ejército.
La culpa de la inseguridad la tiene, claro, la miseria, aunque no solo porque he visto mucha más en India y nadie levantaba la mano para robar ni una manzana. De la resignación india ya hablé hace casi tres años -y probablemente volveré a hablar en unos días- pero hoy hablaremos de la pobreza, sin más. Puesfijate que después de ver algunos pueblitos miserables en los alrededores de Cartagena me quede reflexionando sobre una evidencia. ¿Por qué casi todos los países que se encuentran entre los dos trópicos están atrasados y las naciones desarrolladas están en las zonas templadas del planeta?
Descartemos la explicación de la raza. Hoy gobierna el país más desarrollado del mundo un afroamericano y está demostrado que un negro, un blanco o un indio son genéticamente casi idénticos. Tampoco creo que se deba a la colonización, pero aunque así fuera tendríamos que preguntarnos por qué los países del norte tuvieron más fuerza para sojuzgar a los del sur. Creo que el clima ha tenido mucha más influencia en este fenómeno que cualquier otra variable. En primer lugar, porque con 35 grados y una humedad extrema como tienen en Cartagena apetece mucho menos trabajar que en un ambiente fresco. Pero sobre todo porque en un país cálido necesitamos mucho menos para vivir. No hace falta tener una casa de paredes sólidas, ni un armario bien surtido con ropa de abrigo, ni comer en exceso para acumular calorías. Los hombres que poblaron las zonas frías, en cambio, tuvieron que desarrollar por pura necesidad culturas mucha más productivas.
El argumento, probablemente simplista ya lo sé, es reversible. Hay más pobres en el trópico pero en el fondo son menos miserables que los que viven en los países ricos. Lo dijo Camus en una cita que no he encontrado, pero que avala la buena memoria de mi madre: los mendigos en Argel le daban mucho menos pena que los de París. Allí podían dormir casi al raso, vestirse con cuatro trapos, comer un pez capturado por ellos mismos en la playa... En la capital francesa, en cambio, el frío, y la sociedad que éste ha contribuido a modelar, convierte a los sin techo en seres muchísimo más vulnerables.
No voy a hacer un elogio de la pobreza pero les aseguro que no me importaría volver al trópico sin ninguno de los lujos de que disfruté en mi último viaje. Dormir en una hamaca, comer en los restaurantes de barrio y matar el día con esos pequeños placeres que siguen siendo gratuitos: darme un baño en el mar, tomar el sol, pasear, sentarme en un banco a ver pasar a la gente y jugar al ajedrez en las plazas. Para unos días, sólo para unos días, me parece todo un planazo.
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sábado, 11 de septiembre de 2010
Minutos
Minutos y esta vez no musicales. Pido perdón por mi ausencia de la blogosfera durante exactamente un mes: he estado de vacaciones. Cogiendo fuerzas para el trabajo, aunque ya me he dado cuenta de que todo el descanso del mundo no aguantan 72 horas al ritmo de una redacción. También me han pasado cosas: he pontificado sobre periodismo digital en Cartagena de Indias (Colombia) y he estado a punto de quedarme cojo en el Camino de Santiago. Y sobre todo hay cosas que me han llamado la atención y que espero poder contar en los próximos días en este espacio que tengo tan abandonado.Decía que minutos y esta vez no musicales. Después de pasar ocho días en Cartagena de Indias y dos de ellos impartiendo un curso de periodismo digital supongo que lo suyo sería hablar de los encantos de una de las ciudades más bonitas de América o elucubrar sobre el futuro de la web en plan gurú junior . Pero no, voy a hablar de una de las cosas que más me llamó la atención en Colombia. Por su singularidad, ingenio y omnipresencia: el negocio de los minutos. Pero no se preocupen los amantes de temas sesudos, que no descarto hablar más adelante de las murallas de la ciudad o de Simón Bolívar.
Verán, en Colombia, como en España, hay varias compañías telefónicas. Cada una tiene sus propias tarifas y cada una aplica una táctica común: cobrar a sus clientes un precio mucho más elevado cuando se llama a un móvil abonado a la competencia. Puesfijate que los colombianos han encontrado un método sencillo de burlar este inconveniente. Proliferan por las calles de las ciudades -yo los he visto en Cartagena, pero me juran que están por todo el país- unos sencillos tenderetes callejeros compuestos a menudo por sólo tres elementos -una persona, una silla donde esta se sienta y varios móviles destartalados donde apenas se adivinan los números- y acompañados habitualmente de un cartel que anuncia Minuto Celular o sencillamente Minutos. Los puestos más complejos tienen también una mesita para apoyar los teléfonos con un cajón para los cambios.
