lunes, 12 de julio de 2010

Balance del pulpo Paul

Termina el Mundial que más alegrías nos ha dado y nos fijamos en uno de las cuatro referencias que este campeonato dejará fijas en nuestra memoria: el pulpo Paul. Estoy seguro de que los otras tres recuerdos imborrables que nos dejará este torneo serán el gol de Iniesta, las vuvuzelas y el beso de Casillas a Sara Carbonero. Y si no, al tiempo.

Nos centramos pues, en el cefalópodo más famoso del mundo y sus predicciones. Parto de la base lógica de que el animalito no tiene poderes paranormales. Supongo que sí se le puede dirigir para que se coma un mejillón u otro -se me ocurre que tal vez una de las dos tapas esté soldada y le sea imposible abrirla- pero entonces el adivino sería su dueño y podría ganarse mejor la vida apostando en las casas de apuestas por Internet. Otra posibilidad es que, como dicen algunos, el bicho se sienta atraído por la gama de colores que van del rojo al amarillo, como explican aquí. Eso podría explicar que vaticinara el triunfo de Alemania sobre todos los países salvo España y Serbia (tiene rojo en la bandera) y rechazara por ejemplo los botes con las enseñas de Uruguay y Argentina, ambas albicelestes.

Aún así ha tenido cierta suerte porque la casualidad ha querido que los equipos con banderas más chillonas hayan derrotado a los que las tienen más discretas -me hubiera gustado ver un duelo con China. El instinto natural del animal ha hecho el resto. Porque ¿Qué probabiliadd tenía Paul de acertar por pura suerte el vencedor de un duelo? Si fuera suerte pura, sin ninguna influencia de los colores, les aseguro que muy pocas. Hagamos el cálculo.

Alemania ha jugado siete partidos en este Mundial y el cefalópodo ha acertado los siete. Además ha pronosticado con éxito el triunfo de España en la final. En los tres primeros encuentros podían darse tres resultados: victoria de los germanos, de sus rivales o empate -una posibilidad que, por cierto, no sé cómo habría resuelto. Luego sin considerar otras circunstancias el animalito tenía 1/3 de dar en el clavo en cada choque. 1/3x1/3x1/3=1/27. De 27 casos posibles, el pulpo tenía sólo una posibilidad de hacer pleno en la fase de grupos. Pero lo logró.

Para el resto de los partidos -cinco- el bicho tenía 1/2 de acertar: eran duelos a vida o muerte, sin empate posible, que en caso de igualada se hubieran resuelto con prórrogas y penaltis. Así pues tenemos que multiplicar la cifra anterior cinco veces por 1/2. 1/27x1/32=1/864. Una única posibilidad de entre más de 800.

¿Cuál es mi conclusión? Yo creo que el asunto tiene cierto truco. La selección alemana era muy potente y su bandera es muy llamativa. Luego era relativamente probable que ganara muchos partidos y que el pulpo se dirigiera hacia su urna, deshechando la de otros equipos. Quizá incluso el animalito estuviera entrenado para ir a la cajita con la bandera tricolor, aunque no de forma infalible. Cuando se enfrentó a Uruguay, Argentina o Australia, equipos en cuyas enseñas predomina el color azul, el bicho lo tuvo claro: mejor el colorado. Más dudas tendría con Inglaterra, Serbia y sobre todo Ghana, que también tiene el rojo y el amarillo en la bandera. Digamos que con Inglaterra quizá tuvo un 60% de acertar, con Ghana un 50% y con Serbia, que en mi opinión tiene una bandera menos llamativa que Alemania, un 40%.

Luego, en la semifinal y la final, lo tenía fácil: España tiene más rojo que Alemania en su enseña y desde luego, que Holanda, que tiene una franja anaranjada poco convincente. O sea, que si adoptamos la teoría de los colores podemos concluir que Paul tuvo cierta suerte, pero tampoco exagerada. Lo que me extraña en estos tiempos que corren en los que siempre hay un tipo ocioso para hacer un experimento insólito es que nadie haya pillado un pulpo por barba y haya colgado un vídeo en Youtube demostrando o desmintiendo que los cefalópodos van al rojo. Venga, doy la idea, a ver quién es el friki que me la copia.

