lunes, 6 de febrero de 2012

Trosky, calles, prejuicios y tarjetas de crédito

Llevo una temporada sin escribir pero no se crean que es porque no me pasan cosas, me pasan muchas y casi todas buenas. Resulta que en los últimos 15 días he vivido en tres sitios distintos y con tanto ajetreo no he tenido un rato tranquilo para sentarme a escribir boberías. Ahora, tranquilamente instalado en el sofá del departamento que he alquilado por seis meses les cuento dos o tres cositas que me han llamado la atención estos días y que me parecen simpáticas.

Les decía en el post anterior que les explicaría qué lógica ordena la siguiente serie de números 426-590-400-572-382-378-374-532 y les pedía además que no intentaran desentrañarla para que no se rompieran la cabeza. Y es que este enigma no lo resuelve ni mi amigo Adolfo Quirós, portavoz de la Real Sociedad Matemática Española. Y no lo resuelve porque no es un problema de lógica ni de matemáticas, es un problema de que en este país tan maravilloso hay algunas cosas inexplicables como que los números de los portales en algunas calles cambian, saltan, suben de golpe o vuelven para atrás.

La serie de números que les señalaba son los que uno se encuentra en la calle Río Churubusco, en el barrio de Coyoacán, para llegar al número 410, que es donde se ubica la casa museo de León Trosky. Un sitio interesantísimo por cierto, donde el revolucionario ruso pasó los últimos años de su vida escribiendo, dando de comer a las gallinas y esquivando balazos que se quedaron marcados en la pared de su habitación. Lo que no pudo esquivar, y le costó la vida, fue el golpe de piolet que le propinó Ramón Mercader, el espía estalinista que se había ligado a su secretaria para ganarse su confianza.

Un historia fascinante, sí, pero si les parece hablaremos de ella otro día porque hoy estábamos comentando lo difícil que resulta orientarse en algunas -solo algunas, no exageremos- calles de esta ciudad donde los números no parecen seguir ninguna pauta razonable. Y hay otra circunstancia que enreda aún más ese lío. Que mis amigos mexicanos me corrijan: me da la impresión de que a la gente de aquí, de tan amables que son, les cuesta mucho decir que no. Y cuando preguntas por una calle hay gente que prefiere mandarte para cualquier sitio que reconocer que no puede ayudarte. Me lo dijo el primer día el corresponsal de EL PAÍS, Luis Prados, y lo he comprobado: "No te fíes. Si alguien te dice que tal dirección está hacia allá, cuando des 20 pasos vuelve a preguntar".



Pero supongamos ahora que los números de una calle están bien puestos. Y que nuestro informante sabe exactamente a donde nos tiene que dirigir. Pues aún así hay peligro de acabar muy lejos de donde nos proponíamos llegar. Y es que he descubierto que hay alguna calle que se llaman de una manera en la acera (aquí dicen banqueta) de la izquierda y de otra en la de la derecha. Vean este vídeo (el de arriba) que he tomado en la calle Tenancingo... bueno, como ven, Tenancingo o Marta Alpizar, según la banqueta que tome uno. Sí, quizá sea una broma de los amigos de la tal Marta pero los carteles están ahí y seguro que han confundido a más de uno.

Pero para que no sea todo meterme con esta ciudad que me está tratando tan bien les voy a contar una anécdota que demuestra qué injustos son los prejuicios y cómo a veces tenemos miedo de unas cosas mientras descuidamos otras.

Me fui hace unos días a sacar dinero en un banco de una calle céntrica, en uno de esos cubículos de cristal en los que hay dos cajeros automáticos juntos. Yo me puse en uno y observé inquieto que en el de al lado había dos señoras que me parecieron un tanto siniestras. Fuera, apoyados en un coche, les estaban esperando dos tipos que tampoco me gustaron nada. Saqué el dinero un tanto apresuradamente, salí sin mirar demasiado a los sujetos y me encaminé hacia el metro.

De pronto escuché unos gritos a mi espalda. Las dos señoras venían corriendo hacia mí y yo no sabía si correr también o esperar a que aparecieran también los señores de aspecto amenazante y entre los cuatro me asaltaran. Pero no, oiga. Las señoras traían mi tarjeta en la mano: me la había dejado olvidada en el cajero. Y es que aquí uno tiene miedo de que lo atraquen a la salida del banco, y es verdad que hay que tener cuidado, como hay que tenerlo en Madrid. Pero olvida que los cajeros mexicanos, por lo que he visto, son distintos de los españoles: primero te dan el dinero y luego la visa. Y así si te despistas es muy fácil olvidarte la segunda.

Hasta la próxima.

Foto: Toner (Flickr)

lunes, 23 de enero de 2012

Cartelería mexicana

Como me paso el día buscando piso (crucemos los dedos, creo que ya he pillado uno) me paso el día mirando para las paredes. Y casa no encontraré, no, pero divertirme me divierto mucho. Hoy lamentaba estar perdiendo días y días sin leer todos los libros que tengo que leer y sin visitar los museos, los restaurantes o las iglesias de esta ciudad maravillosa cuando me di cuenta de que mirar carteles (los de las inmobiliarias y de rebote también los otros) también es una manera de conocer un lugar. Y que uno puede aprender muchísimas cosas de un sitio por las cosas que sus vecinos cuelgan en sus muros y ventanas. Y ese pensamiento me consoló.

