lunes, 30 de abril de 2012

Don Dionisio en la tercera fase

Hay teorías científicas que aseguran que en los agujeros negros uno entra por un sitio y por un momento temporal del universo y sale por otro, en el pasado, en el futuro, o ni se sabe. El otro día no es que me tragara un agujero negro, pero sentí algunos de sus supuestos efectos. Estaba en México, en 2012, y de pronto me vi transportado al colegio Hispano Británico, en El Charcón, Tenerife, digamos que 30 años atrás. Un encuentro en la tercera fase. Y no, ya sé en lo que están pensando, no había probado el tequila. Ni gota.

La sesión de brujería corrió a cargo de mi queridísima Marta Arocha, que además de una bruja buena es la que convoca todas las parrandas del desorganizado grupo de compañeros del colegio. Y la excusa era perfecta: Don Dionisio, nuestro profesor predilecto, con el que leíamos el periódico en clase, organizábamos asambleas precursoras del 15-M y representábamos obras de teatro, iba participar en un programa de Radio San Borondón. Los que están en Tenerife podrían seguirlo por radio, los compañeros en el exilio (Mariano y yo), por internet. Sería además un encuentro interactivo porque la omnipresente Marta nos organizó una tertulia en Facebook. Ahí estábamos, y espero no dejarme a nadie, Raquel, Mariano, Panchi, Hugo, Ágata y Giuseppe, además de Marta y yo, claro.

Y me conecté. Al principio no entendía nada. Don Dionisio no salía por ningún sitio y solo escuchábamos un grupo de bienintencionados tertulianos llamando a la rebelión creo que contra el Plan Urbanístico de Santa Cruz. Lo siento, pero no tenía paciencia para atender y formarme una opinión sobre si tenían razón o no. Simplemente quería que hablara ya nuestro profesor… Y después de casi una hora mis compañeros –todos menos yo, padres y madres de familia- también se empezaban a impacientar. “Podíamos haber lavado a los niños tres veces”, dijo alguien. La expectación decaía… ¿Y si al final no sale? Uno quiso ver lo positivo del asunto, incluso aunque acabara en catástrofe: “Por lo menos nos hemos reunido aquí un rato…”.

Pero no, no hubo catástrofe. ¡Casi diría que hubo éxtasis! Dionisio entró en antena y estuvo una hora leyendo poesías. Algunas propias –preciosas, como una muy emocionante dedicada a su madre. Otras ajenas, de León Felipe, de Arturo Maccanti, de Agustín Millares, de Félix Francisco Casanova. Muchas de actualidad, comprometidas, como era él también de profesor, en aquellos tiempos en que en clase nos pegaban “lo normal”. El momento más emotivo –yo me eché a llorar en la soledad de mi cocina- fue cuando tuvo un recuerdo sus “primeros alumnos” y recitó para nosotros No Vale, de Millares, el poema que nos regaló la noche que quedamos 17 años después de dejar el colegio y que cada día está más actual y más vivo.

Facebook era un clamor: “Queremos un Dionisio para nuestros hijos”. Y yo no me pude resistir. Llamé a la emisora y entré en directo. Luego me arrepentí un poco, porque sentí que le estaba quitando e protagonismo a la estrella de la noche (la tarde en mi país de exilio). Pero no, en la vida uno no puede dejar de hacer cosas “por si acaso”. Y seguro que le hizo muchísima ilusión.

A mí Don Dionisio me regaló muchas cosas: me estimuló a leer más de lo que ya lo hacía, en aquellos tiempos en los que mi ídolo era Gianni Rodari. Me animó a escribir obras de teatro, como una entrañable, sobre el 23-F cuyo guión debe andar por casa. Y sobre todo, me enseñó que en la vida uno no puede contentarse con respuestas fáciles y hay que estudiar, indagar, profundizar, ser críticos. “Investiguen”, nos decía en clase cuando le hacíamos una pregunta complicada. Sin él probablemente no habría sido periodista. Por la ilusión que mostraron el otro día estoy seguro de que muchos de mis compañeros podrían decir cosas parecidas.

Entonces éramos pequeños y quizá no lo hubiéramos entendido. Pero ahora me doy cuenta de lo bien que está resumido, en esos versos que nos dedicó de Millares, el espíritu digamos dionisiaco que impregnaba su visión de la vida, su relación con los alumnos, su método de enseñanza. Una vez más, y que así sea por treinta y pico años más, o los que sean, gracias Dioni.  

