
Verán, yo desde muy pequeño conozco a Ruiz de Padrón porque esa casa resulta ser la casa de mi familia en La Gomera, donde también nació mi bisabuelo Ventura, mi abuela Altagracia y casi todos sus hermanos, y donde he pasado muchas navidades y muchos meses de septiembre. Sin embargo, durante años este diputado fue para mí una figura oscura, de méritos desconocidos. La culpa la tenía la placa que sigue adornando la fachada, en la que se recuerda que ahí nació en 1757 un "ilustre gomero" (expresión entrañable y gastada en mil bromas en nuestra familia), muerto en 1823, pero de cuya biografía no se contaba nada. He visto a decenas de viajeros pararse a leer el cartel e irse con más dudas de las que traían y también los he visto elucubrar sobre quién sería el personaje. Según unos turistas catalanes, que debían llevar bromeando todo el viaje con el nombre de la isla, se trataría sin duda del inventor del chicle.

Ruiz de Padrón no inventó el chicle. Pero si fue una figura clave en las Cortes de Cádiz. Era clérigo, pero defendió la supresión de la inquisición. Y propuso también que se aboliera la esclavitud. Las actas de todas sus intervenciones en las cortes las recopiló mi hermana Dácil cuando trabajó en el Congreso y regaló un ejemplar a mi madre y otro a cada uno de sus hermanos. Además, el ilustre gomero tuvo una vida muy interesante que tuvo un capítulo novelesco y trascendental. Sucedió que al cruzar el Atlántico para visitar Cuba en 1785 una tormenta hizo naufragar su barco y acabó en Pensilvania. Y ya que estaba allí aprovechó para pasar una temporada en los Estados Unidos, donde conoció a Washington, fue contertulio de Benjamin Franklin y se empapó de las ideas ilustradas que habían alumbrado aquel país que cumplía entonces ocho años.

El protagonista de la otra historia que ahora cumple cien años fue la persona que me contó la anécdota de las cartas. En esa casa donde había nacido Ruiz de Padrón, y desde donde don Ventura enviaba a Cádiz los originales de los textos de Franklin, se celebraba hace ahora un siglo el bautizo de un niño, nacido en la misma calle apenas tres manzanas más allá. El padrino era mi bisabuelo y le había prestado al pequeño para la ceremonia las mismas ropas con las que el año anterior había bautizado a su hija menor. Esa niña era mi abuela y el bebé, su vecino, a quien ella miraría con la curiosidad de sus ocho meses de vida, se acabaría convirtiendo con el tiempo en su marido. Sí, el 13 de marzo se cumplieron cien años del nacimiento de mi abuelo Manolo y le debo un post pero tengo tantas cosas que contar que cuando me pongo me sale una tesis. Espero que cuando lo acabe -esta semana seguro- entiendan por qué me está costando tanto.
1 comentario:
Y viva Berni! A pesar de que no sea descendiente del ilustre gomero...
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