Así que como no tengo grandes cosas que contarles del Castillo de Chapultepec o del Museo Arqueológico les voy a presentar una selección de tres letreros, tres, encontrados por las paredes de esta enorme ciudad. Tres para no aburrirles. Y les voy a otorgar mis medallas personales de oro plata y bronce de la cartelería mexicana.

Ahí van mis favoritos.

Medalla de bronce



Este cartel puede verse en la mayoría de garajes de México DF. Me encanta por su tonillo amenazante ajeno a cualquier corrección política. En España estos letreros dicen "avisamos grúa". Pero aquí parece que consideran más efectivo tomarse la justicia por su mano. Y sí, será menos civilizado pero la ley de la selva es más efectiva. Yo me arriesgaría a dejar mi coche aparcado frente a un párking en Madrid pero en esta ciudad me lo pensaría dos veces.

Medalla de plata



Alfred Hitchock desancosejaba rodar con niños y con perros. Pero nada desanima a este fotógrafo de la calle Arcos de Belén especializado en retratar nenes y nenas, que ya es tener moral. La clave de su éxito: la paciencia del santo Job.

Medalla de oro



A mí este cartel me parece delicioso pero igual es debilidad personal por mi afición a las matemáticas. En el metro de México -que por cierto me da la sensación de que es muy seguro y funciona de maravilla- éste es el letrero que informa de las tarifas. Y uno empieza a leer: "Un billete, tres pesos, dos billetes seis pesos, tres billetes nueve pesos..." Y uno sigue leyendo esperando que al comprar una cantidad mayor de tickets haya alguna rebaja... pero no... "15 billetes 45 pesos... 37 billetes 111 pesos..." y así hasta "50 billetes 150 pesos". No sé si alguien ha comprado alguna vez 50 billetes juntos, pero sí que ya puestos podían haber seguido hasta "20.137.1523 billetes [uno para cada habitante de esta aglomeración urbana] 60.411.4569 pesos".

Para mí que como no hay máquinas expendedoras y en las taquilla se forman colas tremendas las autoridades han decidido que los ciudadanos repasen mientras esperan la tabla del tres. Por cierto, tres pesos son 18 céntimos: el metro es baratísimo. Pero me cuentan que unos carteles -que yo no he visto, y ya es raro- informan o informaban a los ciudadanos del coste real de un viaje en el suburbano (naturalmente muy superior) para concienciar del esfuerzo económico que suponía para la comunidad mantener ese servicio a ese precio. Me parece una idea muy buena para todos los servicos públicos en esta época de crisis: antes de imponer el copago, informar a la gente de lo que cuesta lo que creemos gratis o casi.

Es tarde y me voy a dormir. Otro día les cuento qué sentido tiene la siguiente serie númerica 426-590-400-572-382-378-374-532... (¡ni intenten encontrarle una lógica, no lo lograrán!) y cómo es posible que una calle se llame de manera diferente en la acera (aquí dicen banqueta) de la derecha y en la de la izquierda. Buenas noches.

lunes, 16 de enero de 2012

Periodistas que se lo creen

Sí, sigo aquí, no he perecido víctima de la maldición de Moctezuma. Hoy quería enseñarles un montón de carteles simpáticos que he encontrado por las calles del DF pero voy a dejar los chistes para otro día. Prefiero que lean el post que ha escrito Luis Prados, corresponsal de EL PAÍS en México, sobre 80 valientes que sacan cada día a la calle el periódico Notiver de Veracruz denunciando al narco y por tanto jugándose el cuello. Algunos han pagado ya su profesionalidad con la vida. Incluso con las de su familia.

En Notiver no hay lugar para el cinismo o el victimismo que a veces nos gastamos los periodistas que desempeñamos una labor más cómoda. Está claro que el que sigue ahí es porque aún cree en este "pinche oficio chingón", como dice Luis. Miren las imágenes de la estupenda galería que ha elaborado el fotógrafo Luis Companys. Ahí están: periodistas, técnicos del taller, repartidores... No tienen pinta ni vocación de héroes, pero lo son y solo por hacer bien su oficio, más allá del límite de lo exgible, eso sí.

En México es inevitable hablar de la guerra contra el narco. Es su faceta más dramática y noticiosa pero afortunadamete esa violencia solo contamina una parte ínfima de lo que sucede. Así que en homenaje a los compañeros de Notiver, que luchan por tener un país normal donde no te peguen un tiro por hacer tu trabajo, otro día hablaremos de los cartelitos.

sábado, 7 de enero de 2012

México a primera vista

Tiene mi madre un imán en la nevera que dice: "Nunca tendrás una segunda oportunidad para causar una primera impresión". A México DF no le haría falta: me ha encantado a primera vista y espero que esta sensación no se evaporen en la temporada que voy a pasar aquí.