El negocio, no se si lo han adivinado, consiste en lo siguiente: si tengo que llamar a un amigo que pertenece a otra empresa, en vez de hacerlo de mi móvil, me acerco a un puesto de minutos y lo hago desde un teléfono de su misma compañía -tienen un aparato de cada una. El tipo me cobrará más de lo que cuesta la llamada -lógico, tiene que ganar algo- pero menos de lo que me valdría hacerla a mí. Pero el negocio es aún más redondo, según me cuenta mi buen amigo y ayudante para todo el periodista del diario Tiempo Jorge Quintero. Resulta que muchos de esos móviles están dados de alta como teléfonos de empresa, para obtener precios más baratos. Y como sus propietarios no pueden justificar tantas líneas distintas, algunos crean compañías ficticias a nombre de indigentes -a los que dan cuatro pesos- y solicitan a través de dichas empresas nuevos números con tarifas económicas. Según leo, otros incluso falsifican identidades.
La actividad fue ilegal hasta 2006, según leo en este exhaustivo artículo donde explican todo mucho mejor que yo. Pero el Gobierno, siempre según esta fuente, decidió autorizarla dado que vivían de ella nada menos 500.000 personas. La cifra que me parece exagerada si pienso que supone más del 1% de los colombianos; pero no me lo parece tanto si evoco la composición de la fauna urbana de Cartagena. Verán, supongo que los minuteros apenas ganan para comer y que quizá estén controlados por las mafias. Pero hoy, agitado por el ritmo delirante de la redacción he pensado que por una temporada me cambiaría por uno de ellos: sentado en mi silla a la sombrita, dejándome llevar por la legendaria placidez del Caribe, con una cerveza Club Colombia en la mano, cotilleando disimuladamente -por qué no- las conversaciones de todo el barrio mientras veo pasar la vida en una esquina de la ciudad más fascinante de América.
PS: Ah, si fuera colombiano y supiera escribir como lo hacen ahí, emprendería la novela de los minutos. La esbozo: sería la reconstrucción de la vida, de las pasiones, intrigas, amores, celos, amistades, odios de un barrio a través de las conversaciones que escucha un minutero a sus clientes. Toda la vida de un vecindario sin salir de su esquina. Ahí dejo la idea por si alguien se anima.
Foto: Celina Massa
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martes, 10 de agosto de 2010
Naranjito: Podría haber sido peor

No voy a volver a glosar el Mundial 82. Ya lo hice hace tres años cuando se cumplieron 25 años del evento, del cual fue mascota Naranjito. Así que si quieren leer el rollo ése que he metido varias veces sobre que aquello fue el acontecimiento que marcó a mi generación, pueden pinchar aquí y leerlo entero. De hecho, les recomiendo que lo lean porque me quedó un post bastante redondo. Pero volvamos a lo que nos ocupa. Puesfijate que uno tiene buena memoria pero no se acuerda de cuándo se eligió como símbolo del Mundial a este machango, como decimos en Canarias. Y sí, lógicamente, su elección fue noticia en junio de 1979 en toda la prensa española. Pero también otras dos caricaturas que quedaron finalistas y que no han pasado a la historia: quedaron como bocetos fallidos, candiatos a la gloria aparcados en las cunetas del diseño.
Aquí tienen, tirando de la hemeroteca de El Mundo Deportivo y gracias a mi ex alumno Pablo Linde, a las dos mascotas a las que derrotó nuestro orondo cítrico. No me dirán que el resultado fue injusto. El tal Brindis, el torerillo de la derecha es simpático aunque, lo siento, se da un aire a aspirante a El Bombero Torero, el espectáculo ése con enanos que devuelve las fiestas de los pueblos a la baja Edad Media, si es que no lo han prohibido todavía. La otra, Toribalón, me gusta más, pero me recuerda a las boas de El Principito después de comerse una pelota de fútbol. Pero, ojo, que estas son las finalistas. ¿Cómo serían las que ni siquieran llegaron a la gran final? He estado buscándolas infructuosamente por Internet. Si las encuentran, les ruego que las difundan. No se queden para ustedes solos un documento de semejante valor histórico.