miércoles, 23 de junio de 2010

El partido imposible de Isner y Manhut


Hace tiempo que no me gusta el tenis. Pero hoy he vuelto a vibrar con un partido: el que han disputado el estadounidense Isner y el francés Manhut en Wimbledon. No por el juego, que ha debido ser un coñazo a base de saques directos, sino por la emoción: después de dos días han tenido que volver a suspender el partido con 59-59 en el marcador del quinto set -en el que no hay tie-break. De hecho no he visto el partido, simplemente lo he seguido por internet en los divertidísimos comentarios de la BBC y de otras webs británicas que me han convencido de que este formato tiene futuro: como complemento a la retransmisión televisada o, si se hace bien, incluso sustituyéndola.

Quizá pronto se descubra que todo estaba amañado o que, como decía un lector en el Twitter de BBC, los dos jugadores querían jugar ante la Reina, que visita mañana el club. Pero por lo que me cuentan algunos amigos que sí lo han visto el partido no parecía un tongo. El interés que ha despertado este maratón tenístico ha sido tan grande que ha disputado el protagonismo deportivo de la tarde al Mundial. McEnroe, boquiabierto, ha dicho que "nunca hemos visto nada igual y nunca lo veremos".

¿Nunca volveremos a verlo? Quizá sí. El saque en el tenis se ha convertido en un factor decisivo y, sobre todos en superficies rápidas como Wimbledon, cuando se enfrentan dos buenos peloteros pueden transcurrir horas sin que ninguno le rompa el servicio al otro. De hecho ambos jugadores han hecho casi 100 aces -saques directos- cada uno en lo que llevamos de partido. La ventaja del jugador que saca forma parte de un conjunto más amplio de variables que constituyen lo que podríamos denominar factor humano. Porque si el tenis fuera puramente un juego de azar lo que ha sucedido hoy no habría ocurrido nunca jamás. Saquemos cuentas para justificar esta afirmación.

Supongamos que el tenis fuera un deporte de pura suerte, en el que los juegos se decidieran a cara o cruz. Situémonos en el tramo final de un partido entre dos hipotéticos jugadores, A y B, con un empate a dos sets y 5-5 en la quinta y definitiva manga. Uno de los dos, A o B -pongamos A- ganará el undécimo juego, situando así el marcador en 6-5. ¿Qué panorama nos encontramos entonces? Pues que hay un 50% de posibilidades de que el encuentro termine en el siguiente juego con otra victoria de A y un 50% de que haya otra vez empate, si gana el juego B.

¿Me siguen? Según este razonamiento, si el tenis fuera puro azar, y partiendo del 5-5, la probabilidad de que A y B vuelvan a empatar a seis es 1/2. Una probabilidad entre dos. Ahora supongamos que efectivamente vuelve a haber igualdad. ¿Qué probabilidad hay de que los dos tenistas vuelvan a empatar a siete? De nuevo 1/2. A o B, da igual, ganará el decimotercer juego y el otro tendrá 1/2 de probabilidades de igualar el partido. Sin embargo, la probabilidad de llegar al 7-7 desde el 5-5 no es ya 1/2: es en realidad, 1/2 (la probabilidad de empatar a seis) x 1/2 (la probabilidad de empatar a siete una vez que se ha empatado a seis), es decir, 1/4. Por ambos sucesos son lo que se llaman condicionados: el empate a siete sólo puede llegar si antes ha habido un empate a seis.

Espero que al menos aquellos que estudiaron ciencias no se hayan perdido. Porque aún queda un poquito. Si se llega al empate a siete, la probabilidad de llegar al empate a ocho es otra vez 1/2. Pero desde el 5-5, será 1/8, esto es 1/2 x 1/2 x 1/2. Dicho de otra forma: partiendo del 5-5 en partidos en los que los juegos se jugaran a cara o cruz sólo un de cada ocho encuentros llegarán al 8-8. ¿Y la probabilidad de empatar a nueve? Partiendo del 8-8 es también 1/2 pero desde el 5-5 que arrancamos el experimento, sería 1/2 x 1/2 x 1/2 x 1/2: 1/16. En realidad, cada vez que se iguala el partido hay un 50% de posibilidades de que vuelva a haber otro empate, así que si desde el 5-5 al 59-59 ha habido 54 empates, la probabilidad de que por el puro azar de una moneda se llegara a ese resultado sería de 1/2 elevado a 54.

