domingo, 22 de mayo de 2011

Una vuelta por Sol

Prometí hace un mes tratar aquí sobre matemáticas no lo he hecho, no soy hombre de palabra. Dejamos ese tema para otro día, pero me siento obligado por dos motivos a escribir hoy, aunque lleve demasiadas horas despierto y mañana me espere larguísimo día de trabajo. Uno es que a 12 minutos de mi casa se está viviendo una movilización singular, una revuelta pacífica de gente que ha conseguido convertir un enorme cabreo en ilusión y que, en cuatro días y sin romper ni un cristal, ha desplazado del escenario a los políticos tradicionales. Y encima, cayendo bien: con excepciones y matices sólo recuerdo una corriente de simpatía tan amplia hacia un grupo de personas en España cuando la selección ganó el Mundial. No creo que yo tenga mucho que aportar a este tema: aterricé de Londres ayer por la noche y casi no he hecho más que trabajar y dormir, aparte de darme dos paseos por la Puerta del Sol. En twitter, en mi periódico o donde uno quiera mirar hay cientos de opiniones y testimonios infinitamente más documentados, ingeniosos o sesudos. Pero me apetecía por puro egocentrismo,: porque dentro de diez o 50 años, cuando recuerde esta revuelta asombrosa me encantará leerlo, aunque sea para reírme de lo que pronostiqué y no fue o para provocarme un ataque de vergüenza ajena. El otro motivo para escribir también tiene que ver con el ego: algunos amigos me han pedido que dé mi testimonio y no he podido resistirme a tal halago.

Me considero un tipo bastante conservador, así que de entrada recelo de las revoluciones, aunque no suene nada romántico. Creo que casi todas han sido bienintencionadas pero algunas han roto más cosas de las que han arreglado y otras han hecho más felices a las generaciones posteriores a costa de amargar a quienes las vivieron, lo cual, si uno es medianamente egoísta, no tiene la menor gracia. Sin embargo, las revoluciones árabes de los últimos meses me han hecho reflexionar desde la emoción que produce ver como un pueblo desarmado derriba a un tirano y me apunto a la teoría de que sin un poco de desorden, sin un mínimo de transgresión, no se pueden cambiar algunas cosas. Si hay un número suficientemente grande de gente de acuerdo con una idea y se moviliza en la dirección adecuada, no hay nada que les detenga salvo una violencia brutal como en Libia o Siria. Y en España, donde nadie va a abrir fuego contra los manifestantes, hay dos cosas en las que estamos casi todos de acuerdo: que cinco millones de parados son demasiados y que hay que regenerar la política.

Creo que el gran éxito de la movilización del 15-M consiste en es muy concreto en cuanto a sus demandas y muy poco concreto en cuanto a sus propuestas. A ver si me explico. De un lado, la protesta refleja el cabreo de los ciudadanos por esos dos asuntos de los que hablábamos hace un momento: el desempleo y la salud de nuestra política, dos temas en los que estamos de acuerdo el 90% de los españoles. Ahí el tiro está centrado. Es cierto que si hablas con la gente acampada unos te dirán que les gustaría que abolieran de la Ley de Partidos, otros piden el cierre de las nucleares, otros la derogación de la Ley de Extranjería. Pero el movimiento muy acertadamente no ha hecho bandera de ninguno de estos temas, más allá de lo que cada individuo quiera gritar. Porque en esas cuestiones el consenso es muchísimo menor y se trata de atraer al mayor número de gente posible en torno al mínimo común denominador. A favor de derogar la ley de Extranjería hay bastante gente, pero, me temo, quizá encontremos más partidarios de endurecerla. Pero ¿alguien se opone a que la gestión de nuestros cargos públicos sea más transparente? La otra clave del éxito del 15-M se la debo a mi querido primo Andrés, intenso revolucionario y delicioso compañero de tertulia, que quizá se la deba a su vez a este artículo que puede pincharse aquí: los manifestantes no han hecho propuestas concretas de cómo arreglar las cosas. Y quizá no deban hacerlas. Como dice Roger Senserrich en el artículo, nosotros solo estamos cabreados y decimos por qué. Y les toca a ustedes, los políticos arreglarlo.