Lo primero que asombra, aún antes de aterrizar, es su inmensidad: cuando el avión empieza a descender solo se ve ciudad por todas partes. México DF tiene el tamaño aproximado de la isla de Gran Canaria, unos 1.500 kilómetros cuadrados, pero toda la zona metropolitana tiene más de 7.000. O sea, que la aglomeración urbana, el terreno cubierto por edificios, sin interrupción, es más extensa que todas las Islas Canarias juntas.

Luego no es para tanto. Uno no se pasa el día cruzando la ciudad donde vive, el espacio que de verdad habitamos es reducido y México DF parece tener además un buen sistema de transportes. Taxis por todas partes, aunque como todo el mundo te recuerda no conviene pillar los que pasan por la calle (hay riesgo de secuestro, bajo pero lo hay). Y un metro muy seguro que aparentemente funciona bien y cuyo único defecto es que cierra pronto, a las doce de la noche. Lo uso desde el primer día y he podido comprobar la veracidad de una historia que suena a leyenda: en hora punta algunos vagones están reservados a las mujeres para evitar que las toqueteen.

Otra cosa que me gusta de esta ciudad es que se puede caminar, aunque nadie lo hace. Todo el mundo prefiere el carro y si le preguntas a un tipo si se puede ir andando a un sitio, indefectiblemente te dirá que no, que está muy lejos. Pero se puede hacer la prueba. Si la distancia no es enorme y el recorrido (el rumbo, como dicen aquí) no atraviesa zonas conflictivas uno puede animarse a caminar, siempre con el teléfono de los taxis a mano por si hay que rendirse a mitad de trayecto. Y luego te sorprendes muchas veces de lo (relativamente) cerca que están algunos sitios. Los paseos se hacen además muy agradables por tres cosas: el terreno es llano, el clima excelente y bastante fresco (a mí me recuerda al de La Laguna, en Tenerife), y el paisaje urbano (y sobre todo el paisanaje) fascinante. A ratos espantoso, pero fascinante.

La altura (2.300 metros) tampoco es problema. Marea un poco los primeros días, pero luego uno se acostumbra, e incluso se hace más fuerte, como aquellos ciclistas colombianos que entrenaban en los Andes y luego venían a Europa a ganar todas las carreras.

Decía Buñuel en su estupendo libro de memorias Mi último suspiro que le gustaba la regularidad y los lugares que ya conocía. "Cuando voy a Toledo o a Segovia, sigo siempre el mismo itinerario. Me detengo en los mismos sitios, miro, como las mismas cosas. Cuando me ofrecen un viaje a un país lejano, a Nueva Delhi, por ejemplo, rehúso diciendo: ¿Y qué hago yo en Nueva Delhi a las tres de la tarde?". Coincido en parte con mi paisano, me encanta seguir rituales urbanos: en Madrid hacía todos los sábados idéntico recorrido, que concluía en la piscina de La Latina hasta que la cerraron. Cuando llego a Santa Cruz, mi suidad, no me siento aterrizado hasta que la paseo de arriba a abajo, por las mismas calles, y termino leyendo el periódio y tomando una cerveza y unas aceitunas en el mismo sitio. No concibo pasar un día en Busto de Bureba sin bajar a tomar el vermut y sin dar el paseo de la tarde.

Pero a diferencia de Don Luis, sí que me gusta conocer lugares lejanos, exportar allí mis manías y colonizarlos con nuevos rituales. La primera tarde que estuve en México DF tomé un taxi (hoy sé que podría haber ido andando) hasta el Zócalo, la plaza central, una de las más grandes de mundo, y di por allí un buen paseo. Era 5 de enero y el ambiente era formidable: los niños lanzaban al aire globos que llevaban atadas sus cartas a los Reyes (una costumbre preciosa) y participaban en un montón de actividades organizadas por las autoridades imitando las Navidades de otras latitudes.


Unos patinaban en una gigantesca pista de hielo; otros, en un recinto acristalado, se enfrentaban en una batalla de bolas de nieve artifcial divididos entre dos equipos de cascos rojos y azules. Familias enteras hacían cola para sacarse una foto gratis ataviados con una gorro de Papa Noel o unos cuernos de reno (y tengo que confensar que yo mismo, que había salido sin cámara y quería tener un recuerdo de ese día, también me saqué una que por pudor no exhibo).

Entré en la catedral, recorrí toda la plaza, enfilé la calle Madero, desde hace poco peatonal, y llena de comercios y de artistas callejeros, y acabé en un bar de una calle lateral donde unos tipos destrozaban el buen concepto que tengo del karaoke. Aún no me he fabricado aquí ningún ritual definitivo pero ya se va perfilando. Si vienen por el DF y no tienen mi teléfono acérquense al Zócalo. Si ese día no trabajo es probable que me encuentren husmeando por allí, de un lado para otro o en una cantina de los alrededores leyendo el diario, charlando con camareros y clientes (otra cosa que me encanta) y tomando una chelita (cerveza mexicana helada). A su salud.

