miércoles, 26 de enero de 2011

Un actor de carácter


He debutado como actor. No creo que me vayan a dar el Goya por ahora pero estoy bastante orgulloso del asunto. Verán, querían rodar un anuncio para promocionar el periódico -el que sale cuando pinchan ahí arriba- y eligieron los actores entre los periodistas. Mis hermanas, que me quieren o me hacen la pelota, dicen que me escogieron por guapo y les dejo que se hagan la ilusión. Pero la verdad es que tengo buenos contactos en márketing, donde hicieron el cásting. En el colegio mayor me dieron un consejo de oro: no importa tanto que te lleves bien o mal con el director pero sé siempre amigo del de la puerta y del de la cocina. Así he hecho en todos los sitios, también en el periódico. Pero aquí he añadido un tercer aliado necesario: la gente de markéting, un departamento lleno además de personas estupendas. Y me ha servido: para estrenarme ante la cámara bajo la dirección de Nacho Vigalondo, el tipo del pijama en el spot, que ha sido candidato al Oscar con un corto.

Gente que ha hecho carrera de éxito en el cine ha arrancado con papeles no mucho más lucidos. Obsérvese en el vídeo de abajo el primer papel -con frase- de Harrison Ford en una peli de 1966 que en España se llamó Ladrón y Amante. Mi "va a haber una rueda de prensa" no tiene nada que envidiar a su martilleo preguntando por el señor Ellis. Lo que sí reconozco es que, además de por buen actor, a él quizá sí le pillaron por guapo.



No tengo una gran vena artística, aunque de pequeño sí me gustaba hacer obras de teatro. Pero más como guionista y director que como actor. En 1981, hace 30 años, preparé en el colegio una representación sobre el golpe de Estado del 23-F. He perdido el guión, que mi madre multiplicó con aquello del cliché, porque no había fotocopiadoras, pero recuerdo que era una sola hoja. En una cara Don Dionisio, nuestro profesor de entonces, de quien prometo hablar pronto, escribió "muy agudo". Y en la otra: "Muy obtuso". Yo hacía de Felipe González y, modestia aparte, la obra tuvo un gran éxito: se representó en varias clases siempre entre aplausos. También montaba pequeñas obras con mis hermanas y con todo el que pescaba despistado para divertir a las visitas que venían a casa. El resultado fue que al poco tiempo mis padres se quedaron sin apenas vida social. Tampoco les importó mucho, son gente de costumbres apacibles.

Tres décadas después he vuelto a disfrutar con este mini papel. Podría decir que me da mucha vergüenza -lo cual es cierto, no me he podido ver más que una vez-, que lo hago fatal -que creo que no-, que ha sido una encerrona... pero a ustedes no les puedo mentir. Estoy orgullosísimo de que mi madre me pueda ver en la tele y de presumir ante mis 521 amigos de Facebook -el día que haga limpia se van a enterar- de mis tres segundos de fama. Lo único que no me agrada de este anuncio que he rodado es pensar que hay un montón de actores y actrices en el paro, buscándose la vida, matándose por trabajar en papeles tan sencillos como el que me han dado. Lo digo de verdad, me parece una estafa usurpar un trabajo que no es el mío, para el que no estoy preparado y que es muchísimo más difícil de hacer de lo que parece.

A ellos les pido disculpas por mi intrusismo. Y a los televidentes que me hayan visto también les pido disculpas por colarme en su casa sin avisar. La próxima vez prometo tocar a la puerta.

lunes, 17 de enero de 2011

Mujeres de vida alegre


Uno de mis propósitos de Año Nuevo fue escribir más en este blog. Como el resto de propósitos, no lo estoy cumpliendo, pero hoy haré una excepción. Sé que prometí un post sobre Benarés hace tres meses pero tendrá que esperar. Porque voy a hablar de un sitio más cercano, de una casa que está en la calle de Alcalá, en Madrid, y de un cartelito que tiene en la puerta.

