
Confío en la policía y creo que un porcentaje elevado de las veces que arresta a alguien lo hace con sólidas razones. Pero decir que alguien es un asesino o un ladrón antes de que haya un juicio siempre es incorrecto, con independencia de que luego así lo determine la sentencia. Simplemente habremos acertado como el burro que sonó la flauta por casualidad. Pero este caso es bastante más grave que tocar una flauta: jugamos con la reputación de las personas. Y en algunos casos el daño es irreparable. No es esa ausencia de rigor lo que no enseñan en la facultad o en el máster de turno. Hace 12 años escribí un artículo para el periódico de la Escuela de Periodismo de EL PAÍS sobre un juicio por asesinato en el que daba por hecho que el acusado era culpable. "Si publicáramos esto mañana tendríamos una querella en el juzgado", me reprendió mi estupenda profesora Belén Cebrián. Sí, nos lo han enseñado. Pero a veces olvidamos lo básico.
Este fin de semana se han batido todos los récords de imprudencia periodística en este tema. Un joven de 24 años había sido detenido en Tenerife por el asesinato y violación de su hijastra. Muchos medios, inflamados por la repugnancia que provocan estos sucesos, condenaron de entrada al tipo. Sin más miramientos porque cuanto más abominable es el crimen mayor es la tentación de emitir un veredicto fulminante. El diario ABC, al que tengo un gran cariño por determinadas circunstancias que explicaré otro día, fue el más contundente: "La mirada del asesino", tituló en primera página con una foto de Diego P. V.
La imagen del tal Diego no ofrecía dudas para el observador predispuesto a darlo por culpable: una mirada torva, oscura, inquietante... la mirada de un culpable... o quizá la de un inocente que estaba viviendo un infierno -en este caso la palabra no es una hipérbole- al sentirse acusado de un crimen que no había cometido. El desarrollo de los acontecimientos demostró que estábamos ante el segundo supuesto. Un estudio forense posterior demostró que la niña había muerto por las heridas sufridas al caer de un columpio y su padrastro quedó en libertada. Sin cargos, sin fianza y con la vida y la reputación destrozadas.
Tal vez pueda superarlo. Dentro de lo que cabe, y dentro por supuesto de la tragedia, Diego ha tenido suerte. Su linchamiento ha durado 48 horas y su absolución ha sido difundida de forma profusa precisamente por lo escandaloso de la injusticia que habían cometido los medios. Mucho peor hubiera sido que su inocencia se hubiera descubierto a lo largo del juicio, quizá dentro de unos años, cuando la reparación de la honra y de la salud mental del acusado fueran ya imposibles. Dicho esto, concluyo que no me gustan los linchamientos de ningún tipo, ni siquiera los de los culpables. Entiendo que el familiar de un asesinado quiera matar al criminal, pero me son profundamente antipáticas esas masas que se concentran ante los juzgados para machacar al condenado de turno. Me quedo con el padre Brown, que descubría al culpable pero siempre intentaba salvar su alma.