Foto: Lincogecko (Flickr) | Realsnow

jueves, 8 de diciembre de 2011

39

Cada 4 de diciembre escribo sobre el número de años que cumplo. Este año voy con retraso y no sé si tendré tiempo de hacerlo. Pero quiero celebrar mi cumpleaños con este cuadro, que es una fiesta a la que hay invitadas exactamente 39 personas (pincha la imagen para verla más grande). Gracias a todos y en especial a mi hermana Bea y a Marta, que me prepararon la sorpresa. El regalo me ha emocionado.

viernes, 11 de noviembre de 2011

11/11/11 Curioso pero no tanto

Hoy es 11 del 11 del 11. Una circunstancia que está generando multitud de comentarios en las redes sociales (Feliz 11/11/11 y Today is 11/11/11 están ahora mismo entre los temas más comentados en Twitter) y en los medios de comunicación (ha sido uno de los titulares con los que ha abierto el Telediario 1 de TVE) y que está provocando el regocijo de los amantes de las coincidencias, los números mágicos la cábala, las profecías milenaristas y las curiosidades pseudocientíficas en general. La fecha, hay que reconocerlo, es curiosa. Pero tampoco hay que pasarse. Es cierto, como han dicho en televisión, que solo hay un 11/11/11 cada siglo (igual que solo hay un 4/12/72, por cierto) pero también es verdad que en un periodo de cien años hay bastantes días al menos tan peculiares como esta. ¿O no les suena haber vivido ya esto de que "hoy estamos viviendo una fecha que solo se repite cada nosecuanto"?

Veamos. Si lo curioso es que la cifra está compuesta solo por unos resulta que sin salir de este año tenemos otras tres fechas que cumplen la condición: el 1/1/11, el 11/1/11 y el 1/11/11. Habrá quien diga entonces que esos números no son tan redondos porque hoy se repite el mismo (el 11) exactamente tres veces. De acuerdo, pero el año pasado tuvimos el 10/10/10. Y si nos gusta menos porque está compuesto por dos cifras (1 y 0) recordaré que hace dos años vivimos el 9/9/9, hace tres el 8/8/8, hace cuatro el 7/7/7... Y hace 12 años vivimos el 9/9/99... y hace 22 el 8/8/88. A quien alegue que en realidad debería decirse 08/08/88 le recuerdo primero que el cero antes de un número nunca valió nada (hasta la llegada de los relojes digitales) y segundo que si nos ponemos exquisitos, este año tampoco está compuesto solo por unos, porque su nombre completo es 2011.

Ni siquiera, lo siento, es la única fecha del siglo que tiene seis números iguales porque al menos hay otras dos: el 22/2/2022 y el 22/12/2022 aunque, lo reconozco, tienen por medio otros números como el 0 y el 1 que los convierten en "menos puros". Es verdad que la fecha de hoy es además capicúa, pero también lo ha sido, usando además el año completo y haciendo que valga el cero antes de un número, el 11/02/2011. A mí de los últimos tiempos la coincidencia que me ha parecido más curiosa fue la que se produjo allá por agosto de 2009, cuando poco después del mediodía del día 7 fueron las 12h 34m 56sg del 7/8/9. Pero si me pongo a pensar seguro que descubro que tampoco fue tan especial.

La fecha que sí merece todos mis respetos, la absolutamente redondísima, compuesta por ocho unos seguidos, fue la del 11/11/1111. A esa sí que no se le pueden poner objeciones. El problema es que en aquellos tiempos la mayoría de la humanidad no usaba el calendario juliano (el imperante en la cristiandad) y de los que sí se regían por él la mayoría no sabía leer ni escribir, ni mucho menos el año en el que vivía. Así que habrá esperar al 2222 -si llegamos- para celebrar una coincidencia parecida, aunque como no hay mes 22 la cifra tampoco será tan redonda. Ah, y por cierto: hoy no se cumplen 900 años de aquel 11/11/1111 porque con el cambio del calendario juliano al gregoriano se le quitaron días al año y así por ejemplo en España, que lo adoptó en 1582, al 4 de octubre aquel año le siguió el 15 de octubre. De forma que faltan, otra coincidencia para los amantes de estas cosas, once días para el aniversario.

Dicho sea todo lo anterior sin considerar que la fecha es peculiar solo para los que usamos el citado calendario gregoriano, porque como recuerda Alfred López en su blog en 20 minutos, para los judíos la fecha de hoy es la del 14 de Jeshvan del 5772, para un musulmán estamos en el 14 Dhul-hijja 1432, el calendario persa nos indica que es 20 de Aban de 1390 y para los informáticos que utilizan Excel hoy es el 40858 (PC) o el 39396 (MacIntosh). Ni siquiera creo que seamos mayoría los que celebramos esto de los seis unos, porque los hindúes están algo así como en el 1922 y los chinos en el 4708.

Ya lo ven, es un día curioso, e incluso muy curioso, pero tampoco único ni mucho menos universal. Lo que sí es cierto es algún 11/11 resultó muy importante, pero por los acontecimientos que en ella se produjeron, no por la supuesta magia de los números. Un 11/11 y además a las 11 de la mañana (pero eso sí, de 1918) entró en vigor el armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial. Por eso hoy se celebra en Francia o Bélgica el día del Recuerdo, en Polonia el día de la Independencia y en Estados Unidos el día de los Veteranos. Eso sí que fue una fecha histórica.