¿Es muy grande ese número? Pues hombre, es una posibilidad entre 16.000 billones. Si consideramos que la Tierra se formó hace 5.000 millones de años digamos que desde entonces han transcurrido unos 2.500 billones de minutos. Así que si hubiéramos jugado a golpe de moneda y desde ese 5-5 un partido cada diez segundos desde que se formó nuestro planeta probablemente uno de los encuentros habría llegado a dicho resultado. ¿Le parece exagerado? Las potencias de dos engañan mucho: estamos haciendo exactamente la misma cuenta que el Rey que prometió al inventor del ajedrez un grano de trigo por la primera casilla del tablero, dos por la segunda, cuatro por la tercera... y que no encontró cereal en el mundo para cumplir su promesa.

El partido no ha concluido. Prometo actualizar este post cuando haya un resultado definitivo con la probabilidad de que éste se hubiera producido por puro azar. 2 elevado a 54 es un número muy grande, pero aún los hay mayores. 10 elevado a 79 (que es inconcebiblemente muchísimo más) es el número de átomos del universo. Y aún más es 10 elevado a 100, el gúgol que da nombre al buscador más popular y el número más alto con nombre propio que conozco, aunque sin interés científico alguno. Así que aunque sigan jugando semanas, incluso siglos, siempre habrá números para medir su gesta. Les mantengo informados.

Foto: StuSeeger

sábado, 5 de junio de 2010

Himnos y selecciones nacionales

Se acerca el Mundial, así que en pocos días nos vamos a hinchar de oír himnos nacionales. Muchas de estas melodías nacieron para enardecer a los soldados en la batalla -véase los violentas que son algunas letras, como la de la sobrevaloradísima La Marsellesa- y ahora casi sólo se escuchan en ese sucedáneo incruento de la guerra que es el deporte: al comenzar los partidos de fútbol o al concluir las carreras de coches o motos. Salvo que sea un entusiasta de los desfiles militares estoy seguro de que las últimas 30 veces que ha oído la Marcha Real había una pelota, una moto o una bici por en medio.

Reconozco que me encanta el momento de los himnos previo a los partidos, ya he confesado en otras ocasiones que soy un hortera sentimental sin complejos y no tengo por qué dar más explicaciones. De hecho me he sentido estafado cuando alguna televisión, para ahorrar tiempo de emisión o meter publicidad los ha suprimido impunemente: es como quitar los títulos de crédito de la película a un cinéfilo -algo que también hacen. Aparte del componente sentimentaloide, algunas melodías, como las de Italia, Rusia, Alemania o Reino Unido me parecen particularmente hermosas. El himno francés también, pero ya conté en otra ocasión por qué le tengo manía. El español, reconozcámoslo, es un poco patatero, pero no vamos a renegar de él por eso, que sería como renunciar a nuestra madre si fuera fea. Además, varios cuentan con el aval de ser obra de compositores célebres, como el citado de Alemania -de Haydn- o el de Austria, que lógicamente fue compuesto por Mozart.

La interpretación de los himnos puede parecernos un anacronismo, una horterada o las dos cosas juntas, pero no siempre es una mera formalidad carente de valor para el espectador curioso. Me resulta por ejemplo muy interesante observar la actitud de los jugadores, unos emocionados, otros más bien indiferentes y mascando chicles; comprobar quiénes cantan y quienes no y, desde que se han instalado micrófonos cerca, quiénes lo hacen bien y quiénes lo hacen fatal. Estos momentos patrióticos han generado en ocasiones noticias que se recordarán cuando ya todo el mundo haya olvidado el resultado del partido, como la enorme pitada al himno argentino en la final del Mundial del 90 después de que Maradona pidiera a los italianos del sur que renegaran de su país y apoyaran a la selección sudamericana -por si no se acuerdan, arriba incluyo el vídeo, lean los labios del Pelusa. También fue inolvidable la interpretación del himno de Riego en vez del oficial en una Copa Davis en Australia, ante el estupor de los tenistas españoles -que por supuesto no habían escuchado nunca el himno de la República- y la bronca en la final de Copa del Rey de 2009 que acabó con varias dimisiones en Televisión Española.