Fuera bromas, a mí Naranjito me gusta. A lo mejor me pasa como con mi casa, mi pueblo, o mi familia, que de tanto verlos se me han olvidado sus defectos, pero creo que es un diseño que ha ganado con los años. Las tiendas de la calle Fuencarral de Madrid, donde se visten los modernetes que no se han enterado aún de que lo fashion se ha trasladado a otro barrio, se han puesto las botas a vender camisetas con su efigie este verano. Yo tengo una de la talla 9-11 que me deja el ombligo al aire pero una vez me la puse en una fiesta y ligué con la chica más guapa que había allí y en muchas calles a la redonda, lo juro. La tenía en un cajón guardada y después del partido contra Suiza la colgué en la redacción: no volvimos a perder ni un encuentro. Así que como trae suerte ahora la tengo en el salón, encima de la tele.
Pero no se crean que este simpático monigote siempre fue tan popular: cuando fue elegida recibió críticas horribles. Rosa Montero, llegó a decir de ella en un artículo en EL PAÍS que tenía "ecos del franquismo tardío" y que "no es solo feo. Es que representa a una España subdesarrollista y dolorosa que se quiere olvidar". Me encantaría coincidir con la señora Montero un día y recordarle este artículo. Tengo entendido que tiene un gran sentido del humor, así que seguro que coincidía conmigo en que sus argumentos han envejecido mucho peor que la mascota.
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lunes, 2 de agosto de 2010
Grande Gran Canaria
Puesfijate que después de 37 años he visitado Gran Canaria. Perdonen que presuma de viajero intrépido pero es tremendo que uno haya ido antes a conocer el Taj Majal, Abu Simbel, la selva del Podocarpus o Cuenca que la isla que durante 17 años, cuando no había brumas, veía desde mi ventana. O sea, que ha sido como conocer ya de mayor a ese primo de quien tanto hablaba la abuela.Me acercaba yo ese primo con bastante curiosidad. En mi isla, Tenerife, no había oído hablar muy bien de la isla de enfrente. Eso en el mejor de los casos. Porque tenemos un periódico, El Día, que dice en un lugar destacado de su portada -todos los días- y de su página web -todo el rato- que Gran Canaria no tiene bellezas naturales y que su nombre es en realidad Canaria -ver imagen abajo, a la derecha. Y que la otra denominación es engañosa porque es la tercera del archipiélago por extensión. Así que en mi tierra debe haber un montón de gente que piense que enfrente se dedican a engañar a los turistas vendiendo una tierra más grande de la que tienen. Y que los visitantes cuando llegan sufren una doble decepción: al saber que no están en la mayor isla de Canarias -¡Qué fraude, sólo 1.500km2 frente a 2.000 de Tenerife! ¡Que me devuelvan el dinero!- y al no encontrarle atractivo por ningún lado.
Esto que cuento sería un chiste si no fuera porque ese periódico tan bienintencionado no es un diario humorístico, ni un medio marginal. Es el que más vende en mi provincia. También es el que pretende que Canarias adopte el estatus de las islas Comores y se divida en dos, con una isla que siga dependiendo de la metrópoli (Gran Canaria) y seis que formen una república independiente donde el castellano y el bereber sean lenguas oficiales. Así que una de tres: o mucha gente en mi tierra se ha vuelto loca; o son unos cachondos; o son personas de costumbres que compran el mismo periódico de toda la vida aunque diga que Elvis Presley está vivo y tiene un piscolabis en Jinámar.Pero dejemos de lado a El Día, que hoy toca hablar de cosas agradables. Y muy, muy agradable, me pareció Gran Canaria. Las Palmas tiene dos barrios preciosos, Vegueta y Triana que parecen una prolongación a través del atlántico de la zona colonial de ciudades del otro lado del charco como Santo Domingo. La playa de las Canteras me asombró porque, aunque es el escaparate de una urbe gigantesca, mantiene fachada de pueblo de pescadores, con edificios no demasiado altos y razonablemente armónicos en primera línea de costa. Las cumbres tienen unas vistas magníficas y vertiginosas, como la que hay sobre la caldera de Bandama o los miradores frente al roque Nublo, y sorprendentes lagunas de aspecto alpino. Y las dunas del sur comparten con el desierto todo su encanto hipnótico sin ninguna de sus desventajas: no hay serpientes de cascabel y cuando uno se aburre, en vez de morir de sed buscando un oasis, da un paseo y en diez minutos está en la civilización tomando una cerveza.