¿Quiénes se están manifestando? Sobre esto se han escrito quinientos artículos y muchos llegan a la conclusión de que hay de todo, en parte porque es verdad y en parte porque los periodistas, cuando escribimos un artículo así, buscamos que haya de todo y no paramos hasta encontrarlo: chavales con buenos trabajos, parados de larga duración, jubilados, clase medias, bajas, altas, una gran masa perroflauta y hasta medio pijos -pijos del todo yo creo que no. Es cierto que este mediodía en Sol había gente de toda condición incluidos muchos curiosos y muchísimos reporteros con dificultades para no entrevistarse los unos a los otros. Pero sí es cierto que hay una base importante de jóvenes que ya estaban organizados en movimientos sociales de izquierdas y que habían participado con menos éxito -por esgrimir demandas más amplias y lanzar propuestas más concretas- en esas protestas que antes se llamaban antiglobalización. Esto es evidente en la organización extraordinaria de la acampada en Sol, con comisiones de encargadas de la limpieza -la plaza está más decente que antes de la movida- de abastecimiento y hasta de defensa legal que la convierten en una pequeña ciudad. Estos grupos, que no me son particularmente próximos, no están manipulando la protesta como algunos sugieren -al menos hasta hace dos horas que pasé por allí. Simplemente aportan su knowhow, sus conocimientos organizativos a cambio de que parte de sus reivindicaciones -esa pequeña e importante parte en la que por ejemplo coinciden conmigo pero no todas, porque si no ahuyentarían a la gran masa simpatizantes- tenga una difusión extraordinaria.

Ante este panorama a los políticos no les queda más que espabilar. Para lo del paro cada uno tiene su fórmula y no va a cambiar. Estoy seguro de que determinada derecha tradicional cree honestamente que la mejor manera de combatir el desempleo es flexibilizar el despido y bajar los salarios y que así a la larga saldremos todos beneficiados -eso me enseñaron, por ejemplo, en la Universidad como dogma de fe. La izquierda más ortodoxa propondrá subir los impuestos y proteger a los trabajadores, aunque pongan el grito en el cielo algunos empresarios. Pero estoy seguro que en cuanto a la regeneración democrática podemos ponernos más de acuerdo. No domino el tema pero estoy seguro que pueden aprobarse leyes para que la gestión de los dineros públicos sea más transparente o establecer más controles a nuestros representantes: hace poco vimos las bochornosas imágenes de varios eurodiputados que se limitaban a fichar para cobrar unas dietas. No creo que todos los políticos sean unos sinvergüenzas, no desde luego los que yo conozco. Es más, creo que en general cuando se lanzan al ruedo la mayoría lo hacen animados por intenciones altruistas. Pero precisamente por eso ellos deberían ser los primeros en establecer controles que impidan determinadas tentaciones.

La reforma electoral es más delicada: ningún sistema es perfecto. Israel, donde se da una correlación casi exacta entre votos y los diputados, porque se eligen en circunscripción única, es un país difícilmente gobernable donde los gabinetes a menudo están en manos de partidillos ultraortodoxos que con muy pocos votos se hacen los amos del cotarro. En Francia o Reino Unido es virtualmente imposible que un partido pequeño llegue al Parlamento. El problema del sistema español no es la Ley D'Hont, como se repite machaconamente, es la circunscripción por provincias, algunas de ellas poco pobladas, que convierte en inútil el voto a las pequeñas formaciones en casi todo el país. Me parece bien que los sorianos estén un poco sobrepresentados en el Congreso o que el Hierro con 8.000 electores elija un senador -es más fácil serlo casi que llegar a delegado de curso en algunas universidades- pero habría que reservar un número de diputados elegidos a nivel nacional para repartirlos entre todos los partidos de forma proporcional: de esa manera se perderían muchísimos menos votos.

No voy a hacer pronósticos sobre el resultado electoral de la jornada de mañana, aunque creo que no fallaría. Prefiero recordar, para cuando lea esto con nostalgia o vergüenza dentro de unos años, lo que he sentido, para mi sorpresa de tipo conservador, recorriendo esta noche la Puerta del Sol: un aire muy fresco de libertad, buen rollo y respeto al vecino de al lado. Quizá sea la primavera o quizá un cambio climático.

Foto: Sas-Click (Flicker)

martes, 19 de abril de 2011

Minutos musicales: Kuhlau

Creo que desde que abrí este blog hace cuatro años nunca había pasado tanto tiempo sin escribir. Pero verán, tengo excusa porque he estado haciendo, a ratos, una cosa estupenda: lo que me daba la gana. Y encima se supone que estaba trabajando. Tengo muchas ganas de contarles esta magnífica novedad porque creo sinceramente que habrá gente a la que le interese pero es tardísimo. Así que lo dejo para otro día de esta semana -ya no me puedo echar atrás- y para no quedar como un vago total les ofrezco esta interpretación al piano.