Mis compañeros de especiales de ELPAÍS.com han tenido la original idea de incluir en el dossier sobre el Mundial de Suráfrica audios con todos los himnos de las selecciones participantes tal y como se escuchan en el estadio. Tras un repaso rápido concluyo que los que mejor cantan en masa son los holandeses -aunque su himno, Wilhemus, el más antiguo del mundo y dedicado a Guillermo de Orange sea un alegato contra los españoles- y los que más desafinan son los ingleses, quizá por el calentamiento previo que hacen en las cervecerías de los alrededores del estadio.

Más allá de estas músicas patrióticas, el otro día debatía conmigo mismo si el hecho de organizar un Mundial de fútbol por países no sería en sí mismo un anacronismo. Pero es que no se me ocurre otra solución. Partimos de que el deporte es competición y para competir en este caso en fútbol hay que organizarse en equipos que representen a un colectivo determinado. O sea, que no tendría sentido organizar un Mundial con equipos de jugadores formados al azar, sin mayor conexión entre ellos, porque no representarían a nadie. Para enfrentarse por clubes ya existen otras competiciones así que el criterio debería ser otro, por ejemplo por religiones, por nivel de estudios o por ideología política, pero me temo que en ambos casos sería peor que lo que tenemos. Otra idea bizarra sería que compitieran por profesiones: carpinteros contra proxenetas, por ejemplo. ¿Y qué tal por color de pelo o tono de piel? Quizá lo menos estrambótico sería encuadrarse por idiomas maternos, pero tampoco me convence. En las fiestas de pueblo son habituales los partidos de solteros contra casados y de gordos contra flacos pero después de darle muchas vueltas me temo que no hay alternativa a la idea de organizar los Mundiales por estados nacionales. ¿Se les ocurre alguna?

martes, 18 de mayo de 2010

El mejor país para ser hijo

El otro día publicaba EL PAÍS -y otros medios- un interesante informe de la ONG Save the Children sobre los mejores países para ser madre. Se llevaba la palma Noruega, donde las mujeres que dan a luz tienen una baja maternal de entre 46 y 56 semanas, cuentan con la mejor asistencia al parto, apenas hay mortalidad infantil y la esperanza de vida es estratosférica. Al otro lado de la clasificación se encontraban los parias de la tierra: Afgansitán, Níger, Chad, Congo... Allí ser madre es un infierno y encima la mayoría de las mujeres lo son muchas veces en la vida... hasta que se mueren de un parto. Así de horrible y de cierto.

Puesfijate que andaba yo reflexionando el otro día sobre estos datos y pensaba que aunque ser madre en Noruega es algo muy cómodo, fácil e higiénico quizá no sea un chollo tan grande ser hijo en Escandinavia. A diferencia del estudio de Save the Children no tengo datos para sostener lo que voy a decir ahora. Pero me parece que cuando más al norte y más civilizado es un país se vuelve más probable, por ejemplo, que tus padres te echen de casa a la mínima en cuanto cumplas los 18 años. Lo que en general entendemos por progreso tiene una consecuencia negativa, según esta impresión probablemente errónea pero bien enraizada en mis convicciones: tiende a enfriar los vínculos familiares. Naturalmente, hasta cierto punto eso es bueno: que se lo digan al africano que vive con 18 parientes en una choza... pero supongo que hay un término medio.

Alabemos pues el grado de civilización alcanzado por países como Noruega, Nueva Zelanda o Finlandia -todos ellos aburridísimos, siempre según mis prejuicios- pero reconozcamos que nos hemos dejado algunas cosas importantes por el camino de tanto desarrollo. Esas cosas, como ese sentido más calido de la familia, aún las podemos encontrar en naciones un poco más atrasadas pero desde luego no menos felices. Ser madre será un chollo en Noruega. Pero para ser hijo me quedo con un país mediterráneo. España no está mal -yo no tengo queja alguna- pero el paraíso es, sin duda, Italia.