Además de estos paisajes de postal mi estupenda guía -gracias por todo, Vir, también por la foto que abre este post- me enseñó un puñado de pueblos -Mogán, Agaete, San Mateo, Arucas- con muchísimo encanto para hacer tres cosas que me encantan: pasear por calles bonitas, parar en la esquina más concurrida a tomar un café y fijarme en los personajes locales para cotillear un poco en sus vidas. Cuanto más pintorescas, mejor. Y como guinda, he podido reencontrarme con Dani Bustos, un viejo amigo de la universidad a quien no veía hacía 10 años. ¿Un resumen entonces de esta visita a Gran Canaria? Pues, hablando mal y pronto, que los de El Día no tienen ni puñetera idea. Si no la han visitado aún, denle una oportunidad. Creo que no se arrepentirán.
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lunes, 12 de julio de 2010
Balance del pulpo Paul
Termina el Mundial que más alegrías nos ha dado y nos fijamos en uno de las cuatro referencias que este campeonato dejará fijas en nuestra memoria: el pulpo Paul. Estoy seguro de que los otras tres recuerdos imborrables que nos dejará este torneo serán el gol de Iniesta, las vuvuzelas y el beso de Casillas a Sara Carbonero. Y si no, al tiempo.
Nos centramos pues, en el cefalópodo más famoso del mundo y sus predicciones. Parto de la base lógica de que el animalito no tiene poderes paranormales. Supongo que sí se le puede dirigir para que se coma un mejillón u otro -se me ocurre que tal vez una de las dos tapas esté soldada y le sea imposible abrirla- pero entonces el adivino sería su dueño y podría ganarse mejor la vida apostando en las casas de apuestas por Internet. Otra posibilidad es que, como dicen algunos, el bicho se sienta atraído por la gama de colores que van del rojo al amarillo, como explican aquí. Eso podría explicar que vaticinara el triunfo de Alemania sobre todos los países salvo España y Serbia (tiene rojo en la bandera) y rechazara por ejemplo los botes con las enseñas de Uruguay y Argentina, ambas albicelestes.
Aún así ha tenido cierta suerte porque la casualidad ha querido que los equipos con banderas más chillonas hayan derrotado a los que las tienen más discretas -me hubiera gustado ver un duelo con China. El instinto natural del animal ha hecho el resto. Porque ¿Qué probabiliadd tenía Paul de acertar por pura suerte el vencedor de un duelo? Si fuera suerte pura, sin ninguna influencia de los colores, les aseguro que muy pocas. Hagamos el cálculo.
Alemania ha jugado siete partidos en este Mundial y el cefalópodo ha acertado los siete. Además ha pronosticado con éxito el triunfo de España en la final. En los tres primeros encuentros podían darse tres resultados: victoria de los germanos, de sus rivales o empate -una posibilidad que, por cierto, no sé cómo habría resuelto. Luego sin considerar otras circunstancias el animalito tenía 1/3 de dar en el clavo en cada choque. 1/3x1/3x1/3=1/27. De 27 casos posibles, el pulpo tenía sólo una posibilidad de hacer pleno en la fase de grupos. Pero lo logró.
Para el resto de los partidos -cinco- el bicho tenía 1/2 de acertar: eran duelos a vida o muerte, sin empate posible, que en caso de igualada se hubieran resuelto con prórrogas y penaltis. Así pues tenemos que multiplicar la cifra anterior cinco veces por 1/2. 1/27x1/32=1/864. Una única posibilidad de entre más de 800.
¿Cuál es mi conclusión? Yo creo que el asunto tiene cierto truco. La selección alemana era muy potente y su bandera es muy llamativa. Luego era relativamente probable que ganara muchos partidos y que el pulpo se dirigiera hacia su urna, deshechando la de otros equipos. Quizá incluso el animalito estuviera entrenado para ir a la cajita con la bandera tricolor, aunque no de forma infalible. Cuando se enfrentó a Uruguay, Argentina o Australia, equipos en cuyas enseñas predomina el color azul, el bicho lo tuvo claro: mejor el colorado. Más dudas tendría con Inglaterra, Serbia y sobre todo Ghana, que también tiene el rojo y el amarillo en la bandera. Digamos que con Inglaterra quizá tuvo un 60% de acertar, con Ghana un 50% y con Serbia, que en mi opinión tiene una bandera menos llamativa que Alemania, un 40%.
Luego, en la semifinal y la final, lo tenía fácil: España tiene más rojo que Alemania en su enseña y desde luego, que Holanda, que tiene una franja anaranjada poco convincente. O sea, que si adoptamos la teoría de los colores podemos concluir que Paul tuvo cierta suerte, pero tampoco exagerada. Lo que me extraña en estos tiempos que corren en los que siempre hay un tipo ocioso para hacer un experimento insólito es que nadie haya pillado un pulpo por barba y haya colgado un vídeo en Youtube demostrando o desmintiendo que los cefalópodos van al rojo. Venga, doy la idea, a ver quién es el friki que me la copia.