Las conclusiones son las de siempre: no progreso demasiado pero, y esto es lo importante, tampoco olvido lo que ya había aprendido. El concierto de hoy incluye un tema clásico, el segundo movimiento -cantabile- de la segunda sonatina de Fiedrich Kuhlau. Hay algunas pifias, aún no le doy al pedal y pierdo el ritmo. Pero en el lado positivo, los vecinos aún no me han denunciado, sólo necesité tres tomas para grabar el ensayo y esa tarde no llovió. Hasta pronto.

sábado, 5 de marzo de 2011

Nuestro 23-F

Llevo casi un mes sin escribir y regreso al blog con un post que debería haber escrito hace 11 días, ustedes disculpen tanta desidia. Hoy voy a hablar del 23-F, o sea, del golpe de Estado del 23 de febrero del 81, del cual se han cumplido 30 años. Y como soy un tipo nostálgico al que le gusta hurgar en la memoria y aunque a ustedes no les importe un bledo les voy a contar lo que recuerdo de aquel día, ahora que se ha puesto de moda contar dónde estábamos cuando pasó un acontecimiento histórico (estupendo el Eskup de Jacinto Antón). Ya sé que no soy Carrillo, ni estaba haciendo la mili en Valencia ni mi padre era concejal socialista y tuvo que cruzar la frontera pero igual alguno de mi generación se siente identificado y hasta le hace gracia.

El 23-F no fue el gran acontecimiento que marcó nuestra infancia. Creo que fue mucho más significativo el Mundial de Naranjito, que nos inoculó un sentimiento trágico de la vida -nunca tantas expectativas quedaron frustradas con mayor ridículo- luego redimido en parte con el 12-1 a Malta. Es normal: un niño entiende perfectamente lo que es un campeonato de fútbol, puede coleccionar los cromos, seguir los partidos, pero es difícil que comprenda lo que es un golpe de Estado: de hecho la mayoría de nosotros escuchó entonces aquella expresión (golpe de Estado) por primera vez.

Por eso no entendíamos lo que estaba pasando. De aquella tarde tengo flashes, que ya no sé si recuerdo o recuerdo que recuerdo: mi abuelo que llegaba de la escuela muy preocupado, la radio que ponía música militar y mi hermana Dácil y yo que nos fuimos a la cama con la impresión de que estaba pasando algo muy grave que no podíamos entender ni los mayores no podían explicar. No nos dormimos hasta que, después del discurso del Rey, mi madre -la recuerdo al otro lado del pasillo, nosotros debíamos estar levantados- nos dijo: "Tranquilos no pasa nada". Así que nos tranquilizamos sin saber aún muy bien por qué antes estábamos nerviosos.

Al día siguiente fui al colegio pero nos pasamos el día jugando y charlando porque casi todo el mundo se quedó en casa. Recuerdo vagamente que la señorita Rosi, nuestra tutora de aquel año -tercero de EGB- nos intentó explicar en clase lo que había sucedido. Al final lo medio entendimos y a mí me pareció tan interesante -desde el punto de vista histórico, no es que me volviera golpista- que me dio por hacer una adaptación teatral de aquel acontecimiento. Sí, no es por presumir, pero una de las primeras obras de ficción basada en el 23-F la escribió un servidor en una hoja por delante y por detrás.

Con todos objetos inútiles que se amontonan en mi casa me parece increíble haber perdido el guion. No sé, tal vez esté por algún lado, tengo que ir a Tenerife con tiempo y registrar a fondo los armarios en busca de tesoros como ese. No lo conservo, aunque recuerdo perfectamente cómo era: un folio que mi madre pasó a máquina y luego multiplicó -creo que no se había inventado la fotocopiadora- con una cosa que manchaba muchísimo y que se llamaba cliché. Don Dionisio, profesor emblemático de mi infancia, reencontrado recientemente, al que debo tantas cosas y de quien escribiré pronto en este blog, hizo una crítica contundente de la obra. En la primera cara de la hoja escribió "muy agudo"; y en la segunda, "muy obtuso". Del reparto recuerdo a Alejandro en el papel de Tejero (se puso un tricornio que no sé de dónde sacó); Gaby hacía de guardia civil; Mariano de Suárez y yo de Felipe González. Es posible que Panchi fuera Fraga, pero no puedo confirmarlo. No había ni una chica en el elenco: hay que decir que tampoco las había en el Congreso.

La obra se representó con gran éxito, modestia aparte, en nuestra clase y en otras muchas del colegio y, si no recuerdo mal, el día de fin de curso. La pena es que no hay una puñetera foto del evento. Alguna vez he criticado cómo hoy día la gente va por ahí sacando fotos y vídeos de cualquier cosa y casi no se enteran de lo que están viendo. Si hoy unos niños hicieran una representación como aquella habría 20 padres grabando con cámaras o con el móvil y en un par de horas la obra estaría en Youtube. Pero se ve que entonces no teníamos tanto afán de inmortalidad, o no considerábamos lo importante que sería para nosotros en el futuro algunos recuerdos del pasado.