De todas las afirmaciones gratuitas enunciadas en este post esta es la más rigurosa. Lo afirman muchos de mis amigos italianos, algunos de los cuales sostienen hasta la violencia que la mejor pasta del mundo se come en su casa. Y lo confirma indirectamente el periodista Enric González en su estupendo libro Historias de Roma, publicado hace poco. Dice González: "Lo de las madres italianas será un tópico pero resulta rigurosamente cierto [...] La mamma vela para que su hijo se convierta en un ser feliz, despreocupado, con ese brillo juguetón en los ojos que caracteriza al italiano de género masculino, peremnemente ligado al regazo materno y por sublimación devoto de alguna virgen católica...". Se refiere especialmente a los chicos, pero creo que la reflexión también es extensiva a las chicas.

Para cerrar este post inflado de lugares comunes no contrastados, un chiste. Pensé que lo conocía más gente pero lo cuento y todavía se ríe alguno. ¿Saben de dónde era Jesucristo? Italiano. Tenía 30 años, no trabajaba, vivía en casa de sus padres... Decía que su madre era virgen, ella replicaba que su hijo era Dios. Igualito que en Noruega y encima imagínate pasar todo el día comiendo salmón...

FOTO: Imiazel, vía Flickr

lunes, 3 de mayo de 2010

Mi penúltimo Mundial

Vivo los mundiales con tremenda pasión. De hecho, creo que el Mundial 82 -y no el 23F- fue el gran momento generacional para los chicos de mi edad: las chicas, siento la incorrección política, estaban muchísimo menos interesadas por el fútbol que ahora. Lo dije en otra ocasión: este evento desgraciado -España hizo el ridículo cuando más debía lucirse- podía habernos convertido en tipos cenizos y amargados como los del 98 por la pérdida de Cuba. Pero un año y pico después otro extraordinario acontecimiento futbolístico nos redimió del pesimismo para siempre: el 21 de diciembre de 1983 España le metió 12 goles a Malta y nos enseñó que los milagros son posibles.

Batallitas al margen, he decidido vivir este Mundial de Suráfrica que se avecina con la misma pasión que viví el de Naranjito. Ya me compré la televisión plana, esta semana me ponen el aire acondicionado y en un mes lleno de cervezas la nevera. Y además, estoy coleccionando, como en el 82, la colección de cromos oficial del campeonato. Entonces -cito de memoria- el album sugería como las posibles estrellas del Mundial que se avecinaba a ocho jugadores: Maradona, Rummenigge, el polaco Boniek, Arconada, Kevin Keagan, Blokhin, Zico y Platini. Creo que no apostaba por Paolo Rossi, ya se sabe que la especialidad de los italianos siempre han brillado cuando nadie lo pronosticaba, pero tengo que contrastar esto si algún día encuentro el álbum por casa. Por casa de mis padres, o sea, mi casa.

Un amigo mío dice que es dramático cuando te das cuenta de que casi todos los jugadores de fútbol son ya más jóvenes que tú. Pero que lo realmente deprimente sucederá cuando constatemos que somos mayores que los entrenadores. Y no digamos cuando nos suceda eso con los presidentes. Puesfijate que he estudiado con temor mi nueva colección de cromos y he experimentado cierto alivio al comprobar que aún hay dos tipos que a priori pueden disputar el campeonato -las listas no están cerradas- que me superan en edad. Son dos porteros, el inglés David James, de casi 40 años, y el australiano Mark Schwarzer, de 37, nacido dos meses antes que yo, que soy de diciembre del 72. Luego hay tres a los que saco unos meses, como el mexicano Cuauhtemoc Blanco, de enero del 73, Zanetti o Cannavaro. Así que no soy demasiado viejo para ir a Suráfrica y, apelando a la historia, incluso podría jugar en Brasil 2014: sería aún unos meses más joven que el camerunés Milla, que con 42 disputó el de EE UU 94.

Ya puestos, y como el álbum trae también las características físicas de los jugadores -altura y peso- he confirmado que no estoy demasiado delgado para jugar un Mundial. Hay dos futbolistas, el español Jesús Navas y el brasileño Josue que pesan lo mismo que un servidor, 60 kilos, y son casi calcados en altura, 1,70 (les saco un centímetro). Así que tengo edad, kilos y por supuesto, tamaño -los hay muchísimo más bajitos, empezando por Messi o Silva- para disputar el campeonato. Concedo que, por mi carrera deportiva lo tendría un poco complicado, porque mi máximo logro es haber ganado tres torneos de futbito del Colegio Mayor Deusto hace 15 años, en mi época universitaria. Pero, como dije al principio, el España-Malta nos hizo creer en milagros. Así que, señor Del Bosque, aquí me tiene por si me quiere seleccionar.

jueves, 22 de abril de 2010

¿En qué se parecen Verdi y Boney M?