Nos centramos pues, en el cefalópodo más famoso del mundo y sus predicciones. Parto de la base lógica de que el animalito no tiene poderes paranormales. Supongo que sí se le puede dirigir para que se coma un mejillón u otro -se me ocurre que tal vez una de las dos tapas esté soldada y le sea imposible abrirla- pero entonces el adivino sería su dueño y podría ganarse mejor la vida apostando en las casas de apuestas por Internet. Otra posibilidad es que, como dicen algunos, el bicho se sienta atraído por la gama de colores que van del rojo al amarillo, como explican aquí. Eso podría explicar que vaticinara el triunfo de Alemania sobre todos los países salvo España y Serbia (tiene rojo en la bandera) y rechazara por ejemplo los botes con las enseñas de Uruguay y Argentina, ambas albicelestes.
Aún así ha tenido cierta suerte porque la casualidad ha querido que los equipos con banderas más chillonas hayan derrotado a los que las tienen más discretas -me hubiera gustado ver un duelo con China. El instinto natural del animal ha hecho el resto. Porque ¿Qué probabiliadd tenía Paul de acertar por pura suerte el vencedor de un duelo? Si fuera suerte pura, sin ninguna influencia de los colores, les aseguro que muy pocas. Hagamos el cálculo.
Alemania ha jugado siete partidos en este Mundial y el cefalópodo ha acertado los siete. Además ha pronosticado con éxito el triunfo de España en la final. En los tres primeros encuentros podían darse tres resultados: victoria de los germanos, de sus rivales o empate -una posibilidad que, por cierto, no sé cómo habría resuelto. Luego sin considerar otras circunstancias el animalito tenía 1/3 de dar en el clavo en cada choque. 1/3x1/3x1/3=1/27. De 27 casos posibles, el pulpo tenía sólo una posibilidad de hacer pleno en la fase de grupos. Pero lo logró.
Para el resto de los partidos -cinco- el bicho tenía 1/2 de acertar: eran duelos a vida o muerte, sin empate posible, que en caso de igualada se hubieran resuelto con prórrogas y penaltis. Así pues tenemos que multiplicar la cifra anterior cinco veces por 1/2. 1/27x1/32=1/864. Una única posibilidad de entre más de 800.
¿Cuál es mi conclusión? Yo creo que el asunto tiene cierto truco. La selección alemana era muy potente y su bandera es muy llamativa. Luego era relativamente probable que ganara muchos partidos y que el pulpo se dirigiera hacia su urna, deshechando la de otros equipos. Quizá incluso el animalito estuviera entrenado para ir a la cajita con la bandera tricolor, aunque no de forma infalible. Cuando se enfrentó a Uruguay, Argentina o Australia, equipos en cuyas enseñas predomina el color azul, el bicho lo tuvo claro: mejor el colorado. Más dudas tendría con Inglaterra, Serbia y sobre todo Ghana, que también tiene el rojo y el amarillo en la bandera. Digamos que con Inglaterra quizá tuvo un 60% de acertar, con Ghana un 50% y con Serbia, que en mi opinión tiene una bandera menos llamativa que Alemania, un 40%.
Luego, en la semifinal y la final, lo tenía fácil: España tiene más rojo que Alemania en su enseña y desde luego, que Holanda, que tiene una franja anaranjada poco convincente. O sea, que si adoptamos la teoría de los colores podemos concluir que Paul tuvo cierta suerte, pero tampoco exagerada. Lo que me extraña en estos tiempos que corren en los que siempre hay un tipo ocioso para hacer un experimento insólito es que nadie haya pillado un pulpo por barba y haya colgado un vídeo en Youtube demostrando o desmintiendo que los cefalópodos van al rojo. Venga, doy la idea, a ver quién es el friki que me la copia.
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miércoles, 23 de junio de 2010
El partido imposible de Isner y Manhut

Hace tiempo que no me gusta el tenis. Pero hoy he vuelto a vibrar con un partido: el que han disputado el estadounidense Isner y el francés Manhut en Wimbledon. No por el juego, que ha debido ser un coñazo a base de saques directos, sino por la emoción: después de dos días han tenido que volver a suspender el partido con 59-59 en el marcador del quinto set -en el que no hay tie-break. De hecho no he visto el partido, simplemente lo he seguido por internet en los divertidísimos comentarios de la BBC y de otras webs británicas que me han convencido de que este formato tiene futuro: como complemento a la retransmisión televisada o, si se hace bien, incluso sustituyéndola.