Y sí, lo son. Creo que aquella obra es una de las cosas de las que estoy más orgulloso. A algunos les puede parecer pueril, pero forma parte de esos acontecimientos más o menos banales cuyo valor sentimental crece con el paso del tiempo. Rafael Azcona, el mejor guionista que ha dado el cine español, aseguraba que el momento más feliz de su vida no había sido escribir el texto de alguna exitosa película, o recibir un premio -nunca iba a recibirlos. El momento del que más se enorgullecía ocurrió una tarde en Roma en la que, armado con un paquete de 500 folios, había empezado a hacer avioncitos de papel que luego arrojaba contra la Embajada de Estados Unidos. El climáx llegó cuando después de gastar 200 hojas, consiguió que uno de ellos sobrevolara durante 17 minutos el edificio. Como ven, los momentos más felices no tienen por qué ser muy sofisticados. De hecho a veces son tan insignificantes en apariencia que olvidamos grabarlos o fotografiarlos y hacernos así un regalo para el futuro.

lunes, 7 de febrero de 2011

El placer de regalar

Un tema habitual en este espacio es reflexionar sobre lo que queda en nosotros de los niños que fuimos. En general llegamos a la conclusión de que los años apenas nos hacen cambiar más que los detalles y que lo sustancial permanece. Pero hoy voy a hablar de un tema en el que, al menos yo, he notado un cambio radical, no sé ustedes. De niño me encantaban que me regalaran cosas pero de mayor me he dado cuenta de que regalar puede ser una actividad mucho más satisfactoria. No por el típico rollo moralista de que es mejor dar que recibir, como pone en las postalillas estas que venden en las papelerías con el payaso al que se le cae una lágrima, sino porque currarse un regalo, encontrar el objeto exacto para la persona que queremos y confirmar, por la cara que pone, que hemos acertado, es uno de los mayores placeres de la vida, como despertar en medio de la noche pensando que va a sonar el despertador y descubrir que aún quedan cuatro horas de sueño, o quitarnos los calcetines y rascarnos por donde apretaba la goma.

Regalar sí, pero no cualquier cosa. El año está abarrotado de fechas en las que es obligatorio hacerlo: cumpleaños y a veces el santo, los Reyes y ahora también Papa Noel, San Valentín (¡horror!), el día del padre, de la madre, de los abuelos, del amigo (aquí empieza a celebrarse, yo me iba a arruinar con los 525 que tengo en Facebook) y supongo que hasta del consuegro. Según una leyenda extendida todos esos días los inventó el Corte Inglés pero en países donde no opera esta empresa se conmemoran festividades aún más pintorescas. En este calendario argentino, totalmente agujereado de "fechas inolvidables", proponen celebrar por ejemplo el día del redactor publicitario (15 de febrero), del visitador médico (26 de mayo), del trabajador gastronómico (2 de agosto), del animal (26 de abril) o de la suegra (debería ser el 29 de febrero pero es el 26 de octubre).

O sea, que nos pasamos el año regalando por obligación y al final eso provoca que compremos cosas porque sí o que recibamos paquetes absurdos adquiridos cinco minutos antes para quedar bien. Pero el espíritu debe ser otro. A mí se me puede pasar comprar un regalo a mis hermanas por su cumpleaños pero tres meses después, sin venir a cuento, encuentro algo, un objeto, que me dice, como mirándome a los ojos: "Es que soy ideal para Bea". Y claro, lo compro, o lo archivo mentalmente a la espera de que llegue una de esas fechas del día del compadre o de la madrastra en que tenga sentido regalarlo -en argot periodístico diríamos, en que haya "percha" para hacerlo. Percibir que encontramos un regalo exacto para alguien es una sensación preciosa porque supone haber hecho el esfuerzo de meternos en su piel -empatizar- y de sentir dentro de esa piel el cariño que le tenemos. Y aunque nos equivoquemos o el resultado no sea tan redondo, al menos el obsequiado notará que lo hemos intentado.

Como todo el mundo, por las prisas y los compromisos, no siempre encuentro el objeto idóneo, la mayoría de las veces me tengo que conformar con uno simplemente adecuado y en ocasiones compro cualquier cosa, no voy a ir ahora de exquisito. Pero estoy particularmente orgulloso de un regalo que hice hace unos meses a una compañera de trabajo, fan desquiciada de Diego Forlán. Le compré las memorias del jugador uruguayo -en cuya portada aparece luciendo la tableta de chocolate que es en realidad lo que a mi amiga más le interesa del individuo- y le pedí a un colega que cubre el Atlético de Madrid que se lo llevara a firmar. Pero no con una dedicatoria cualquiera, si no con una que incluyera la palabra "tenaz", expresión que mi compañera, de origen venezolano, no deja de repetir en el trabajo. La cuestión es que el libro no pudo estar para su cumpleaños pero insistiendo un poco al jugador conseguí exactamente lo que quería. El libro quedó rubricado con el siguiente texto: "Para María José, mi admiradora más tenaz. Diego Forlán". No creo que a mi amiga le importara que llegara tres meses tarde.