Decir que uno vive en la calle de Alcalá es no decir nada porque la vía -la antigua carretera hacia Alcalá de Henares tiene 800 números que van desde el palacete que forma con Gran Via la esquina más cara de España hasta casitas bajas pasado Ciudad Lineal que juguetean con la demolición. En una de estas vivendas modestas, cerca del metro de Suanzes, encontré este letrero en la puerta. No se ve muy bien, poque la barra tapa siempre un trozo, pero dice algo así: "Aquí ya no viven mujeres de vida alegre. Aquí vive una familia, así que tengan un respeto".

Me imagino, por el cabreo que transmite el letrero, que esta familia habrá tenido que soportar a más de un noctámbulo borracho aporreando la puerta en busca de un burdel. Se comprende, pues, el mosqueo. Lo que no entiendo, por mucho que se use habitualmente, es la expresión "mujeres de vida alegre". O mejor dicho, la entiendo pero me deja pensando.

Las mujeres han estado secularmente supeditas al hombre y hasta el siglo pasado no se produjo, parcialmente y sólo en algunas zonas del planeta, una liberación femenina, sin duda el gran fenómeno sociológico de las últimas décadas y uno de los más importantes de la historia porque trajo la mayoría de edad a la mitad de la población. Hasta entonces las mujeres llevaban una vida bastante más dura que la de los hombres. Podemos idealizarlas pero ninguna chica actual soportaría más de una semana la vida de su bisabuela, salvo que hablemos de una bisnieta de la duquesa de Alba.

Entonces, quizá con un punto de envidia disfrazada de moralidad y mezclada con ignorancia disculpable, se entendía que alguien hablara de esas "mujeres de vida alegre". Pero hoy sabemos que, ahora y también antaño, pocas mujeres han tenido en general una vida más triste que a las que se refiere el cártel. ¿Mujeres de vida alegre? Ojalá lo fueran todas, en el sentido literal del término. Y hombres de vida alegre y niños de vida alegre... No sé, tal vez el letrero lleve ahí desde el siglo XIX.

sábado, 1 de enero de 2011

Feliz 2011

Un fragmento de la marcha Radetzky para dar la bienvenida al año. Para mí 2010 ha sido estupendo pero no encuentro mucha gente a mi alrededor que opine lo mismo. Así que les deseo un 2011 tan feliz como lo fue para mí el año que concluye.

Entre mis propósitos de Nochevieja está tomarme en serio la música y practicar muchísimo más. Lo conseguiré. En 2010 demostré que tengo una sólida fuerza de voluntad: dejé de morderme las uñas de un día para otro después de treinta y tantos años de vicio. Así que lo del piano va en serio. Lo siento por los vecinos.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Milagro en Milán

La televisión cambió mucho cuando hace 20 años se abrió a las cadenas privadas y ahora, con la TDT, el panorama está sufriendo un nuevo meneo. Nada que nos entusiasme: cuantos más canales sintoniza uno -salvo que pague- peor es de promedio lo que ve. Como si el talento se diluyera entre tanta cadena. Tampoco hay mucha imaginación. Cuando yo era pequeño, y de eso hacen ya unas décadas, todas las Navidades echaban ¡Qué bello es vivir! de Frank Capra y Un mundo de fantasía, el título en español de la versión de Charlie y la fábrica de chocolate rodada en 1971. Una película que recordaba en blanco y negro y ahora buscándola en Youtube resulta que es en color: obviamente lo que era en blanco y negro era mi televisor.

La de la fábrica de chocolate la recuerdo por una canción muy pegadiza que decía algo así: "dumba, dumba, dumba, dibú, si fueras sabio, sabrías tú". Y sé que no la he soñado porque encuentro una (¡sólo una!) referencia en Google a la cancioncita: la debe de haber puesto otro nostálgico. Ésta de Un mundo de fantasía, digo, no la he vuelto a ver en la tele pero la de Capra nos acompaña todas las Navidades, todas sin excepción. A mí me sigue gustando y no me quejo de que la echen: transcurre en esta época del año, gusta a toda la familia, es la quintaesencia del buenrollismo y en caso de náuseas hay otras cadenas a donde huir. Pero añado que si lo que quieren es echar en estos días películas bonitas, para todos los públicos y que transmitan valores que no caduquen el 8 de enero, podían darse una vueltecita por la historia del cine. Podían acordarse, por ejemplo, de un clásico tan maravilloso como Milagro en Milán, de Vittorio de Sica. Yo me acordé y la vi esta noche con mis padres. En DVD, naturalmente.