Quizá pronto se descubra que todo estaba amañado o que, como decía un lector en el Twitter de BBC, los dos jugadores querían jugar ante la Reina, que visita mañana el club. Pero por lo que me cuentan algunos amigos que sí lo han visto el partido no parecía un tongo. El interés que ha despertado este maratón tenístico ha sido tan grande que ha disputado el protagonismo deportivo de la tarde al Mundial. McEnroe, boquiabierto, ha dicho que "nunca hemos visto nada igual y nunca lo veremos".
¿Nunca volveremos a verlo? Quizá sí. El saque en el tenis se ha convertido en un factor decisivo y, sobre todos en superficies rápidas como Wimbledon, cuando se enfrentan dos buenos peloteros pueden transcurrir horas sin que ninguno le rompa el servicio al otro. De hecho ambos jugadores han hecho casi 100 aces -saques directos- cada uno en lo que llevamos de partido. La ventaja del jugador que saca forma parte de un conjunto más amplio de variables que constituyen lo que podríamos denominar factor humano. Porque si el tenis fuera puramente un juego de azar lo que ha sucedido hoy no habría ocurrido nunca jamás. Saquemos cuentas para justificar esta afirmación.
Supongamos que el tenis fuera un deporte de pura suerte, en el que los juegos se decidieran a cara o cruz. Situémonos en el tramo final de un partido entre dos hipotéticos jugadores, A y B, con un empate a dos sets y 5-5 en la quinta y definitiva manga. Uno de los dos, A o B -pongamos A- ganará el undécimo juego, situando así el marcador en 6-5. ¿Qué panorama nos encontramos entonces? Pues que hay un 50% de posibilidades de que el encuentro termine en el siguiente juego con otra victoria de A y un 50% de que haya otra vez empate, si gana el juego B.
¿Me siguen? Según este razonamiento, si el tenis fuera puro azar, y partiendo del 5-5, la probabilidad de que A y B vuelvan a empatar a seis es 1/2. Una probabilidad entre dos. Ahora supongamos que efectivamente vuelve a haber igualdad. ¿Qué probabilidad hay de que los dos tenistas vuelvan a empatar a siete? De nuevo 1/2. A o B, da igual, ganará el decimotercer juego y el otro tendrá 1/2 de probabilidades de igualar el partido. Sin embargo, la probabilidad de llegar al 7-7 desde el 5-5 no es ya 1/2: es en realidad, 1/2 (la probabilidad de empatar a seis) x 1/2 (la probabilidad de empatar a siete una vez que se ha empatado a seis), es decir, 1/4. Por ambos sucesos son lo que se llaman condicionados: el empate a siete sólo puede llegar si antes ha habido un empate a seis.
Espero que al menos aquellos que estudiaron ciencias no se hayan perdido. Porque aún queda un poquito. Si se llega al empate a siete, la probabilidad de llegar al empate a ocho es otra vez 1/2. Pero desde el 5-5, será 1/8, esto es 1/2 x 1/2 x 1/2. Dicho de otra forma: partiendo del 5-5 en partidos en los que los juegos se jugaran a cara o cruz sólo un de cada ocho encuentros llegarán al 8-8. ¿Y la probabilidad de empatar a nueve? Partiendo del 8-8 es también 1/2 pero desde el 5-5 que arrancamos el experimento, sería 1/2 x 1/2 x 1/2 x 1/2: 1/16. En realidad, cada vez que se iguala el partido hay un 50% de posibilidades de que vuelva a haber otro empate, así que si desde el 5-5 al 59-59 ha habido 54 empates, la probabilidad de que por el puro azar de una moneda se llegara a ese resultado sería de 1/2 elevado a 54.
¿Es muy grande ese número? Pues hombre, es una posibilidad entre 16.000 billones. Si consideramos que la Tierra se formó hace 5.000 millones de años digamos que desde entonces han transcurrido unos 2.500 billones de minutos. Así que si hubiéramos jugado a golpe de moneda y desde ese 5-5 un partido cada diez segundos desde que se formó nuestro planeta probablemente uno de los encuentros habría llegado a dicho resultado. ¿Le parece exagerado? Las potencias de dos engañan mucho: estamos haciendo exactamente la misma cuenta que el Rey que prometió al inventor del ajedrez un grano de trigo por la primera casilla del tablero, dos por la segunda, cuatro por la tercera... y que no encontró cereal en el mundo para cumplir su promesa.