Meto todo este rollo porque el otro día recibí un regalo tan perfecto que me hubiera gustado hacerlo a mí. Me lo envió una amiga y cuando quité el envoltorio solté una carcajada tremenda aunque no acostumbro a reírme con estruendo. Porque el contenido era "muy mío", "muy yo", o sea, parecía elegido por alguien que se había metido en mi cabeza para escoger exactamente algo que me tocara una fibra emotiva y muy personal. El regalo es el machanguito que aparece en la foto de la izquierda, un click de Playmobil, icono de nuestra infancia, entregado al piano, pasión a la que con dificultad he intentado incorporarme de mayor. Un muñequito un poquillo siniestro, de aires draculescos, con su instrumento de cola en el que suenan dos melodías y su candelabro, pero entrañable, que cuando salió me sonrió sabiendo que había ido a parar a las manos adecuadas.

Bueno, ya lo saben: no se sientan nunca obligados a regalarme nada. Pero si encuentran un objeto ideal para mí y quieren comprarlo, robarlo o fabricarlo, háganlo por favor. Nací el 4 de diciembre, mi santo es el 20 de agosto, celebro Navidad y Reyes, soy hijo, hermano, sobrino, primo, amigo, cuñado, periodista, profesor, aprendiz de músico, futbolista en mis ratos libres, cantante de piano-bar, bloguero, twitero, facebookero, chicharrero, de Teruel, de Busto de Bureba, del Real Madrid... así seguro que encuentran cientos de fechas al año como excusa para darme eso que han encontrado y que les parece tan apropiado. Y yo haré lo mismo con ustedes.

miércoles, 26 de enero de 2011

Un actor de carácter


He debutado como actor. No creo que me vayan a dar el Goya por ahora pero estoy bastante orgulloso del asunto. Verán, querían rodar un anuncio para promocionar el periódico -el que sale cuando pinchan ahí arriba- y eligieron los actores entre los periodistas. Mis hermanas, que me quieren o me hacen la pelota, dicen que me escogieron por guapo y les dejo que se hagan la ilusión. Pero la verdad es que tengo buenos contactos en márketing, donde hicieron el cásting. En el colegio mayor me dieron un consejo de oro: no importa tanto que te lleves bien o mal con el director pero sé siempre amigo del de la puerta y del de la cocina. Así he hecho en todos los sitios, también en el periódico. Pero aquí he añadido un tercer aliado necesario: la gente de markéting, un departamento lleno además de personas estupendas. Y me ha servido: para estrenarme ante la cámara bajo la dirección de Nacho Vigalondo, el tipo del pijama en el spot, que ha sido candidato al Oscar con un corto.

Gente que ha hecho carrera de éxito en el cine ha arrancado con papeles no mucho más lucidos. Obsérvese en el vídeo de abajo el primer papel -con frase- de Harrison Ford en una peli de 1966 que en España se llamó Ladrón y Amante. Mi "va a haber una rueda de prensa" no tiene nada que envidiar a su martilleo preguntando por el señor Ellis. Lo que sí reconozco es que, además de por buen actor, a él quizá sí le pillaron por guapo.



No tengo una gran vena artística, aunque de pequeño sí me gustaba hacer obras de teatro. Pero más como guionista y director que como actor. En 1981, hace 30 años, preparé en el colegio una representación sobre el golpe de Estado del 23-F. He perdido el guión, que mi madre multiplicó con aquello del cliché, porque no había fotocopiadoras, pero recuerdo que era una sola hoja. En una cara Don Dionisio, nuestro profesor de entonces, de quien prometo hablar pronto, escribió "muy agudo". Y en la otra: "Muy obtuso". Yo hacía de Felipe González y, modestia aparte, la obra tuvo un gran éxito: se representó en varias clases siempre entre aplausos. También montaba pequeñas obras con mis hermanas y con todo el que pescaba despistado para divertir a las visitas que venían a casa. El resultado fue que al poco tiempo mis padres se quedaron sin apenas vida social. Tampoco les importó mucho, son gente de costumbres apacibles.

Tres décadas después he vuelto a disfrutar con este mini papel. Podría decir que me da mucha vergüenza -lo cual es cierto, no me he podido ver más que una vez-, que lo hago fatal -que creo que no-, que ha sido una encerrona... pero a ustedes no les puedo mentir. Estoy orgullosísimo de que mi madre me pueda ver en la tele y de presumir ante mis 521 amigos de Facebook -el día que haga limpia se van a enterar- de mis tres segundos de fama. Lo único que no me agrada de este anuncio que he rodado es pensar que hay un montón de actores y actrices en el paro, buscándose la vida, matándose por trabajar en papeles tan sencillos como el que me han dado. Lo digo de verdad, me parece una estafa usurpar un trabajo que no es el mío, para el que no estoy preparado y que es muchísimo más difícil de hacer de lo que parece.