Milagro en Milán es una fábula para adultos escrita al estilo de los cuentos de hadas de nuestra infancia. O sea, que no es una historia para los que ahora son niños -aunque también pueden disfrutarla- sino más bien para los niños que fuimos. El arranque es tristísimo: una anciana recoge un bebé que se encuentra en su huerta y lo cría como a su hijo. Al morir la señora al pobre niño lo internan en un orfanato, donde se educa hasta que se hace adulto y puede salir a enfrentarse con el mundo. Y el mundo que se encuentra resulta la ser la Italia de la posguerra. Un sitio horroroso donde lo único bonito parecían ser algunas mujeres como Sofía Loren, que encima no sale en la película. La inocencia del protagonista se estrellará desde el primer minuto con una ciudad áspera donde -les parecerá una tontería pero a él le entristece- "buenos días" no quiere decir "buenos días". Como en casi ningún sitio, si reflexionan un poco.



El pobre hombre acaba viviendo en un barrio de chabolas donde los mendigos se pelean por un rayo de sol, un terreno mísero codiciado encima por unos ricachones con sombrero de copa, como los de los colorines de Carpanta. ¿Espabilará Totó e intentará pisar otras cabezas antes de que pisen la suya? ¿Se convertirá en cínico, en un delincuente para sobrevivir? Nada de eso. Con un entusiasmo sin fisuras, una empatía extraordinaria, una bondad absoluta -también existe, como el amor absoluto- y cierta ayuda sobrenatural logrará convertir el poblacho en una utopía solidaria. No les voy a seguir contando la película -¡véanla!- pero les adelanto que su final me parece uno de los más bonitos de la historia del cine que conozco.

Milagro en Milán fue premiada en Cannes en 1951, un par de años antes que ¡Bienvenido Mr Marshall!, y me atrevería a decir que Berlanga se inspiró en ella en una de sus escenas. Cuando los habitantes de Villar del Río se arremolinan para encargar una cosa -¡una sólo por persona!- a los americanos continúan la cola que encabezaban los pobladores de las chabolas de Milán para pedir un deseo a cierta paloma mágica. La diferencia es que en la película italiana, esos deseos sí se hacían realidad... pero tampoco voy a seguir contando por ahí la historia.

De Sica es más conocido por otra obra anterior, El ladrón de bicicletas. Es una grandísima película ambientada también en el espanto de la posguerra, con un trasfondo igual de triste que el de Milagro en Milán pero con una visión mucho más amarga. De la primera uno saldría del cine circunspecto; de esta última saldría con una sonrisa. Yo personalmente no sé por qué El ladrón... está considerada mejor película que Milagro... Sí, ya sé, el pesimismo está más prestigiado que el optimismo. Y algunos añadirán "no es pesimismo, es realismo" (neorrealismo, en este caso). Pero si se fijan, después de esos negros años 40 la historia de Italia, pese a la corrupción, a la mafia y a las brigadas rojas, ha tenido más de milagro que de otra cosa. Los italianos y otros europeos occidentales como los alemanes, franceses o ingleses que nacieron en los años horribles en que se rodaron esas películas han tenido la suerte de vivir luego un periodo de paz, prosperidad y democracia sin parangón en ninguna época ni lugar. Así que después de todo, puede que los prodigios existan. Yo últimamente estoy casi seguro de que sí. Y de que no hace falta ir a Milán para encontrarlos.

sábado, 4 de diciembre de 2010

38

Hoy me han caído 38 años y lo he celebrado de milagro en Tenerife, donde aterricé ayer más o menos a la hora a la que se cerraba el espacio aéreo español por la huelga de controladores. Pero hoy no hablaremos de conflictos, ni de estados de alarma, sino de mi cumpleaños. Diremos entonces que el día en que nací la Tierra estaba en el mismo sitio que hoy y que en este tiempo ha girado exactamente 38 veces alrededor del sol. No es para marearse pero sí para afirmar que uno ya ha dado en esta vida bastantes vueltas. Por lo menos, bastantes alrededor de una estrella.