No vale

Te digo que no vale
meter el sueño azul bajo las sábanas,
pasar de largo, no saber nada,
hacer la vista gorda a lo que pasa,
guardar la sed de estrellas bajo llave.

Te digo que no vale
que el amor pierda el habla,
que la razón se calle,
que la alegría rompa sus palabras,
que la pasión confiese: aquí no hay sangre.

Te digo que no vale
que el gris siempre se salga
con la suya, que el negro se desmande
y diga “cruz y raya”
al júbilo del aire.

Vuelvo a la carga y te digo: aquí no cabe
esconder la cabeza bajo el ala,
decir “no sabía”, “estoy al margen”,
”vivo en mi torre, sólo y no sé nada”.

Te digo y te repito que no vale.

sábado, 28 de abril de 2012

Hermosa vida de perros

Llevo un mes y un día sin escribir, pero les explico. Los ratos que no estoy trabajando estoy visitando la ciudad. Y luego cuando quiero escribir sobre lo que he visto, me toca trabajar otra vez. Hoy me sucedió eso. Pero resulta que lo que he escrito para el blog de información local que hemos abierto en la delegación en México (Periscopio Chilango) es una historia que hacía tiempo que quería contar en este espacio. No diré que mato dos pájaros de un tiro, porque es un post cariñoso con los animales, pero sí por ejemplo que meteremos dos bolas de una tacada. Pues eso, que si les apetece pinchen aquí y conozcan a los apacibles perros del Parque México.

lunes, 26 de marzo de 2012

Cien años del abuelo Manolo

El pasado 13 de marzo mi abuelo Manolo habría cumplido cien años. A él le hubiera gustado vivir para verlo, era muy curioso y seguro que se preguntó muchas veces a lo largo de su vida cómo sería el mundo al siglo de su nacimiento. Sin embargo, si es cierto lo que él creyó firmemente durante toda su vida, la existencia del más allá, que la muerte no es final, estará en algún lugar, observando a sus ocho bisnietos –a dos llegó a conocerlos- y maravillado con internet y las nuevas tecnologías, ese mundo que quiso conocer pero como el reconocía ya le pilló demasiado mayor.

Cuando tengo que escribir un artículo sobre un tema del que tengo poca idea me detengo a menudo y no sé cómo seguir. Ahora tampoco sé cómo seguir, pero por lo contrario, porque tengo tan presente a mi abuelo, me evoca tantas cosas y sé tanto sobre él que se me amontonan las ideas y tengo que pararme a ordenarlas para no desviarme una y otra vez sin llegar a ningún sitio. Quiero hacer un post pero me sale un libro. Así que me centraré solo en tres ideas que ya esbocé en el primer párrafo: su fascinación por la longevidad, su curiosidad (la cualidad más envidiable del ser humano) Y su creencia en el más allá. Con eso ya tengo para aburrirlos.

La longevidad era un tema que le encantaba. Quería vivir muchos años, aunque no se había propuesto como meta los cien que celebraríamos estos días. Tampoco hubiera sido improbable: su madre llegó a los 91 y en su familia hubo varios casi centenarios (como su tía Carmen, a quien conocí, que llegó a los 98) mezclados, con una aleatoriedad diabólica, con casos de muertes muy tempranas.

Él era más modesto: esperaba alcanzar el año 2000, al que llegó con 87 años cumplidos y buena salud. Y mantuvo ante los achaques, él que había sido un gran hipocondriaco, una actitud admirable. Al final de su vida, con 92 años y un parkinson muy avanzado me dio un ejemplo asombroso de eso que ahora se llama pensamiento positivo: “Sé que estoy perdiendo la cabeza. Me doy cuenta. Pero fíjate que hasta vivir eso me parece muy interesante”. Creo que ni los libros de autoayuda más ingenuos incluyen una lección como esa.

Suponer que hay otra vida ayuda a tomarte esta con mejor ánimo. Y mi abuelo no es que creyera en ella, es que sabía que existía. El por qué unos creen y otros no me parece uno de los mayores enigmas. No tiene que ver con la educación religiosa: hay quien va a misa y no cree en nada y quien se dice ateo pero intuye que hay algo. Tampoco tiene que ver con la inteligencia ni, por mucho que digan, con su formación científica. Va a ser verdad que la fe es un don. Y salvo que uno sea un fanático, un don que es maravilloso haber recibido.