Foto: MaretH (Flickr)

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Gente de Hierro

He vuelto hace unos días de El Hierro. Me fui allí a pasar un fin de semana con ganas de descubrir la isla, que para mi vergüenza nunca había visitado, y sobre todo con una gran curiosidad por vivir esa crisis sísmica que desde julio tenía en alerta a sus habitantes. No fue una cuestión de morbo. Tampoco diré que "me hervía la sangre de periodista" ni ninguna otra de esas frases de vergüenza ajena que decimos los de este gremio cuando nos ponemos solemnes. Sí es cierto que llevaba mucho tiempo aburrido en la redacción y me apetecía encontrarme de frente con una noticia en vez de cocinar las de los demás, una actividad también muy digna pero que puede cansar si se realiza durante casi 14 años. Pero la palabra que mejor define el impulso que me llevó a comprar entradas para una erupción volcánica en mis días de vacaciones es esa expresión tan querida por mi abuela Altagracia: simplemente la "novelería".

Una amiga dice siempre que tenemos que formular nuestros deseos al Universo y luego poner algo de nuestro lado para que se cumplan. Suele funcionar, incluso a veces el Universo se pasa un poquito. Yo le pedí que pasara algo en El Hierro, para vivirlo y contarlo, pero nada demasiado grave, porque no me gusta que la gente sufra, porque no tengo alma de corresponsal de guerra y porque aunque la tuviera que la reprimiría mientras tenga madre. Y el Universo me devolvió 14 días seguidos de trabajo intenso, apasionante y ya al final abrumador. La historia de la erupción la conté en mis crónicas, de las que estoy muy orgulloso y que se pueden leer aquí. Pero hoy no quiero hablar del tremor volcánico, ni de peces muertos, ni del túnel, sino de algo que me llamó la atención más hondamente y desde el principio: la gente que encontré El Hierro.

Al periodista Javier Valenzuela le oído alguna vez ironizar sobre como de casi cualquier sitio se puede ponderar la "simpatía de sus gentes", "la variedad de sus paisajes" y la "la riqueza de su gastronomía", frases espantosamente manoseadas en las guías de viajes. Sé también que es un tópico alabar a los habitantes de los lugares más humildes y apartados. Los brokers de Wall Street pueden o deben ser unos capullos, pero en una aldea india solo encontraremos gente sabia, transparente, sin ego: si hay algún atravesado será culpa de las malditas circunstancias que le han tocado vivir. Por eso quizá me cueste convencerles de que la bondad de la gente de El Hierro no es lugar común. Pero me impresionó tanto que voy a intentarlo.

En el colegio me enseñaron que la isla de El Hierro era la única de Canarias que había sido conquistada sin violencia. En 1405 llegó por allí Jean de Bethencourt y sus primitivos habitantes, los bimbaches, lo dejaron entrar sin apenas resistencia. No eran muchos para rebelarse, es cierto, pero quizá también recordaban la profecía de un sabio que años atrás había vaticinado que su dios llegaría por mar en una especie de casa flotante. Los pobres pagaron cara su candidez y el conquistador normando, después de prometerles protección, los hizo a todos esclavos. No tengo muy claro que los habitantes actuales de El Hierro sean descendientes de los antiguos. Es más, estoy casi seguro de que no lo son. Pero de alguna forma misteriosa esa hospitalidad -"pase, señor Bethencourt, póngase cómodo y tome lo que quiera"-, esa gentileza que en algunos casos llegaba a una asombrosa falta de malicia se ha transmitido a través del tiempo. O ha sido así, o he tenido una suerte tremenda con la gente que me he encontrado.

Uno de los grandes retos que tiene el reportero que llega a un lugar desconocido es conseguir que la gente hable. Más difícil aún es lograr que hablen sabiendo que uno es periodista: tenemos mala fama y algo de culpa tendremos en ello. En El Hierro esa dificultad se evaporaba. Bastaba entrar en un bar, saludar, pedir una consumición, mirar a los parroquianos, que naturalmente lo habían mirado a uno primero porque el forastero es la novedad, y pronunciar una frase introductoria en voz alta sobre la conversación que se quería mantener -por ejemplo "a ver si revienta ya el volcán, ¿no?" o bien "qué pena tantos peces muertos"- para tener montada en cinco minutos la tertulia deseada. Y raro era salir del bar sin que algún paisano te hubiera dado su número de móvil -"por si necesita algo"- o incluso ofrecido su casa como alojamiento. No he cubierto muchos acontecimientos pero creo que pocas veces la prensa ha tenido un acceso tan fácil a gente que, además, estaba viviendo en algunos casos una situación dramática.

Vivir en una isla de 10.000 habitantes no tiene que ser fácil. Lo peor de todo tiene que ser la falta de intimidad. Todos se conocen todos tienen una opinión de todos, las cosas apenas se pueden esconder. Pero el reverso agradable de esa incómoda dificultad para el anonimato es la familiaridad. En unas horas ya tenía algunos conocidos, con sus números de teléfono almacenados en mi agenda. En un par de días, recibía saludos por las calles, algunos afectuosos, como de amigos de toda la vida. Al cabo de una semana, empecé a establecer parentescos y afinidades: "Entonces si tú te apellidas Álamo, debes ser pariente del de la papelería". O bien: "Ah, tú eres el hijo, de Rosi, claro tu trabajas en Tacorón y tu madre estaba muy preocupada por ti el día que evacuaron La Restinga". Cuando me fui, al cabo de 15 días una buena parte de ese puzzle humano de 10.000 piezas había tomado forma en mi cabeza.