A ellos les pido disculpas por mi intrusismo. Y a los televidentes que me hayan visto también les pido disculpas por colarme en su casa sin avisar. La próxima vez prometo tocar a la puerta.

lunes, 17 de enero de 2011

Mujeres de vida alegre


Uno de mis propósitos de Año Nuevo fue escribir más en este blog. Como el resto de propósitos, no lo estoy cumpliendo, pero hoy haré una excepción. Sé que prometí un post sobre Benarés hace tres meses pero tendrá que esperar. Porque voy a hablar de un sitio más cercano, de una casa que está en la calle de Alcalá, en Madrid, y de un cartelito que tiene en la puerta.

Decir que uno vive en la calle de Alcalá es no decir nada porque la vía -la antigua carretera hacia Alcalá de Henares tiene 800 números que van desde el palacete que forma con Gran Via la esquina más cara de España hasta casitas bajas pasado Ciudad Lineal que juguetean con la demolición. En una de estas vivendas modestas, cerca del metro de Suanzes, encontré este letrero en la puerta. No se ve muy bien, poque la barra tapa siempre un trozo, pero dice algo así: "Aquí ya no viven mujeres de vida alegre. Aquí vive una familia, así que tengan un respeto".

Me imagino, por el cabreo que transmite el letrero, que esta familia habrá tenido que soportar a más de un noctámbulo borracho aporreando la puerta en busca de un burdel. Se comprende, pues, el mosqueo. Lo que no entiendo, por mucho que se use habitualmente, es la expresión "mujeres de vida alegre". O mejor dicho, la entiendo pero me deja pensando.

Las mujeres han estado secularmente supeditas al hombre y hasta el siglo pasado no se produjo, parcialmente y sólo en algunas zonas del planeta, una liberación femenina, sin duda el gran fenómeno sociológico de las últimas décadas y uno de los más importantes de la historia porque trajo la mayoría de edad a la mitad de la población. Hasta entonces las mujeres llevaban una vida bastante más dura que la de los hombres. Podemos idealizarlas pero ninguna chica actual soportaría más de una semana la vida de su bisabuela, salvo que hablemos de una bisnieta de la duquesa de Alba.

Entonces, quizá con un punto de envidia disfrazada de moralidad y mezclada con ignorancia disculpable, se entendía que alguien hablara de esas "mujeres de vida alegre". Pero hoy sabemos que, ahora y también antaño, pocas mujeres han tenido en general una vida más triste que a las que se refiere el cártel. ¿Mujeres de vida alegre? Ojalá lo fueran todas, en el sentido literal del término. Y hombres de vida alegre y niños de vida alegre... No sé, tal vez el letrero lleve ahí desde el siglo XIX.

sábado, 1 de enero de 2011

Feliz 2011

Un fragmento de la marcha Radetzky para dar la bienvenida al año. Para mí 2010 ha sido estupendo pero no encuentro mucha gente a mi alrededor que opine lo mismo. Así que les deseo un 2011 tan feliz como lo fue para mí el año que concluye.

Entre mis propósitos de Nochevieja está tomarme en serio la música y practicar muchísimo más. Lo conseguiré. En 2010 demostré que tengo una sólida fuerza de voluntad: dejé de morderme las uñas de un día para otro después de treinta y tantos años de vicio. Así que lo del piano va en serio. Lo siento por los vecinos.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Milagro en Milán

La televisión cambió mucho cuando hace 20 años se abrió a las cadenas privadas y ahora, con la TDT, el panorama está sufriendo un nuevo meneo. Nada que nos entusiasme: cuantos más canales sintoniza uno -salvo que pague- peor es de promedio lo que ve. Como si el talento se diluyera entre tanta cadena. Tampoco hay mucha imaginación. Cuando yo era pequeño, y de eso hacen ya unas décadas, todas las Navidades echaban ¡Qué bello es vivir! de Frank Capra y Un mundo de fantasía, el título en español de la versión de Charlie y la fábrica de chocolate rodada en 1971. Una película que recordaba en blanco y negro y ahora buscándola en Youtube resulta que es en color: obviamente lo que era en blanco y negro era mi televisor.

La de la fábrica de chocolate la recuerdo por una canción muy pegadiza que decía algo así: "dumba, dumba, dumba, dibú, si fueras sabio, sabrías tú". Y sé que no la he soñado porque encuentro una (¡sólo una!) referencia en Google a la cancioncita: la debe de haber puesto otro nostálgico. Ésta de Un mundo de fantasía, digo, no la he vuelto a ver en la tele pero la de Capra nos acompaña todas las Navidades, todas sin excepción. A mí me sigue gustando y no me quejo de que la echen: transcurre en esta época del año, gusta a toda la familia, es la quintaesencia del buenrollismo y en caso de náuseas hay otras cadenas a donde huir. Pero añado que si lo que quieren es echar en estos días películas bonitas, para todos los públicos y que transmitan valores que no caduquen el 8 de enero, podían darse una vueltecita por la historia del cine. Podían acordarse, por ejemplo, de un clásico tan maravilloso como Milagro en Milán, de Vittorio de Sica. Yo me acordé y la vi esta noche con mis padres. En DVD, naturalmente.