El partido no ha concluido. Prometo actualizar este post cuando haya un resultado definitivo con la probabilidad de que éste se hubiera producido por puro azar. 2 elevado a 54 es un número muy grande, pero aún los hay mayores. 10 elevado a 79 (que es inconcebiblemente muchísimo más) es el número de átomos del universo. Y aún más es 10 elevado a 100, el gúgol que da nombre al buscador más popular y el número más alto con nombre propio que conozco, aunque sin interés científico alguno. Así que aunque sigan jugando semanas, incluso siglos, siempre habrá números para medir su gesta. Les mantengo informados.
Foto: StuSeeger
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sábado, 5 de junio de 2010
Himnos y selecciones nacionales
Se acerca el Mundial, así que en pocos días nos vamos a hinchar de oír himnos nacionales. Muchas de estas melodías nacieron para enardecer a los soldados en la batalla -véase los violentas que son algunas letras, como la de la sobrevaloradísima La Marsellesa- y ahora casi sólo se escuchan en ese sucedáneo incruento de la guerra que es el deporte: al comenzar los partidos de fútbol o al concluir las carreras de coches o motos. Salvo que sea un entusiasta de los desfiles militares estoy seguro de que las últimas 30 veces que ha oído la Marcha Real había una pelota, una moto o una bici por en medio.
Reconozco que me encanta el momento de los himnos previo a los partidos, ya he confesado en otras ocasiones que soy un hortera sentimental sin complejos y no tengo por qué dar más explicaciones. De hecho me he sentido estafado cuando alguna televisión, para ahorrar tiempo de emisión o meter publicidad los ha suprimido impunemente: es como quitar los títulos de crédito de la película a un cinéfilo -algo que también hacen. Aparte del componente sentimentaloide, algunas melodías, como las de Italia, Rusia, Alemania o Reino Unido me parecen particularmente hermosas. El himno francés también, pero ya conté en otra ocasión por qué le tengo manía. El español, reconozcámoslo, es un poco patatero, pero no vamos a renegar de él por eso, que sería como renunciar a nuestra madre si fuera fea. Además, varios cuentan con el aval de ser obra de compositores célebres, como el citado de Alemania -de Haydn- o el de Austria, que lógicamente fue compuesto por Mozart.
La interpretación de los himnos puede parecernos un anacronismo, una horterada o las dos cosas juntas, pero no siempre es una mera formalidad carente de valor para el espectador curioso. Me resulta por ejemplo muy interesante observar la actitud de los jugadores, unos emocionados, otros más bien indiferentes y mascando chicles; comprobar quiénes cantan y quienes no y, desde que se han instalado micrófonos cerca, quiénes lo hacen bien y quiénes lo hacen fatal. Estos momentos patrióticos han generado en ocasiones noticias que se recordarán cuando ya todo el mundo haya olvidado el resultado del partido, como la enorme pitada al himno argentino en la final del Mundial del 90 después de que Maradona pidiera a los italianos del sur que renegaran de su país y apoyaran a la selección sudamericana -por si no se acuerdan, arriba incluyo el vídeo, lean los labios del Pelusa. También fue inolvidable la interpretación del himno de Riego en vez del oficial en una Copa Davis en Australia, ante el estupor de los tenistas españoles -que por supuesto no habían escuchado nunca el himno de la República- y la bronca en la final de Copa del Rey de 2009 que acabó con varias dimisiones en Televisión Española.
Mis compañeros de especiales de ELPAÍS.com han tenido la original idea de incluir en el dossier sobre el Mundial de Suráfrica audios con todos los himnos de las selecciones participantes tal y como se escuchan en el estadio. Tras un repaso rápido concluyo que los que mejor cantan en masa son los holandeses -aunque su himno, Wilhemus, el más antiguo del mundo y dedicado a Guillermo de Orange sea un alegato contra los españoles- y los que más desafinan son los ingleses, quizá por el calentamiento previo que hacen en las cervecerías de los alrededores del estadio.