Y si estás en familia, te despreocupas de muchas cosas, naturalmente. El fotógrafo que me acompañaba en mis andanzas por la isla tuvo la mala fortuna de dejarse las llaves dentro del coche en plena evacuación de La Restinga. Así que tras intentar forzar la cerradura no nos quedó otra que romper uno de los cristales del coche para poder obedecer a las autoridades y salir de allí pitando. Luego fuimos dejando trozos de vidrio por toda la carretera, lo cual no resulta muy oportuno cuando se se está procediendo al desalojo de 600 personas, pero eso es otra historia. Lo que sucedió después fue que, a falta de tiempo para repararlo, me pasé diez días conduciendo por la isla sin cristal. Muchas veces dejaba dentro del vehículo mi ordenador, mis móviles y hasta mi cartera. En otros lugares me habrían advertido: "Tenga cuidado". Allí, al contrario, me tranquilizaban: "No se preocupe, aquí no pasa nada". Y, efectivamente, nada pasaba.

Lo que empezó como un fenómeno curioso y hasta simpático, la primera erupción en Canarias en 40 años, se está convirtiendo en una pesadilla. El turismo se ha hundido y solo podría recuperarse rápidamente si, como sueñan algunos el volcán se muestra generoso y regala un islote frente a la costa. El buceo y la pesca están paralizados. Y no es fácil vivir tranquilo en días en los que la tierra tiembla más de 100 veces porque el magma está luchando por abrirse paso bajo tus pies. Salvo para periodistas y científicos quizá no sea este el mejor momento para visitar El Hierro. Pero en cuanto la tierra se tranquilice un poco volverá a merecer la pena el viaje. Aunque la maldita mancha del volcán no nos deje bañarnos. Aunque la niebla no nos permita ver la cumbre. Merecerá la pena solo por dar un paseo en la barca de Fernando. Por animar a Elsa, a su madre y a todo su equipo mientras juegan un partido de bola canaria. Por charlar con Miguel, en su alucinante hotel, el más pequeño del mundo. Por tomar unas uvas con Chiqui, Samara, Liliana e Israel, de vuelta por fin a su casa de La Restinga. O por comer unas papas con Gelmer y filosofar en torno a unos rones hasta las tantas en la taberna de Tasio. Hasta entonces, mucho ánimo a todos.

FOTO: Gentileza de RAFA AVERO

martes, 13 de septiembre de 2011

Una carta del pasado

Tengo en casa algunos tesoros de la infancia. Mi favorito es el diploma que me dieron cuando salí de la guardería, enmarcado en una estantería sobre mi ordenador. Está fechado en el curso 76-77 y dice así: "Se le concede a Bernardo este diploma por su cariño a la naturaleza, sus diálogos elocuentes y el buen concepto que tiene de la amistad". Un retrato en tres pinceladas muy halagador que debo a la directora del centro, Doña Carmen Hernández, gran educadora de ideas revolucionarias de quien me gustaría escribir algún día. No sé si los méritos que enumera son justos pero el mensaje es estimulante: siempre que lo leo me anima a parecerme a ese niño tan pedante que ya con cuatro o cinco años mantenía diálogos elocuentes y se preocupaba por los animales. Otra de mis joyas es un dibujo de un batalla -me encantaba pintarlas- que cuelga de la pared de mi habitación en Tenerife y en la que dibujé exactamente 10.000 soldados, 7.000 en un bando y 3.000 en el otro. Sí, los fui contando mientras pintaba. Menos mal que mis padres son tipos tradicionales -al final son más comprensivos- porque con unos modernos el dibujo habría acabado en manos de un psiquiatra infantil.

Estos objetos son como las joyas de la abuela. Están en casa de toda la vida y me dará mucha pena si las pierdo algún día. Pero hay una alegría mucho mayor que la de contemplar los tesoros que uno ha acumulado: desenterrar uno después de muchos años, como en las novelas de piratas, o aún mejor, encontrarlo por casualidad. Porque entonces la emoción es inmensa, como si nos desdobláramos y en un túnel mágico a través del tiempo se encontraran el niño que fuimos -miedoso, idealista, ingenuo, asombrado- con el hombre que es, más cínico, indulgente, realista, y solo un poco más sabio.

Me pasó el otro día y fue como una descarga eléctrica pero con carga positiva. El tesoro, o más bien una copia, me lo envió por correo electrónico mi gran amiga Marta, compañera del colegio, y llevaba escondido 25 años. Yo ya ni lo recordaba, ella sí pero lo daba por perdido desde entonces. Marta había sido castigada sin ir al viaje de fin de curso de 8º de EGB por motivos que aún hoy desconoce y yo escribí sendas cartas a su padre y a nuestra tutora para que reconsideraran la decisión. Todos los compañeros de clase las firmaron pero no sirvió de nada. Marta se quedó sin viaje y seguramente se quedó muy triste. Pero la vida a veces es cabrona y a veces generosa y no se imaginaba que el destino iba a compensar un cuarto de siglo después, al menos un poquito, esa tristeza. A regalarle un chute de emoción cuando encontró, traspapelada entre no se qué documentos en casa de su madre, la carta en la que todos los compañeros nos solidarizábamos con ella.