Puesfijate vuelve hoy a un tema de esos que nos encanta: sin percha de actualidad, sin la menor relevancia, una curiosidad absolutamente inútil hallada mientras me dejaba por la corriente de internet. Vamos para allá sin más vueltas ¿Saben qué tienen en común Giuseppe Verdi y Boney M? ¿Qué une a la ópera con el Eurodance pachanguero? Pues que sus composiciones más célebres son versiones musicales de un mismo texto... Sí señor, el sublime Va Pensiero de Nabucco -el coro de los esclavos judíos en Babilonia, seguro que lo conocen y si no caen, pinchen el vídeo arriba- y el pachanguero Rivers of Babylons (vídeo de abajo) se inspiran en el salmo 137 de la Biblia, numerado como el 136 en la Vulgata, la primera traducción del libro al latín.

El salmo 137, conocido por las palabras con las que comienza en latín, super flumina Babilonys (sobre los ríos de Babilonia), cuenta la nostalgia del pueblo judío, cautivo del rey Nabucodonosor, por la perdida Sion (Israel). Estas referencias patrióticas hicieron que muchos partidarios de la unificación de Italia utilizaran el Va Pensiero como himno reivindicativo frente a la ocupación francesa y austriaca de parte de su territorio. De hecho, esta melodía que Nana Mouskouri popularizó con una letra horrible, fue una de las propuestas como himno para el país cuando el país cuestionó sus símbolos tras la Segunda Guerra Mundial. Ahora ha tenido la mala suerte de caer en mano de los indeseables de la Liga Norte, que la cantan al final de cada mitin. Así que se habrá hecho antipática para muchos italianos.

Dicen que cuando el féretro de Verdi recorría Milan la muchedumbre se puso a cantar espontáneamente el Va Pensiero. Si pudiera viajar en el tiempo creo que una de las primeras visitas sería para comprobar si esa anécdota es cierta. Concibo pocas escenas más emocionantes.

PS: Después de tres años he cambiado la cabecera de Puesfijate. Donde decía "noticias curiosas, insólitas o sencillamente falsas" ahora dice "noticias curiosas e insólitas pero nunca falsas". Aquí contaremos muchas bobadas, pero siempre bobadas rigurosas.

jueves, 15 de abril de 2010

Cómo sacar partido de un divorcio


Cartel publicitario colgado en el metro de Madrid: "¿El hombre de tu vida ya está fuera de tu vida? ¡Vende! Compramos tus joyas a precio de oro". A destacar la sonrisa-profidén de felicidad de la chavalita y su gesto desafiante estilo José María Aznar en la Universidad.

martes, 13 de abril de 2010

Más importante con barba


Me he dejado barba desde hace un mes y medio, más o menos. No es la primera vez que me la dejo, ya la llevé hace 15 años en Bilbao durante unos días pero ahora igual me la dejo más tiempo. Lo hice por una bobada, porque todos mis compañeros del turno de tarde -cuando aún trabajaba por la tarde- la llevaban; al principio no me convencía pero ahora que ya no pica y está convenientemente arreglada ni me acuerdo de ella. Puesfijate que el otro día conocía a varias personas que trabajan en Muy Interesante -ya sé que de momento no tiene nada que ver con lo de la barba, pero esperen- y hablando con ellos de cómo me gustaba la revista allá por los primeros años 80 me acordé de algunos reportajes memorables que me habían impactado. El que más, uno sobre los cien personajes más importantes de la historia de la humanidad.

El interesantísimo ránking había sido elaborado en 1978 por Michael H. Hart y luego revisado en 1992. Los cambios en esos 14 años habían consistido básicamente en retrasar 20 o 30 posiciones a Marx, Mao, Lenin o Stalin e incluir a Gorbachov, por ejemplo. Mahoma sigue siendo el número uno, por delante de Newton y de Jesucristo, relegado a un polémico tercer lugar. Otro día hablaremos de esta curiosísima clasificación que habría que revisar una vez más para incluir a los protagonistas de la nueva era de la computación e internet: Gates, Jobs, los creadores de Google y desde luego los impulsores de internet tienen más influencia en cómo es el mundo hoy que el 90% de los personajes citados por Hart hace 30 años.