Como es casi tradicional, como hice con el 36 y el 37, hoy hablaré del número protagonista del día, el 38. Al 38 podríamos definirlo como una cifra discreta, sin afán de protagonismo. No tiene el aura aristocrática de los números primos y sólo tiene tres divisores además de sí mismo -el 1, el 2 y el 19- lo que lo convierten en un compuesto poco vistoso. Por decir algo mínimamente curioso de él destacaremos que es la suma del cuadrado de los tres primeros primos (2x2+3x3+4x4=38) si excluimos al uno. También es el número par más alto que no puede escribirse como la suma de dos números compuestos impares. Como ven, peculiaridades un tanto rebuscadas que hacen que nuestra cifra pase bastante desapercibida en el fascinante universo matemático.

En otros campos, el número 38 se presenta, lo siento, como una cifra conflictiva y hasta siniestra. El 38 es el calibre de muchísimas armas de fuego: pongan el numerito en Google y busquen imágenes y verán la cantidad de pistolas que le salen. Particularmente conocido es la munición 38 Smith & Wesson especial, de la que se habla en la canción aquella de Pedro Navaja, de Rubén Blades. Creo que una bala de esas mataron a John Lennon, entre otros. También da nombre a una de las fronteras más conflictivas de la Tierra, tristemente de moda en las últimas semanas: el paralelo 38, que divide a las dos Coreas. Y buscando los acontecimientos acaecidos en el año 38 el más destacado me parece también algo macabro: el martirio de San Andrés que agonizó durante tres días en una cruz en forma de aspa mientras seguía predicando la religión, que ya es tener humor. Para remate, leo en la Wikipedia, pero tengo que confirmarlo con mi compañera Cecilia Jan, que en Taiwán llamar a alguien "38" es decirle imbécil a la cara. Y curiosamente es el número atómico del estroncio, un elemento que suena muy parecido a stronzo, idiota en italiano. La 38 también es la talla esa que obsesiona a tantas mujeres, con efectos a veces devastadores para la autoestima...

¿Algo bueno que decir del numerito? Claro que sí. El 38 ha traído suerte a mucha gente, aunque también la ruina a otros: es el número de casillas de la ruleta americana, donde se juegan los números del 1 al 36 pero incluye también el cero y el doble cero. También nos ha salvado la vida a todos: 38 son los grados a partir de los cuales podemos decir técnicamente que tenemos fiebre, ese mecanismo que nos alerta de que algo no funciona bien en nuestro cuerpo. Por 38 empiezan los códigos postales de esta mi tierra, las Canarias occidentales, y la 38 es la línea de autobuses más frecuentada de Londres, la que une Clapton y Victoria con parada en Picadilly y una cadencia de aproximadamente un minuto en hora punta. También es un número clave en la mitología escandinava, cuyas sagas legendarias están dividadas, en su mayoría, en 38 capítulos y cuyos héroes combaten a las bestias en grupos de 38.

Un cumpleaños suele ser momento de hacer balance. Normalmente uno se agobia por dos cosas: por los años que le van cayendo y por lo poco que los ha aprovechado. Respecto de la primera preocupación creo que cumplir 38 no es aún motivo de zozobra, aunque apunto un detalle inquietante para los muy aprensivos: llegada esta edad sin duda hemos superado ya la tercera parte de nuestra vida, salvo que la medicina haga progresos asombrosos o aspiremos al libro Guiness de los récords. El ser humano más longevo de la historia cuya edad pudo comprobarse con seguridad, la francesa Jeanne Calment, vivió 122 años... y 38 multiplicado por tres son 124.

Pasamos a la segunda preocupación. Si les agobia haber llegado a mi edad -o a otra edad cualquiera- y no haber hecho aún nada destacable en la vida les diré dos cosas. Una, la más importante, es que creo sinceramente que en la vida no hay porque hacer "nada destacable", o mejor aún, que a veces lo más destacable que puede hacer uno son cosas sencillas, como ser un buen padre, un buen amigo, un buen profesional o, en general una buena persona. Pero si de verdad les inquieta "triunfar" en este mundo les comunico que en la historia hay ejemplos y contraejemplos de casi todo. Genios como Mozart o Marilyn Monroe ya lo habían hecho todo a los 38 años... bueno de hecho hasta se habían muerto. Algunos alcanzaron con esa edad la cumbre de su carrera, como Neil Armstrong que tenía mi edad cuando pisó la luna. Otros como Mahoma, y fíjense lo que luego revolucionó el mundo, eran tipos perfectamente anónimos. En su caso, no fue hasta los 40 años cuando empezó a predicar.