Con su permiso publico aquí la carta, escrita en una cuartilla por los dos lados (al pinchar se ve más grande). No voy a ir de niño prodigio pero pensaba que a los 13 años escribía un poco mejor, hay acentos mal puestos por todos lados, repeticiones y la sintaxis es discutible. Me excuso pensando que con el tono solemne perdí la frescura. La letra, para mi sorpresa, es mejor de lo que recordaba y más comprensible que la que tengo ahora. En la cara A del entrañable documento intento conmover al señor Dón (con acento en la o) José Arocha para que levante el castigo a su hija. Algunos argumentos son ahora incomprensibles: no recordamos quienes son esos elementos ajenos a 8º A que querían meterse con "ellas" (en plural), y desconocemos también -aunque parece que Don José Arocha sí lo sabe- los motivos por los que esos otros individuos también se han quedado sin viaje. Luego intento tocar su fibra sentimental (llevamos diez años juntos) y concluyo con una reflexión dramática un poco exagerada: algunos de nosotros nunca nos volveremos a ver. Pero ni por esas logramos conmover a Dón José.



La cara B me emocionó aún más. Ahí están las firmas de 37 compañeros de clase, todos probablemente. Algunas son ilegibles, pero ahí leo claramente los nombres de Giuseppe, el de Mariano, el de Pilar, el de Sandra, el de Francisco, el de Miguelito (que firmaba con el diminutivo), el de Miguel Acosta (que firmaba con un apellido), el de Sonia Vega (que firma con los dos), de nuestra querida Laura, de la que nos acordamos con tanto cariño, y los de muchos más...



Este verano estuve en París y contemplé el Código de Hammurabi en el Museo del Louvre. Es un documento único, las primeras leyes escritas por el hombre. Unos meses atrás, en el British Museum de Londres, me impresionó también la piedra de Rosetta, el código que permitió descifrar los grandes lenguajes de la antigüedad. Son dos objetos clave en la historia de la humanidad, esa en la que un hombre, una mujer, tú, yo y los otros somos una parte infinitesimal. Pero en nuestra pequeñez también somos seres únicos con una historia marcadas por acontecimientos, decisiones grandes o pequeñas y por objetos relevantes. Algunos, por su valor intrínsico, como el documento que acredita un título académico o la hipoteca con la que nos comprometemos por decenas de años. Otros, por su valor sentimental, como esta carta que junto al diploma de la guardería y a la batalla de los 10.000 soldados ocupa ya una vitrina muy destacada en el museo de mi vida.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Sobre los infinitos números primos

Muy buenas, ya estoy de vuelta de mis minivacaciones. En realidad volví el día 15 pero ya saben que últimamente no saludo mucho por aquí. Hoy sí, y me voy a quedar un rato para contarles una cosa que he aprendido estos días. Lo más probable es que a la mayoría de ustedes no les interese nada, pero haber entendido eso que ahora les voy a contar ha elevado, al menos durante un rato, y cada vez que lo evoco, mis niveles de felicidad. Y espero que entre la reducida pero selecta audiencia de este blog haya algún lector que al leerlo sienta la misma alegría. La alegría que se siente al comprender a un sabio que, como disfrutar de la obra de un maestro de la literatura o de la música, supone también compartir algo de su genialidad.

Les voy a hablar de los números primos, y entiendo que nada más leer esta frase la mitad de ustedes haya cerrado ya el navegador. No importa, quedamos los buenos. Pues resulta que este verano, estuve leyendo el libro Los números primos, de Enrique Gracián, muy recomendable como el resto de los de la colección de matemáticas RBA que por cierto se venden cada domingo con EL PAÍS. Y gracias a esta lectura tan agradable me enteré y, lo que es más importante, puede entender, una demostración -hay varias- de por qué podemos estar seguros de que hay infinitos números primos. Lo suyo sería recomendarles que se compraran el libro o que simplemente buscaran en Internet el razonamiento. Pero estoy tan orgulloso de haberlo entendido que me he propuesto explicarla aquí como el niño que le enseña a su madre las palabras que ha aprendido a escribir: no quiere que su mamá lea esa misma frase escrita por otro, aunque fuera Joyce o Marcel Proust. Quiere que lea sus letritas y yo quiero contar mi explicación, aunque siendo justos hay que aclarar que el razonamiento se le ocurrió al matemático griego Euclides (en la ilustración), padre de la geometría, en el siglo III antes de Cristo.

Primero, unas precisiones. Sólo vamos a hablar de los números naturales, que son los que se usan para contar los elementos de un conjunto: el 1, el 2, el 3, el 4... el 27... el 2.011... y así hasta el infinito. Los que conocen los niños, vaya, así que no piensen ni en el -5, ni el raíz cuadrada de 67 ni en el 7,789 ni en Pi. Pues bien, dentro de esos números naturales, un número primo, como deberíamos recordar del colegio, es aquel que sólo es divisible por 1 o por sí mismo. El 5, por ejemplo, es primo, porque si lo dividimos por cualquier número distinto de 5 o 1 no nos dará un número exacto. También lo son el 2 (que es el único primo par), el 17 o el 91, por poner otros tres ejemplos.