Pero aparte de hacer esa reflexión hice otras. Apenas hay mujeres, dos o tres (la primera, la Reina Isabel la Católica) y sólo cuatro españoles: además de la soberana, Pizarro, Cortés y Picasso, salvo que incluyamos a Colón, de origen discutible. Y sobre todo, y aquí enlazamos por el principio, la mayoría de los tipos que supuestamente han determinado que el mundo sea como es, están representados con barba. De los 18 primeros, 14: Mahoma, Jesucrito, Confucio, San Pablo, Tasi Lun (inventor del papel), Gutemberg, Einstein, Marx, Pasteur, Galileo, Lenin, Moisés, Darwin y Shih-Huang Ti (unificador de China). O sea, todos menos cuatro: Newton, Buda, Colón y Aristóteles. ¿Dejarme barba aumenta las posibilidades de llegar a ser un tipo realmente importante? De momento sólo he comprobado una cosa: adelgaza. Más de diez personas me han dicho que estoy más delgado, y peso exactamente lo mismo. O quizá un poco más: calculo en unos 50 gramos el peso del vello que ahora me tapa la cara.

lunes, 5 de abril de 2010

Guerra a la basura postal

Lo primero les pido disculpas por el tiempo que llevo sin escribir, la Semana Santa ha roto el ya irregular ritmo de publicaciones de Puesfijate. De estos días sólo les cuento que he estado en el Genarín, del que ya hemos tratado en otras ocasiones aunque tal vez merezca la pena una actualización del tema, y en Busto de Bureba, adonde regresaba tras el largo invierno. Pero más adelante, probablemente cuando ya no venta a cuento, hablaremos de la Semana Santa. Hoy toca filosofar sobre los buzones.

Nunca hemos recibido tantos mensajes como en estos tiempos. Gracias a internet y a los móviles nos comunicamos cada día con decenas de personas que están lejísimos, comentamos sus fotos y vemos sus vídeos y si les ha gustado o no el desayuno. Pero es cierto que apenas recibimos ya cartas físicas o postales: cuando encontramos una en un buzón -físico- es un acontecimiento que, al menos a mí, me llena de gran alegría. Sobre todo, por que es muy raro que suceda. Este año, que yo recuerde he recibido una desde Venecia de mis amigos Alfredo, Ruth y Emma. Y tal vez alguna otra desde algún rincón del planeta enviada por mi quate Íñigo de la Quadra Salcedo.

El resto, basura. Publicidad de un señor que no se ha enterado de que ya he reformado la casa. Cartas del banco, aunque no me hace falta que talen una secuoya gigante en el Canadá al año para informarme de unas cuentas que consulto por Internet. Más publicidad de un restaurante chino con ofertas asombrosas. La factura del móvil y la de la luz, que también las puedo consultar on line. Alguna revista de la FAPE -Federación de Asociaciones de Periodistas de España-, que es de lo poco que me interesa. Y felicitaciones de Navidad de lo más impersonal enviadas por el administrador de fincas, el BBVA o la tienda donde me compré la tele. Y más publicidad del Media Markt o de algún centro comercial de esos que no sé ni dónde está. Sí, sé que existe la lista Robinson ésa, pero eso no previene contra el buzoneo.

Ante este panorama y mi lucha tenaz contra el síndrome de Diógenes atenuado que padezco en modo atenuado he adoptado una estrategia inflexible hacia mi buzón: en vez de abrirlo cuando subo a casa, como se ha hecho de toda la vida de Dios, lo abro cuando salgo a la calle. ¿Por qué? Porque el 95% de lo que me encuentro dentro es una porquería y según piso la acera lo deposito en el contenedor de reciclaje de papel. Así me evito llenar mi casa de papeles que se acaban perpetuando en la mesa multiuso de los mandos a distancia o junto al ordenador. ¿Que me interesa algo? -esa postal que me llega cada seis meses de mi amigo Íñigo dando envidia- pues tomo nota mental y la recojo de vuelta a casa. Pero por esos cuatro pisos de escalera no sube ni un papel más de lo imprescindible. Les seguiré contando mis progresos en ésta mi guerra contra el desastre.