Su mejor amigo era un gran científico canario, Telesforo Bravo, geólogo y perfectamente agnóstico. Don Telesforo tenía a mi abuelo por el tipo más inteligente que había conocido y se maravillaba por eso de que pudiera creer en algo más de lo que la ciencia evidenciaba. Pero el sentimiento era totalmente recíproco: mi abuelo decía que no había conocido mejor cerebro que el de su amigo y por ello se asombraba de que Telesforo (¡un tipo tan listo!) no creyera en nada. Era imposible que el uno convenciera al otro. Pero creo que mi abuelo tuvo más suerte.

Creía pero no era un beato. Iba a la iglesia los domingos por tradición pero su religión, muy profunda, era más amplia de lo que marca el catecismo. Era a su manera panteísta, creía en un cielo para los hombres y también (¿por qué no, decía?) para “nuestros hermanos los animales”. Y ya en vida decía que había recibido pruebas de ese más allá, como cuando soñó una quiniela y le tocó. Lo malo es que en el sueño su hijo tapaba con la mano los dos últimos resultados y mi abuelo, en vez de jugar todas las combinaciones posibles, eligió la más probable. Y así tuvo solo 12 aciertos en una semana en la que los 14 se pagaban muy bien.

Supongo que en ese más allá, por muy allá que esté, no se le habrá apagado la cualidad que mejor le definía, la CUALIDAD con mayúsculas y el rasgo que mejor caracteriza al hombre feliz, según Bertrand Russell: la curiosidad. Y supongo así que encontrará muy sugestiva la muerte, igual que amó la vida hasta el punto de parecerle interesantísimo el progreso que la enfermedad definitiva iba haciendo en su cuerpo y en su mente.

Esa curiosidad le hacía sabio, y le encantaba compartir esa sabiduría con los demás. Saberes eruditos pero también, y sobre todo, esos pedacitos de conocimiento que esconden en su simplicidad una joya inesperada y que iluminan, por su asombrosa sencillez, el ánimo de quien los descubre y, por empatía, de quien los enseña. ¡Qué alegría me produjo aprender –y a él mostrarme- cómo se quema un papel con una lupa o descubrir que no hay trigo en el mundo para cubrir con un granito, luego dos, luego cuatro, luego ocho… todas las casillas de un tablero de ajedrez!

Hace unas semanas entrevisté a un escritor mexicano que había novelado la supuesta autobiografía de su abuelo, expresidente del país y fundador del partido que lo gobernó durante 70 años. Le pregunté si no temía estar traicionando a su antepasado y él me dijo que no, que había sentido todo el rato su inspiración. Yo le envidié y lamenté que mi abuelo, que tanto hablaba de la otra vida, no se manifestara por esta de vez en cuando.

Días después sufrimos un seísmo respetable, aunque sin graves consecuencias. No es una experiencia agradable pero entre el susto -más por creer que era un mareo- y la inquietud ante las réplicas me sorprendí pensando: "Con que esto era un terremoto fuerte, qué interesante haberlo vivido". Y entonces me di cuenta de que un poco dentro de mí estaba él, con su curiosidad omnívora y que las personas que nos marcaron siguen vivas en nosotros y se despiertan un día para maravillarse por la ira de la naturaleza que hace temblar la tierra y asombrarse de cómo dobla los árboles y las señales de tráfico.

PS: En la foto, junto a mi abuelo, mi abuela Altagracia. No se le hace mucha justicia en este post monográfico pero certifico que también, a su estilo, fue una persona extraordinaria.

lunes, 19 de marzo de 2012

¡Viva la Pepa y viva el ilustre gomero!

Hoy (ya ayer para la mayoría de ustedes) se cumplen 200 años de la Constitución de Cádiz y me imagino que estarán saturados de leer, ver y oír informaciones sobre la primera carta magna que nos dimos los españoles. Espero no aburrirles aún más pero yo también voy a hablar del mismo tema, en concreto de uno de sus protagonistas, Antonio José Ruiz de Padrón, el diputado que las Islas Canarias enviaron a esas cortes constituyentes. Y de propina les voy a contar dos historias que pasaron hace cien años, cuando se celebraba el primer centenario del texto, en la casa donde nació Don Antonio José, que ocupa el número 57 de la calle Real de San Sebastián de la Gomera. ¿Siguen ahí? ¿Preparados para las batallitas? Pues arranco.