Si tengo elegir los 38 años de algún personaje histórico, me quedo con los de Cervantes. A esa edad, tras unos años muy tumultuosos que incluyeron la guerra, el cautiverio y la pérdida de un brazo, el autor de El Quijote publicó al fin La Galatea, su primera obra literaria de cierto volumen y trascendencia. Fue así para Cervantes una edad que dividió su vida en dos, el momento en el que el soldado manco empezó a convertirse en figura universal de la literatura. Por bien que estemos y que repitamos sinceramente eso de "que me quede como estoy" creo que en estas fechas indicadas para la reflexión -cumpleaños, Nochevieja, aniversario importante- uno siempre sueña con que el periodo de tiempo que comienza marque un punto de inflexión en nuestras vidas, para bien o para mejor. Así que ojalá pueda contarles dentro de un año que he publicado mi Galatea personal. De momento, voy a celebrar mi cumpleaños.

Créditos de las dos primeras fotos: chispita_666 y Mega Anorak

viernes, 29 de octubre de 2010

Minutos musicales: Mis recuerdos

Después de mucho tiempo sin escribir en este espacio y sin ofrecer a mis sufridos lectores uno de mis inefables conciertos, aquí dejo mi homenaje a dos genios. A Federico Fellini, director de Amarcord (Mis recuerdos), la película de su vida, y por eso su mejor película, y a Nino Rota, autor de la banda sonora que aquí interpreto y de otras tan universales como El Padrino, La dolce vita o El Gatopardo.

Amarcord es una película maravillosa, el En busca del tiempo perdido de Fellini, aunque he constatado que curiosamente gusta muchísimo menos a las mujeres que a los hombres. Tal vez porque sólo un varón puede entender y ser cómplice de las muy íntimas confesiones del director de Rimini. De Nino Rota diré lo que ya he dicho alguna vez: que es uno de los mejores en un género, las bandas sonoras, que ha dejado gran parte de la mejor música del siglo XX.

En cuanto a mi interpretación, mis seguidores constatarán que he mejorado algo pero sigo inseguro y que doy alguna nota falsa: una muy clara casi al final, cuando ya andaba yo confiado. Como siempre, prometo mejorar. Y prometo escribir con algo más de regularidad. El próximo post, ya me comprometo, hablaré de Benarés (India) -ahora Varanasi- de donde volví hace unos días. Un manicomio al aire libre, como me dijo una española que pasa allí medio año. No faltarán en mi relato cadáveres flotantes, gurus del Jainismo, un tráfico de locura y un comerciante llamado Manolito. Les mantendré informados.

jueves, 7 de octubre de 2010

Por qué me cae bien Vargas Llosa


Hoy le han dado el Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa, la noticia más inesperadamente esperada que recuerdo. Llevamos los 13 años que hago en enero en el periódico preparándonos para este momento, anticipando coberturas especiales, falsas aperturas, documentación variada... y el día en que se produce nos quedamos boquiabiertos. Fue el sueco decir "Magio Vagas Llosa", fue repetirlo un servidor y quedarnos paralizados durante un minuto los siete u ocho que estábamos en la mesa central del digital. Era tan creíble que no nos lo podíamos creer. Luego reaccionamos y creo que la cobertura ha quedado estupenda. Vargas Llosa escribe en nuestro diario y le hemos hecho el mejor homenaje que se ha visto hoy en la web mundial.

Y ahora paso del autobombo colectivo al individual. He tenido la suerte de tratar en cuatro o cinco ocasiones con Vargas Llosa y he escrito para Eskup, la red social de EL PAÍS, 15 mensajitos -como máximo admite 280 caracteres- contando algunas anécdotas que viví con el escritor. Enlazaría a mi Eskup, pero si escribo algo después, se va a perder este relato, así que los copio para ustedes. Perdonen la redacción, pero es difícil ajustarse a una métrica tan estricta.