Más allá de estas músicas patrióticas, el otro día debatía conmigo mismo si el hecho de organizar un Mundial de fútbol por países no sería en sí mismo un anacronismo. Pero es que no se me ocurre otra solución. Partimos de que el deporte es competición y para competir en este caso en fútbol hay que organizarse en equipos que representen a un colectivo determinado. O sea, que no tendría sentido organizar un Mundial con equipos de jugadores formados al azar, sin mayor conexión entre ellos, porque no representarían a nadie. Para enfrentarse por clubes ya existen otras competiciones así que el criterio debería ser otro, por ejemplo por religiones, por nivel de estudios o por ideología política, pero me temo que en ambos casos sería peor que lo que tenemos. Otra idea bizarra sería que compitieran por profesiones: carpinteros contra proxenetas, por ejemplo. ¿Y qué tal por color de pelo o tono de piel? Quizá lo menos estrambótico sería encuadrarse por idiomas maternos, pero tampoco me convence. En las fiestas de pueblo son habituales los partidos de solteros contra casados y de gordos contra flacos pero después de darle muchas vueltas me temo que no hay alternativa a la idea de organizar los Mundiales por estados nacionales. ¿Se les ocurre alguna?
Reconozco que me encanta el momento de los himnos previo a los partidos, ya he confesado en otras ocasiones que soy un hortera sentimental sin complejos y no tengo por qué dar más explicaciones. De hecho me he sentido estafado cuando alguna televisión, para ahorrar tiempo de emisión o meter publicidad los ha suprimido impunemente: es como quitar los títulos de crédito de la película a un cinéfilo -algo que también hacen. Aparte del componente sentimentaloide, algunas melodías, como las de Italia, Rusia, Alemania o Reino Unido me parecen particularmente hermosas. El himno francés también, pero ya conté en otra ocasión por qué le tengo manía. El español, reconozcámoslo, es un poco patatero, pero no vamos a renegar de él por eso, que sería como renunciar a nuestra madre si fuera fea. Además, varios cuentan con el aval de ser obra de compositores célebres, como el citado de Alemania -de Haydn- o el de Austria, que lógicamente fue compuesto por Mozart.
La interpretación de los himnos puede parecernos un anacronismo, una horterada o las dos cosas juntas, pero no siempre es una mera formalidad carente de valor para el espectador curioso. Me resulta por ejemplo muy interesante observar la actitud de los jugadores, unos emocionados, otros más bien indiferentes y mascando chicles; comprobar quiénes cantan y quienes no y, desde que se han instalado micrófonos cerca, quiénes lo hacen bien y quiénes lo hacen fatal. Estos momentos patrióticos han generado en ocasiones noticias que se recordarán cuando ya todo el mundo haya olvidado el resultado del partido, como la enorme pitada al himno argentino en la final del Mundial del 90 después de que Maradona pidiera a los italianos del sur que renegaran de su país y apoyaran a la selección sudamericana -por si no se acuerdan, arriba incluyo el vídeo, lean los labios del Pelusa. También fue inolvidable la interpretación del himno de Riego en vez del oficial en una Copa Davis en Australia, ante el estupor de los tenistas españoles -que por supuesto no habían escuchado nunca el himno de la República- y la bronca en la final de Copa del Rey de 2009 que acabó con varias dimisiones en Televisión Española.
Mis compañeros de especiales de ELPAÍS.com han tenido la original idea de incluir en el dossier sobre el Mundial de Suráfrica audios con todos los himnos de las selecciones participantes tal y como se escuchan en el estadio. Tras un repaso rápido concluyo que los que mejor cantan en masa son los holandeses -aunque su himno, Wilhemus, el más antiguo del mundo y dedicado a Guillermo de Orange sea un alegato contra los españoles- y los que más desafinan son los ingleses, quizá por el calentamiento previo que hacen en las cervecerías de los alrededores del estadio.
Más allá de estas músicas patrióticas, el otro día debatía conmigo mismo si el hecho de organizar un Mundial de fútbol por países no sería en sí mismo un anacronismo. Pero es que no se me ocurre otra solución. Partimos de que el deporte es competición y para competir en este caso en fútbol hay que organizarse en equipos que representen a un colectivo determinado. O sea, que no tendría sentido organizar un Mundial con equipos de jugadores formados al azar, sin mayor conexión entre ellos, porque no representarían a nadie. Para enfrentarse por clubes ya existen otras competiciones así que el criterio debería ser otro, por ejemplo por religiones, por nivel de estudios o por ideología política, pero me temo que en ambos casos sería peor que lo que tenemos. Otra idea bizarra sería que compitieran por profesiones: carpinteros contra proxenetas, por ejemplo. ¿Y qué tal por color de pelo o tono de piel? Quizá lo menos estrambótico sería encuadrarse por idiomas maternos, pero tampoco me convence. En las fiestas de pueblo son habituales los partidos de solteros contra casados y de gordos contra flacos pero después de darle muchas vueltas me temo que no hay alternativa a la idea de organizar los Mundiales por estados nacionales. ¿Se les ocurre alguna?
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