Verán, yo desde muy pequeño conozco a Ruiz de Padrón porque esa casa resulta ser la casa de mi familia en La Gomera, donde también nació mi bisabuelo Ventura, mi abuela Altagracia y casi todos sus hermanos, y donde he pasado muchas navidades y muchos meses de septiembre. Sin embargo, durante años este diputado fue para mí una figura oscura, de méritos desconocidos. La culpa la tenía la placa que sigue adornando la fachada, en la que se recuerda que ahí nació en 1757 un "ilustre gomero" (expresión entrañable y gastada en mil bromas en nuestra familia), muerto en 1823, pero de cuya biografía no se contaba nada. He visto a decenas de viajeros pararse a leer el cartel e irse con más dudas de las que traían y también los he visto elucubrar sobre quién sería el personaje. Según unos turistas catalanes, que debían llevar bromeando todo el viaje con el nombre de la isla, se trataría sin duda del inventor del chicle.


Ruiz de Padrón no inventó el chicle. Pero si fue una figura clave en las Cortes de Cádiz. Era clérigo, pero defendió la supresión de la inquisición. Y propuso también que se aboliera la esclavitud. Las actas de todas sus intervenciones en las cortes las recopiló mi hermana Dácil cuando trabajó en el Congreso y regaló un ejemplar a mi madre y otro a cada uno de sus hermanos. Además, el ilustre gomero tuvo una vida muy interesante que tuvo un capítulo novelesco y trascendental. Sucedió que al cruzar el Atlántico para visitar Cuba en 1785 una tormenta hizo naufragar su barco y acabó en Pensilvania. Y ya que estaba allí aprovechó para pasar una temporada en los Estados Unidos, donde conoció a Washington, fue contertulio de Benjamin Franklin y se empapó de las ideas ilustradas que habían alumbrado aquel país que cumplía entonces ocho años.

Franklin es el protagonista de una de las dos historias que sucedieron hace cien años en esa casa donde paso las Navidades. Cuando en 1912 se iba a celebrar, supongo que la misma pompa que ahora, el primer centenario de la Constitución le pidieron a mi bisabuelo don Ventura desde el comité organizador de los festejos que les prestara unas cartas que el político estadounidense había enviado a Ruiz de Padrón y que mi familia guardaba. Mi bisabuelo, que era un buenazo (y se parecía mucho a mí, según mi madre, lo cual no quiere decir que yo tambien lo sea), las envió a Cádiz... pero las cartas nunca regresaron. No hay nada que reclamar, nuestra propiedad prescribió hace mucho y pensándolo bien es preferible que estén en un museo a que las tenga un particular. Lo único que me molestaría es que alguien hubiera hecho negocios con ellas.

El protagonista de la otra historia que ahora cumple cien años fue la persona que me contó la anécdota de las cartas. En esa casa donde había nacido Ruiz de Padrón, y desde donde don Ventura enviaba a Cádiz los originales de los textos de Franklin, se celebraba hace ahora un siglo el bautizo de un niño, nacido en la misma calle apenas tres manzanas más allá. El padrino era mi bisabuelo y le había prestado al pequeño para la ceremonia las mismas ropas con las que el año anterior había bautizado a su hija menor. Esa niña era mi abuela y el bebé, su vecino, a quien ella miraría con la curiosidad de sus ocho meses de vida, se acabaría convirtiendo con el tiempo en su marido. Sí, el 13 de marzo se cumplieron cien años del nacimiento de mi abuelo Manolo y le debo un post pero tengo tantas cosas que contar que cuando me pongo me sale una tesis. Espero que cuando lo acabe -esta semana seguro- entiendan por qué me está costando tanto.

martes, 6 de marzo de 2012

Mi amigo el colibrí

Aquí sigo, en México DF, abriendo mucho los ojos para no perderme nada. Me prodigo poco en el blog pero mi excusa es que tengo que escribir para el periódico (o para la web que es lo mismo): la última ha sido una entrevista a un personaje curioso: Alfredo Elías Calles, nieto de Plutarco Elías Calles, líder de la revolución mexicana y contructor de las instituciones del país.

