martes, 16 de abril de 2013

La lluvia civilizada


 Me gusta ver llover, seguramente porque vengo de una tierra seca. Mi abuelo Manolo decía que también le gustaba porque eso nos alejaba de África, en un comentario un poco injusto (hasta mi abuelo era a veces un poco injusto) hacia el continente al que sin duda pertenecemos, al menos geográficamente, los canarios. Me gustaba más una frase totalmente falsa de Buñuel, o al menos citada por él en su libro de memorias: la lluvia hace grandes a las naciones. Una sentencia rotunda y redonda que ignora que algunos de los países más pluviosos de la tierra son también los más miserables.

Nunca llueva a gusto de todos y no llueve de la misma manera en todas partes. En Bilbao caía durante semanas una especie de cortina de agua muy engañosa, el sirimiri, que parecía inofensiva y te acababa traspasando. En Canarias predomina otro tipo de lluvia, con gotas más gruesas, de forma que si una sola te caía en el cuello, te jeringaba. En Panamá descubrí que hace falta otra palabra para describir lo que cae allí y lo que cae en Europa. Un chaparrón que te pilla desprevenido es una ducha con una mangera de agua a presión. Cuando fui, en 2002, no había pronóstico del tiempo en televisión. Porque casi todos los días del año la cantinela habría sido la misma: calor intenso, lluvia inmisericorde.

Pero de todas las maneras de llover que he conocido, la que más me gusta es la de la capital mexicana. Verán, durante siete u ocho meses no llueve nada. Absolutamente nada. No vienen frentes del océano, como en España, entre otras cosas porque la ciudad está rodeada por montañas de hasta 5.000 metros que impedirían el paso de las nubes.

La lluvia, entonces, no llega de ningún sitio. Se genera aquí mismo. Amaga durante unas semanas y de pronto, un día, puede ser en marzo, puede ser en abril, el aire estalla y empieza a llover. Por la tarde. Porque aquí es rarísimo que llueva por la mañana o por la noche. Siempre entre las cuatro y las seis el cielo empieza a poner negrísimo. Se escuchan truenos y empieza a descargar, con una fuerza tal que si te pilla por la calle el efecto puede ser el mismo que el de caerte a una piscina.

La ciudad queda totalmente anegada pero el chaparrón, como las broncas intrascendentes con la gente a la que tenemos cariño, se desvanece igual que vino. En un rato, normalmente una hora o poco más, deja de llover, se vuelven a abrir los cielos y, lo que me parece más milagroso, la acera, la banqueta como dicen aquí, queda seca en muy poco tiempo.

Hace unas semanas estuvieron por aquí mis padres. Esperaba que les tocara una buena tormenta porque como los tacos, la escuela de perros de La Condesa o la Catedral Metropolitana, la manera de llover también forma parte de mi México, del que me llama la atención y me gusta enseñar a los visitantes. Quiso querer algunos días, pero no hubo suerte, y me quedé con esa pena. Pero a penas cuatro días después de su marcha, una tarde, claro, el cielo se puso negrísimo y después de caer unos cuantos rayos descargó la primera tormenta de la temporada.

Solo la gente que vive en climas como este, con dos estaciones, húmeda y seca, puede entender el alborozo que produce el primer chaparrón, después de meses. Subí a la azotea del edificio e inspiré profundamente el olor a tierra mojada, que es a los aromas lo que los huevos fritos a la gastronomía: un placer primario e insuperable, por muchos perfumes y platos desconstruidos que se inventen. Y sobre todo, aprecié la profunda educación de esta lluvia chilanga, que viene unos meses para quedarse, llega siempre a la misma hora, ciega el cielo y avisa con un par de buenos truenos, cae, a veces con una saña terrible, pero se marcha dejando el aire fresco, todo en su sitio, y no vuelve a molestar hasta el día siguiente. Como las visitas civilizadas.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Berni, ahora que para mi desgracia he vuelto a volar no paro de leer libros. Y muchos sus autores no escriben como tú. Por qué no te planteas escribir uno?
Un abrazo,
Uno de tus primos...