1. Sobre Vargas Llosa. He tenido la suerte de tratar a Mario Vargas Llosa varias veces y en circunstancias variopintas. Así que he recopilado un pequeño anecdotario personal sobre el Nobel. Atentos, que empiezo con las historias.

2. Conversación en la catedral. Conocí a Vargas Llosa en la catedral de Burgos. Él paseaba con su mujer y mientras admiraba el templo decía "es deslumbrante". Como buen mitómano me acerqué y le dije que me gustaban mucho sus libros. Me atendió con su amabilidad habitual...

3. La lata de gasolina... [habitual porque luego lo he comprobado], me dio las gracias y para mi sorpresa, empezó a contarme que se le había estropeado el coche en una carretera de Burgos y había tenido que ir andando por el arcén unos kilómetros hasta la gasolinera más cercana..

4. Juan Cruz, el ominpresente. Como vi que el hombre me hablaba con confianza le comenté que era pariente de Juan Cruz, entonces su editor. Mario y Patricia estallaron en una carcajada. "A donde no llega Juan Cruz manda un emisario", sentenció el escritor.

5. Cocido en Lardhy. La siguiente vez que coincidí con Vargas Llosa tiene fecha: 12 de marzo de 2000. Ese día, el mismo en que Aznar logró la mayoría absoluta, me colé a comer un cocido en Lardhy con el escritor. También estaba su hijo, Álvaro...

6. Un apoyo razonado. Vargas Llosa estaba muy contento por el inminente triunfo del PP, partido al que había apoyado. Defendía a Aznar pero no como un hooligan, sino de una manera razonable: apelando a los logros económicos del entonces ministro, Rodrigo Rato. Casi me convence...

7. A buscarlo al aeropuerto. Otra vez me tocó ir a buscarlo a Barajas. Limpié mi viejo Polo, normalmente impresentable, y me dispuse a recogerlo. A úlima hora la editorial pensó, con buen criterio, que merecía un mejor recibimiento y acabé acompañando a un chófer en un Mercedes...

8. Un tipo sencillo. Sinceramente, creo que no le hubiera importado un pito viajar en mi coche. Me da la impresión de que es un tipo muy sencillo en un mundo de egos desorbitados. Y si no lo es, lo disimula muy bien, lo cual es síntoma de una gran inteligencia...

9 ...y un tipo que escucha. Pero lo que más me ha admirado de él las cuatro o cinco veces que le he tratado es que te escucha. Le cuentes lo que le cuentes y seas quien seas, te escucha. O al menos, lo finge, lo cual es de agradecer.

10. Volvemos a Barajas. Bueno, total, que fui con el chófer al aeropuerto y luego no cabían todas las maletas que traían él y su mujer en el coche. Así que Patricia se fue en el Mercedes y yo cogí un taxi con Mario. ¿De qué se habla en un taxi con Vargas Llosa?...

11. En el taxi... pues por ejemplo, de fútbol, tema universal e inagotable. Algunos escritores, incluso los Nobel, tienen las mismas pasiones y aficiones que la gente corriente, aunque sus ideas suelen ser más interesantes. Ese día jugaban, casualmente, el Madrid y el Barça...

12. Al Bernabéu. "No puede ser un mal partido", dijo Mario. Y se equivocó a medias, porque fue regular. Tuvimos la suerte de comprobarlo en el campo, con dos entradas que nos dio Alfaguara, a la que nunca agradecerá lo bastante ese detalle. Así que nos fuimos para el campo...

13. Vuelta al campo... aún conmocionado porque ETA acababa de explotar un coche bomba allí. Nos equivocamos de puerta y tuvimos que dar la vuelta al estadio. Me puso la mano en el hombro y dijo: "tú me guías". Y así yo abría camino y él iba respondiendo a quienes le saludaban...

14. "Don Pedro Vargas". El último obstáculo antes de llegar al asiento era un tipo de una televisión local que le acercó la alcachofa y dijo "¡Don Pedro Vargas Llosa!". "Debe ser mi hermano", le respondió Mario, "a la salida le cuento algo". Y es que el partido había empezado...