Don Plutarco es un personaje controvertido: unos lo ven como el héroe que dio estabilidad política a México durante 70 años y otros como un tipo con demasiado apego al poder que creó una dictadura de partido. Pues bien, Alfredo ha escrito la vida de su abuelo, según dice inspirada por él, a modo de autobiografía desde el más allá. Si quieren saber más del asunto pueden leer aquí el artículo, y si les interesa mucho, mucho, el libro directamente. Yo he aprendido mucha historia leyéndolo, aunque hay que recordar que es el testimonio parcial de un nieto que defiende a su abuelo.

Pero hoy vamos a hablar de otra cosa: de un personaje al que he tomado mucho cariño en poco tiempo. Verán, aunque estoy viviendo una oportunidad estupenda, conociendo un nuevo país, a gente interesante y todas esas cosas no les voy a negar que a ratos me siento un poco solo. Sólo un poco, pero lo justo para echar de menos a tantos seres queridos como tengo al otro lado del Atlántico. Por eso agradezco tanto las llamadas y los mensajes y por eso estaré muy feliz de recibir visitas cuando se produzcan.

Y fíjate que una visita inesperada, pero sumamente grata, es la que hace casi a diario a mis ventanas -del salón a la cocina, dando vueltas a la casa- un pequeño colibrí de plumas muy brillantes. Aparece a cualquier hora, revolotea un poco alrededor del edificio y desparece. No sé si es macho o hembra, ni sé como saberlo, ni siquiera sé si los colibríes tienen sexo o género, o como se diga ahora, aunque supongo que sí. Tampoco le he puesto nombre. Pero sí sé que espero su llegada con cierta ilusión y que me gusta que acompañe durante el desayuno, tanto como me gustaba irme de paseo con el perro Kukín.



Alguno supondrá que se me ha ido la mano con el tequila, pero no. Estoy tomando cierta afición a esa bebida -que por cierto se bebe de pequeños sorbos y no de trago- pero no como para andar ya delirando. Quizá en Madrid, con tanto trabajo, llamadas, vida social, más llamadas, más trabajo, más vida social, no había tenido tiempo o serenidad para fijarme en minucias como esta, en un pajarito que frecuenta una ventana. De hecho, cuando veía uno me acordaba de que, como presidente de la comunidad, tenía una llamada pendiente a una empresa para fumigar a las palomas.

A este espero que no lo fumigue nadie. Es tímido. Intento que se acerque más pero no se decide. Los primeros días le dejé trocitos de pan pero luego comprendí que no le cabían por la trompa esa que tiene. Luego mi amiga Ángela me sugirió desde Colombia que le pusiera agua con azúcar, que por lo visto les encanta. Tampoco bebió, pero a cambio se me llenó la ventana de hormigas.

Creo que la siguiente estrategia para intentar que se aproxime más será ponerle música clásica. Alguno pensará que con todas la cosas que tengo que hacer por aquí semejante distracción es una pérdida de tiempo. Pero cada vez pienso más que perder el tiempo es precisamente lo que hacemos cuando no aprovechamos los momentos como este. Los ratos en los que serenamente disfrutamos con la compañía de un buen amigo.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Memoria de un Mèxico que desaparece

Ya sé, ya sé que llevo un tiempo sin escribir... pero también hay que trabajar... y escribir para el medio que me paga. No he venido a México a hacer noticias pero siempre es un gusto publicar alguna cosita de vez en cuando. Esta es la primera información que hago [pinchar aquì para leer el reportaje], se dio en la web y en la edición impresa de El País en América. Espero que vengan más.

lunes, 6 de febrero de 2012

Trosky, calles, prejuicios y tarjetas de crédito

Llevo una temporada sin escribir pero no se crean que es porque no me pasan cosas, me pasan muchas y casi todas buenas. Resulta que en los últimos 15 días he vivido en tres sitios distintos y con tanto ajetreo no he tenido un rato tranquilo para sentarme a escribir boberías. Ahora, tranquilamente instalado en el sofá del departamento que he alquilado por seis meses les cuento dos o tres cositas que me han llamado la atención estos días y que me parecen simpáticas.

Les decía en el post anterior que les explicaría qué lógica ordena la siguiente serie de números 426-590-400-572-382-378-374-532 y les pedía además que no intentaran desentrañarla para que no se rompieran la cabeza. Y es que este enigma no lo resuelve ni mi amigo Adolfo Quirós, portavoz de la Real Sociedad Matemática Española. Y no lo resuelve porque no es un problema de lógica ni de matemáticas, es un problema de que en este país tan maravilloso hay algunas cosas inexplicables como que los números de los portales en algunas calles cambian, saltan, suben de golpe o vuelven para atrás.