Milagro en Milán es una fábula para adultos escrita al estilo de los cuentos de hadas de nuestra infancia. O sea, que no es una historia para los que ahora son niños -aunque también pueden disfrutarla- sino más bien para los niños que fuimos. El arranque es tristísimo: una anciana recoge un bebé que se encuentra en su huerta y lo cría como a su hijo. Al morir la señora al pobre niño lo internan en un orfanato, donde se educa hasta que se hace adulto y puede salir a enfrentarse con el mundo. Y el mundo que se encuentra resulta la ser la Italia de la posguerra. Un sitio horroroso donde lo único bonito parecían ser algunas mujeres como Sofía Loren, que encima no sale en la película. La inocencia del protagonista se estrellará desde el primer minuto con una ciudad áspera donde -les parecerá una tontería pero a él le entristece- "buenos días" no quiere decir "buenos días". Como en casi ningún sitio, si reflexionan un poco.



El pobre hombre acaba viviendo en un barrio de chabolas donde los mendigos se pelean por un rayo de sol, un terreno mísero codiciado encima por unos ricachones con sombrero de copa, como los de los colorines de Carpanta. ¿Espabilará Totó e intentará pisar otras cabezas antes de que pisen la suya? ¿Se convertirá en cínico, en un delincuente para sobrevivir? Nada de eso. Con un entusiasmo sin fisuras, una empatía extraordinaria, una bondad absoluta -también existe, como el amor absoluto- y cierta ayuda sobrenatural logrará convertir el poblacho en una utopía solidaria. No les voy a seguir contando la película -¡véanla!- pero les adelanto que su final me parece uno de los más bonitos de la historia del cine que conozco.

Milagro en Milán fue premiada en Cannes en 1951, un par de años antes que ¡Bienvenido Mr Marshall!, y me atrevería a decir que Berlanga se inspiró en ella en una de sus escenas. Cuando los habitantes de Villar del Río se arremolinan para encargar una cosa -¡una sólo por persona!- a los americanos continúan la cola que encabezaban los pobladores de las chabolas de Milán para pedir un deseo a cierta paloma mágica. La diferencia es que en la película italiana, esos deseos sí se hacían realidad... pero tampoco voy a seguir contando por ahí la historia.

De Sica es más conocido por otra obra anterior, El ladrón de bicicletas. Es una grandísima película ambientada también en el espanto de la posguerra, con un trasfondo igual de triste que el de Milagro en Milán pero con una visión mucho más amarga. De la primera uno saldría del cine circunspecto; de esta última saldría con una sonrisa. Yo personalmente no sé por qué El ladrón... está considerada mejor película que Milagro... Sí, ya sé, el pesimismo está más prestigiado que el optimismo. Y algunos añadirán "no es pesimismo, es realismo" (neorrealismo, en este caso). Pero si se fijan, después de esos negros años 40 la historia de Italia, pese a la corrupción, a la mafia y a las brigadas rojas, ha tenido más de milagro que de otra cosa. Los italianos y otros europeos occidentales como los alemanes, franceses o ingleses que nacieron en los años horribles en que se rodaron esas películas han tenido la suerte de vivir luego un periodo de paz, prosperidad y democracia sin parangón en ninguna época ni lugar. Así que después de todo, puede que los prodigios existan. Yo últimamente estoy casi seguro de que sí. Y de que no hace falta ir a Milán para encontrarlos.

sábado, 4 de diciembre de 2010

38

Hoy me han caído 38 años y lo he celebrado de milagro en Tenerife, donde aterricé ayer más o menos a la hora a la que se cerraba el espacio aéreo español por la huelga de controladores. Pero hoy no hablaremos de conflictos, ni de estados de alarma, sino de mi cumpleaños. Diremos entonces que el día en que nací la Tierra estaba en el mismo sitio que hoy y que en este tiempo ha girado exactamente 38 veces alrededor del sol. No es para marearse pero sí para afirmar que uno ya ha dado en esta vida bastantes vueltas. Por lo menos, bastantes alrededor de una estrella.

Como es casi tradicional, como hice con el 36 y el 37, hoy hablaré del número protagonista del día, el 38. Al 38 podríamos definirlo como una cifra discreta, sin afán de protagonismo. No tiene el aura aristocrática de los números primos y sólo tiene tres divisores además de sí mismo -el 1, el 2 y el 19- lo que lo convierten en un compuesto poco vistoso. Por decir algo mínimamente curioso de él destacaremos que es la suma del cuadrado de los tres primeros primos (2x2+3x3+4x4=38) si excluimos al uno. También es el número par más alto que no puede escribirse como la suma de dos números compuestos impares. Como ven, peculiaridades un tanto rebuscadas que hacen que nuestra cifra pase bastante desapercibida en el fascinante universo matemático.