15. Y gol de Raúl... y llegamos justo para ver un golazo de Raúl. El Madrid, eran otros tiempos, se clasificó para la final de Champions pero no pude averiguar si Mario iba con los blancos o con el Barça. Basta de rollos y resumo con lo que ya dije: un Nobel sencillo que te escucha.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Calor y pobreza

Sigo escribiendo sobre Cartagena de Indias, más de un mes después de mi vuelta. La ciudad, o mejor dicho, lo que se visita de ella es una joya. Floreció esplendorosa porque fue el principal puerto de salida de las riquezas de Suramerica hacia España. Pero su opulencia se secó de golpe a principios del siglo XIX, con la independencia de Colombia. Y fue ese frenazo el que salvó su belleza: de pronto no había dinero para "modernizar" la urbe, que se conservó casi intacta como era en la época colonial. En otros lugares sí pudieron en cambio sustituir los antiguos caserones por viviendas más modernas y perdieron de paso todo el encanto para las generaciones venideras.

La zona colonial de Cartagena es pequeña, puede recorrerse entera en pocas horas. A su alrededor se extienden los barrios de San Diego y Getsemaní y la península de Boca Grande, donde se apilan enormes hoteles. Son estas las zonas por donde se mueve el turismo, y donde la seguridad es casi total, algo muy de agradecer en un país como Colombia donde desgraciadamente aún hay altos índices de violencia. Pero es una burbuja muy pequeña en comparación con el tamaño total de la ciudad, cuya área metropolitana tiene una población de 1.245.000 habitantes. Más allá de las murallas de la ciudad se extienden decenas de barrios, la mayoría de los cuales no son demasiado recomendables para los visitantes. En algunos, más alejados, no entra ni la policía: sólo el Ejército.

La culpa de la inseguridad la tiene, claro, la miseria, aunque no solo porque he visto mucha más en India y nadie levantaba la mano para robar ni una manzana. De la resignación india ya hablé hace casi tres años -y probablemente volveré a hablar en unos días- pero hoy hablaremos de la pobreza, sin más. Puesfijate que después de ver algunos pueblitos miserables en los alrededores de Cartagena me quede reflexionando sobre una evidencia. ¿Por qué casi todos los países que se encuentran entre los dos trópicos están atrasados y las naciones desarrolladas están en las zonas templadas del planeta?

Descartemos la explicación de la raza. Hoy gobierna el país más desarrollado del mundo un afroamericano y está demostrado que un negro, un blanco o un indio son genéticamente casi idénticos. Tampoco creo que se deba a la colonización, pero aunque así fuera tendríamos que preguntarnos por qué los países del norte tuvieron más fuerza para sojuzgar a los del sur. Creo que el clima ha tenido mucha más influencia en este fenómeno que cualquier otra variable. En primer lugar, porque con 35 grados y una humedad extrema como tienen en Cartagena apetece mucho menos trabajar que en un ambiente fresco. Pero sobre todo porque en un país cálido necesitamos mucho menos para vivir. No hace falta tener una casa de paredes sólidas, ni un armario bien surtido con ropa de abrigo, ni comer en exceso para acumular calorías. Los hombres que poblaron las zonas frías, en cambio, tuvieron que desarrollar por pura necesidad culturas mucha más productivas.

El argumento, probablemente simplista ya lo sé, es reversible. Hay más pobres en el trópico pero en el fondo son menos miserables que los que viven en los países ricos. Lo dijo Camus en una cita que no he encontrado, pero que avala la buena memoria de mi madre: los mendigos en Argel le daban mucho menos pena que los de París. Allí podían dormir casi al raso, vestirse con cuatro trapos, comer un pez capturado por ellos mismos en la playa... En la capital francesa, en cambio, el frío, y la sociedad que éste ha contribuido a modelar, convierte a los sin techo en seres muchísimo más vulnerables.

No voy a hacer un elogio de la pobreza pero les aseguro que no me importaría volver al trópico sin ninguno de los lujos de que disfruté en mi último viaje. Dormir en una hamaca, comer en los restaurantes de barrio y matar el día con esos pequeños placeres que siguen siendo gratuitos: darme un baño en el mar, tomar el sol, pasear, sentarme en un banco a ver pasar a la gente y jugar al ajedrez en las plazas. Para unos días, sólo para unos días, me parece todo un planazo.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Minutos

Minutos y esta vez no musicales. Pido perdón por mi ausencia de la blogosfera durante exactamente un mes: he estado de vacaciones. Cogiendo fuerzas para el trabajo, aunque ya me he dado cuenta de que todo el descanso del mundo no aguantan 72 horas al ritmo de una redacción. También me han pasado cosas: he pontificado sobre periodismo digital en Cartagena de Indias (Colombia) y he estado a punto de quedarme cojo en el Camino de Santiago. Y sobre todo hay cosas que me han llamado la atención y que espero poder contar en los próximos días en este espacio que tengo tan abandonado.