La serie de números que les señalaba son los que uno se encuentra en la calle Río Churubusco, en el barrio de Coyoacán, para llegar al número 410, que es donde se ubica la casa museo de León Trosky. Un sitio interesantísimo por cierto, donde el revolucionario ruso pasó los últimos años de su vida escribiendo, dando de comer a las gallinas y esquivando balazos que se quedaron marcados en la pared de su habitación. Lo que no pudo esquivar, y le costó la vida, fue el golpe de piolet que le propinó Ramón Mercader, el espía estalinista que se había ligado a su secretaria para ganarse su confianza.

Un historia fascinante, sí, pero si les parece hablaremos de ella otro día porque hoy estábamos comentando lo difícil que resulta orientarse en algunas -solo algunas, no exageremos- calles de esta ciudad donde los números no parecen seguir ninguna pauta razonable. Y hay otra circunstancia que enreda aún más ese lío. Que mis amigos mexicanos me corrijan: me da la impresión de que a la gente de aquí, de tan amables que son, les cuesta mucho decir que no. Y cuando preguntas por una calle hay gente que prefiere mandarte para cualquier sitio que reconocer que no puede ayudarte. Me lo dijo el primer día el corresponsal de EL PAÍS, Luis Prados, y lo he comprobado: "No te fíes. Si alguien te dice que tal dirección está hacia allá, cuando des 20 pasos vuelve a preguntar".



Pero supongamos ahora que los números de una calle están bien puestos. Y que nuestro informante sabe exactamente a donde nos tiene que dirigir. Pues aún así hay peligro de acabar muy lejos de donde nos proponíamos llegar. Y es que he descubierto que hay alguna calle que se llaman de una manera en la acera (aquí dicen banqueta) de la izquierda y de otra en la de la derecha. Vean este vídeo (el de arriba) que he tomado en la calle Tenancingo... bueno, como ven, Tenancingo o Marta Alpizar, según la banqueta que tome uno. Sí, quizá sea una broma de los amigos de la tal Marta pero los carteles están ahí y seguro que han confundido a más de uno.

Pero para que no sea todo meterme con esta ciudad que me está tratando tan bien les voy a contar una anécdota que demuestra qué injustos son los prejuicios y cómo a veces tenemos miedo de unas cosas mientras descuidamos otras.

Me fui hace unos días a sacar dinero en un banco de una calle céntrica, en uno de esos cubículos de cristal en los que hay dos cajeros automáticos juntos. Yo me puse en uno y observé inquieto que en el de al lado había dos señoras que me parecieron un tanto siniestras. Fuera, apoyados en un coche, les estaban esperando dos tipos que tampoco me gustaron nada. Saqué el dinero un tanto apresuradamente, salí sin mirar demasiado a los sujetos y me encaminé hacia el metro.

De pronto escuché unos gritos a mi espalda. Las dos señoras venían corriendo hacia mí y yo no sabía si correr también o esperar a que aparecieran también los señores de aspecto amenazante y entre los cuatro me asaltaran. Pero no, oiga. Las señoras traían mi tarjeta en la mano: me la había dejado olvidada en el cajero. Y es que aquí uno tiene miedo de que lo atraquen a la salida del banco, y es verdad que hay que tener cuidado, como hay que tenerlo en Madrid. Pero olvida que los cajeros mexicanos, por lo que he visto, son distintos de los españoles: primero te dan el dinero y luego la visa. Y así si te despistas es muy fácil olvidarte la segunda.

Hasta la próxima.

Foto: Toner (Flickr)

lunes, 23 de enero de 2012

Cartelería mexicana

Como me paso el día buscando piso (crucemos los dedos, creo que ya he pillado uno) me paso el día mirando para las paredes. Y casa no encontraré, no, pero divertirme me divierto mucho. Hoy lamentaba estar perdiendo días y días sin leer todos los libros que tengo que leer y sin visitar los museos, los restaurantes o las iglesias de esta ciudad maravillosa cuando me di cuenta de que mirar carteles (los de las inmobiliarias y de rebote también los otros) también es una manera de conocer un lugar. Y que uno puede aprender muchísimas cosas de un sitio por las cosas que sus vecinos cuelgan en sus muros y ventanas. Y ese pensamiento me consoló.