En otros campos, el número 38 se presenta, lo siento, como una cifra conflictiva y hasta siniestra. El 38 es el calibre de muchísimas armas de fuego: pongan el numerito en Google y busquen imágenes y verán la cantidad de pistolas que le salen. Particularmente conocido es la munición 38 Smith & Wesson especial, de la que se habla en la canción aquella de Pedro Navaja, de Rubén Blades. Creo que una bala de esas mataron a John Lennon, entre otros. También da nombre a una de las fronteras más conflictivas de la Tierra, tristemente de moda en las últimas semanas: el paralelo 38, que divide a las dos Coreas. Y buscando los acontecimientos acaecidos en el año 38 el más destacado me parece también algo macabro: el martirio de San Andrés que agonizó durante tres días en una cruz en forma de aspa mientras seguía predicando la religión, que ya es tener humor. Para remate, leo en la Wikipedia, pero tengo que confirmarlo con mi compañera Cecilia Jan, que en Taiwán llamar a alguien "38" es decirle imbécil a la cara. Y curiosamente es el número atómico del estroncio, un elemento que suena muy parecido a stronzo, idiota en italiano. La 38 también es la talla esa que obsesiona a tantas mujeres, con efectos a veces devastadores para la autoestima...

¿Algo bueno que decir del numerito? Claro que sí. El 38 ha traído suerte a mucha gente, aunque también la ruina a otros: es el número de casillas de la ruleta americana, donde se juegan los números del 1 al 36 pero incluye también el cero y el doble cero. También nos ha salvado la vida a todos: 38 son los grados a partir de los cuales podemos decir técnicamente que tenemos fiebre, ese mecanismo que nos alerta de que algo no funciona bien en nuestro cuerpo. Por 38 empiezan los códigos postales de esta mi tierra, las Canarias occidentales, y la 38 es la línea de autobuses más frecuentada de Londres, la que une Clapton y Victoria con parada en Picadilly y una cadencia de aproximadamente un minuto en hora punta. También es un número clave en la mitología escandinava, cuyas sagas legendarias están dividadas, en su mayoría, en 38 capítulos y cuyos héroes combaten a las bestias en grupos de 38.

Un cumpleaños suele ser momento de hacer balance. Normalmente uno se agobia por dos cosas: por los años que le van cayendo y por lo poco que los ha aprovechado. Respecto de la primera preocupación creo que cumplir 38 no es aún motivo de zozobra, aunque apunto un detalle inquietante para los muy aprensivos: llegada esta edad sin duda hemos superado ya la tercera parte de nuestra vida, salvo que la medicina haga progresos asombrosos o aspiremos al libro Guiness de los récords. El ser humano más longevo de la historia cuya edad pudo comprobarse con seguridad, la francesa Jeanne Calment, vivió 122 años... y 38 multiplicado por tres son 124.

Pasamos a la segunda preocupación. Si les agobia haber llegado a mi edad -o a otra edad cualquiera- y no haber hecho aún nada destacable en la vida les diré dos cosas. Una, la más importante, es que creo sinceramente que en la vida no hay porque hacer "nada destacable", o mejor aún, que a veces lo más destacable que puede hacer uno son cosas sencillas, como ser un buen padre, un buen amigo, un buen profesional o, en general una buena persona. Pero si de verdad les inquieta "triunfar" en este mundo les comunico que en la historia hay ejemplos y contraejemplos de casi todo. Genios como Mozart o Marilyn Monroe ya lo habían hecho todo a los 38 años... bueno de hecho hasta se habían muerto. Algunos alcanzaron con esa edad la cumbre de su carrera, como Neil Armstrong que tenía mi edad cuando pisó la luna. Otros como Mahoma, y fíjense lo que luego revolucionó el mundo, eran tipos perfectamente anónimos. En su caso, no fue hasta los 40 años cuando empezó a predicar.

Si tengo elegir los 38 años de algún personaje histórico, me quedo con los de Cervantes. A esa edad, tras unos años muy tumultuosos que incluyeron la guerra, el cautiverio y la pérdida de un brazo, el autor de El Quijote publicó al fin La Galatea, su primera obra literaria de cierto volumen y trascendencia. Fue así para Cervantes una edad que dividió su vida en dos, el momento en el que el soldado manco empezó a convertirse en figura universal de la literatura. Por bien que estemos y que repitamos sinceramente eso de "que me quede como estoy" creo que en estas fechas indicadas para la reflexión -cumpleaños, Nochevieja, aniversario importante- uno siempre sueña con que el periodo de tiempo que comienza marque un punto de inflexión en nuestras vidas, para bien o para mejor. Así que ojalá pueda contarles dentro de un año que he publicado mi Galatea personal. De momento, voy a celebrar mi cumpleaños.

Créditos de las dos primeras fotos: chispita_666 y Mega Anorak