Decía que minutos y esta vez no musicales. Después de pasar ocho días en Cartagena de Indias y dos de ellos impartiendo un curso de periodismo digital supongo que lo suyo sería hablar de los encantos de una de las ciudades más bonitas de América o elucubrar sobre el futuro de la web en plan gurú junior . Pero no, voy a hablar de una de las cosas que más me llamó la atención en Colombia. Por su singularidad, ingenio y omnipresencia: el negocio de los minutos. Pero no se preocupen los amantes de temas sesudos, que no descarto hablar más adelante de las murallas de la ciudad o de Simón Bolívar.

Verán, en Colombia, como en España, hay varias compañías telefónicas. Cada una tiene sus propias tarifas y cada una aplica una táctica común: cobrar a sus clientes un precio mucho más elevado cuando se llama a un móvil abonado a la competencia. Puesfijate que los colombianos han encontrado un método sencillo de burlar este inconveniente. Proliferan por las calles de las ciudades -yo los he visto en Cartagena, pero me juran que están por todo el país- unos sencillos tenderetes callejeros compuestos a menudo por sólo tres elementos -una persona, una silla donde esta se sienta y varios móviles destartalados donde apenas se adivinan los números- y acompañados habitualmente de un cartel que anuncia Minuto Celular o sencillamente Minutos. Los puestos más complejos tienen también una mesita para apoyar los teléfonos con un cajón para los cambios.

El negocio, no se si lo han adivinado, consiste en lo siguiente: si tengo que llamar a un amigo que pertenece a otra empresa, en vez de hacerlo de mi móvil, me acerco a un puesto de minutos y lo hago desde un teléfono de su misma compañía -tienen un aparato de cada una. El tipo me cobrará más de lo que cuesta la llamada -lógico, tiene que ganar algo- pero menos de lo que me valdría hacerla a mí. Pero el negocio es aún más redondo, según me cuenta mi buen amigo y ayudante para todo el periodista del diario Tiempo Jorge Quintero. Resulta que muchos de esos móviles están dados de alta como teléfonos de empresa, para obtener precios más baratos. Y como sus propietarios no pueden justificar tantas líneas distintas, algunos crean compañías ficticias a nombre de indigentes -a los que dan cuatro pesos- y solicitan a través de dichas empresas nuevos números con tarifas económicas. Según leo, otros incluso falsifican identidades.

La actividad fue ilegal hasta 2006, según leo en este exhaustivo artículo donde explican todo mucho mejor que yo. Pero el Gobierno, siempre según esta fuente, decidió autorizarla dado que vivían de ella nada menos 500.000 personas. La cifra que me parece exagerada si pienso que supone más del 1% de los colombianos; pero no me lo parece tanto si evoco la composición de la fauna urbana de Cartagena. Verán, supongo que los minuteros apenas ganan para comer y que quizá estén controlados por las mafias. Pero hoy, agitado por el ritmo delirante de la redacción he pensado que por una temporada me cambiaría por uno de ellos: sentado en mi silla a la sombrita, dejándome llevar por la legendaria placidez del Caribe, con una cerveza Club Colombia en la mano, cotilleando disimuladamente -por qué no- las conversaciones de todo el barrio mientras veo pasar la vida en una esquina de la ciudad más fascinante de América.

PS: Ah, si fuera colombiano y supiera escribir como lo hacen ahí, emprendería la novela de los minutos. La esbozo: sería la reconstrucción de la vida, de las pasiones, intrigas, amores, celos, amistades, odios de un barrio a través de las conversaciones que escucha un minutero a sus clientes. Toda la vida de un vecindario sin salir de su esquina. Ahí dejo la idea por si alguien se anima.

Foto: Celina Massa