Así que como no tengo grandes cosas que contarles del Castillo de Chapultepec o del Museo Arqueológico les voy a presentar una selección de tres letreros, tres, encontrados por las paredes de esta enorme ciudad. Tres para no aburrirles. Y les voy a otorgar mis medallas personales de oro plata y bronce de la cartelería mexicana.

Ahí van mis favoritos.

Medalla de bronce



Este cartel puede verse en la mayoría de garajes de México DF. Me encanta por su tonillo amenazante ajeno a cualquier corrección política. En España estos letreros dicen "avisamos grúa". Pero aquí parece que consideran más efectivo tomarse la justicia por su mano. Y sí, será menos civilizado pero la ley de la selva es más efectiva. Yo me arriesgaría a dejar mi coche aparcado frente a un párking en Madrid pero en esta ciudad me lo pensaría dos veces.

Medalla de plata



Alfred Hitchock desancosejaba rodar con niños y con perros. Pero nada desanima a este fotógrafo de la calle Arcos de Belén especializado en retratar nenes y nenas, que ya es tener moral. La clave de su éxito: la paciencia del santo Job.

Medalla de oro



A mí este cartel me parece delicioso pero igual es debilidad personal por mi afición a las matemáticas. En el metro de México -que por cierto me da la sensación de que es muy seguro y funciona de maravilla- éste es el letrero que informa de las tarifas. Y uno empieza a leer: "Un billete, tres pesos, dos billetes seis pesos, tres billetes nueve pesos..." Y uno sigue leyendo esperando que al comprar una cantidad mayor de tickets haya alguna rebaja... pero no... "15 billetes 45 pesos... 37 billetes 111 pesos..." y así hasta "50 billetes 150 pesos". No sé si alguien ha comprado alguna vez 50 billetes juntos, pero sí que ya puestos podían haber seguido hasta "20.137.1523 billetes [uno para cada habitante de esta aglomeración urbana] 60.411.4569 pesos".

Para mí que como no hay máquinas expendedoras y en las taquilla se forman colas tremendas las autoridades han decidido que los ciudadanos repasen mientras esperan la tabla del tres. Por cierto, tres pesos son 18 céntimos: el metro es baratísimo. Pero me cuentan que unos carteles -que yo no he visto, y ya es raro- informan o informaban a los ciudadanos del coste real de un viaje en el suburbano (naturalmente muy superior) para concienciar del esfuerzo económico que suponía para la comunidad mantener ese servicio a ese precio. Me parece una idea muy buena para todos los servicos públicos en esta época de crisis: antes de imponer el copago, informar a la gente de lo que cuesta lo que creemos gratis o casi.

Es tarde y me voy a dormir. Otro día les cuento qué sentido tiene la siguiente serie númerica 426-590-400-572-382-378-374-532... (¡ni intenten encontrarle una lógica, no lo lograrán!) y cómo es posible que una calle se llame de manera diferente en la acera (aquí dicen banqueta) de la derecha y en la de la izquierda. Buenas noches.

lunes, 16 de enero de 2012

Periodistas que se lo creen

Sí, sigo aquí, no he perecido víctima de la maldición de Moctezuma. Hoy quería enseñarles un montón de carteles simpáticos que he encontrado por las calles del DF pero voy a dejar los chistes para otro día. Prefiero que lean el post que ha escrito Luis Prados, corresponsal de EL PAÍS en México, sobre 80 valientes que sacan cada día a la calle el periódico Notiver de Veracruz denunciando al narco y por tanto jugándose el cuello. Algunos han pagado ya su profesionalidad con la vida. Incluso con las de su familia.

En Notiver no hay lugar para el cinismo o el victimismo que a veces nos gastamos los periodistas que desempeñamos una labor más cómoda. Está claro que el que sigue ahí es porque aún cree en este "pinche oficio chingón", como dice Luis. Miren las imágenes de la estupenda galería que ha elaborado el fotógrafo Luis Companys. Ahí están: periodistas, técnicos del taller, repartidores... No tienen pinta ni vocación de héroes, pero lo son y solo por hacer bien su oficio, más allá del límite de lo exgible, eso sí.

En México es inevitable hablar de la guerra contra el narco. Es su faceta más dramática y noticiosa pero afortunadamete esa violencia solo contamina una parte ínfima de lo que sucede. Así que en homenaje a los compañeros de Notiver, que luchan por tener un país normal donde no te peguen un tiro por hacer tu trabajo, otro día hablaremos de los cartelitos.