Los números compuestos en cambio son los que no son primos, los que tienen más divisores aparte del 1 y de ellos mismos. Por ejemplo, el 8, que puede dividirse por 4 o por 2 y nos da exacto; el 51, que es divisible por 3 y por 17 o el 1.000.000 que entre otros posibles divisores tiene el 2 y el 5. Pero al final todos los números compuestos (¡atención esto es importante) pueden expresarse como la multiplicación de números primos. Por ejemplo, el 35 es 5x7. El 48 es 2x2x2x2x3. Es verdad que un número compuesto puede en ocasiones dividirse por otros números compuestos (el 60 es divisible por 10, por 6 o por 30) pero estos a su vez pueden dividirse y volverse a dividir hasta quedar reducidos a un producto de números primos.

¿Cómo descomponemos cualquier número en factores primos? Como alguno recordará del colegio, empezamos dividiendo el número que sea por el primo más bajo, el 2 y si es divisible, lo volvemos a intentar hasta que ya no dé exacto. Luego por el siguiente primo, el 3, por el 5, por el 7... Pongamos un ejemplo práctico ¿Recuerdan estas tablitas del colegio? Empezamos con un número, el 660, por ejemplo. Lo dividimos por 2 y ponemos el resultado debajo, 330. Luego otra vez por 2 y volvemos a poner el resultado debajo, 165. Ahora ya no es divisible por 2, así que lo intentamos con el 3 y nos da 55. Como no es divisible por 3, lo dividimos por el siguiente primo, el 5 y nos da 11. Que no puede dividirse por 5, ni por 7... pero sí por 11. Y el resultado es 1 y hay terminamos la operación. Conclusión, 660=2x2x3x5x11.

660 | 2
330 | 2
165 | 3
55 | 5
11 | 11
1

¿Me siguen? Pues venga, continuamos. Los números primos han fascinado a los matemáticos de todos los siglos sobre todo porque tienen una característica muy especial. Aunque a los profanos nos puede parecer que el mundo de las matemáticas todo encaja perfectamente estos números se suceden sin seguir ninguna pauta, sin responder a ningún orden conocido. Después del 2 y el 3, que son los únicos consecutivos, puede haber dos primos que estén separados sólo por una cifra (el 29 y el 31, por ejemplo, que se llamarían entonces primos gemelos) y puede haber series larguísimas de números consecutivos (en realidad todo lo largas que queramos) sin uno de ellos. Pero centremos el tiro: hoy queríamos demostrar que existen infinitos primos, que por mucho que encontremos uno siempre habrá otro más grande.

Vamos a ello. Supongamos que hay un número finito de números primos. Entonces habrá un número que será el mayor de todos esos primos y que llamaremos N. ¿Hasta ahí bien? Pues bueno multipliquemos ese número N por todos los primos más pequeños (1x2x3x5x7...xN). Al resultado lo llamaremos X. Y le sumaremos 1, con lo cual nos resultará otro número que bautizaremos como Z. ¿Qué conseguimos al sumarle ese 1? Que esa cifra, Z, no sea divisible ni por N ni por ninguno de los primos más pequeños. ¿Cómo? ¿Nos hemos perdido? A ver: si yo multiplico cualquier número por 8, por ejemplo, el número resultante será divisible por 8... pero si le sumo 1 dejará de serlo. Como Y es divisible por N y todos los primos menores, si le sumo 1 dejará de ser divisible por todos ellos (dará siempre resto 1).

Si hemos logrado entender el párrafo anterior, y sé que no es fácil, estaremos muy cerca de entender la demostración completa. Sólo pido un pequeño esfuerzo más. Tenemos ahora ese número, Z. Y dos posibilidades. Uno, que Z sea primo, con lo cual hemos demostrado que N no es el primo más grande (porque Z siempre será mayor que N, ya que es N multiplicado por un montón de números más). Y dos, que Z no lo sea. Si no lo es, Z será un número compuesto, esto es, divisible por otros números pero ¿qué números serán esos?. No podrán ser ni N ni los primos más pequeños (que ya hemos visto que no son divisores de Z). Tendrán que ser número necesariamente más grandes. Si esos divisores son primos, ya hemos demostrado que hay primos mayores que ese N que se autoproclamaba como el mayor de su especie. Y si son compuestos tendrán que ser en última instancia divisibles por primos mayores que N (porque todos los más pequeños ya hemos visto que no lo dividían). Luego elijamos el número primo que elijamos siempre habrá un primo mayor. Luego los primos son infinitos.

Sé que todo el mérito es de Euclides y de Enrique Gracián que me explicó muy bien la tesis del sabio griego. Sé que hay miles de páginas en internet donde este razonamiento está mucho mejor contado. Pero si he conseguido que una sola persona entienda la demostración que he hecho, estaré satisfecho, como el niño que sabe que no ha escrito el Ulises ni En busca del tiempo perdido pero que está encantado de que le lea su madre.