martes, 14 de octubre de 2008

Mis ocho rincones de Roma


Con esta son tres las veces que he estado en Roma en los últimos dos años. No me importaría ir cada seis meses e incluso vivir allí. Evidentemente me he quedado fascinado con la basílica de San Pedro, la Fontana de Trevi, el Coliseo y todos estos sitios a los que las guías dedican cuatro páginas. Pero cuando te impregnas de una ciudad acaba enamorándose de otros lugares, no tan emblemáticos pero que tienen para uno un significado especial. La mayoría de nuestros afectos tampoco responden a criterios estrictamente racionales: nuestros mejores amigos no tienen por qué ser los tipos más brillantes y simpáticos que hemos conocido. Así que los ocho lugares que voy a enumerar no pretenden ser una recomendación para ningún viajero, porque son entrañables para mí por una motivos caprichosos. Todos los conocí en el primer viaje y a todos me gusta volver con la alegría con que se visita a un antiguo compañero.

1) La Iglesia de Santa María in Via Lata, en la vía del Corso casi con la Piazza Venezia. Ni siquiera sale en la guía, bastante exhaustiva, que he llevado este año. Leo en la Wikipedia que se supone que en su cripta estuvo San Pablo dos años esperando juicio. Después de ver desproporcionados templos por toda la ciudad me sorprendió la paz que se respiraba en esta pequeña iglesia -para lo que es Roma. Suele haber gente rezando casi todo el día y el lugar invita, cuando menos, a sentarse, descansar y reflexionar.

2) Restaurante de las viejitas, en la calle Banchi Nuovo. Me lo enseñó mi amiga Chiara en mi primer viaje a la capital italiana. No tiene ni siquiera nombre este pequeño establecimiento situado cerca del Vaticano, al otro lado del río. Lo gestionan dos viejitas que te tratarán como a un nieto. Hay que comer lo que hayan cocinado ese día, no hay menú. Te obligan a terminar el plato y, si te ven muy delgado, a repetir.

3) Ruinas del Largo Argentina. No tienen la grandiosidad del foro romano, evidentemente. Pero me sorprendió, tras llevar una semana viviendo al lado de ellas conocer que entre sus muros se había producido uno de los acontecimientos más importantes en la historia de la Edad Antigua: el asesinato de César cuando pretendía hacerse coronar emperador. Ahí estaban, sin darse importancia, y por esa modestia me encantaron. Están llenas de gatos que cuidan una asociación de vecinas amantes de los animales y, por lo que se ve, bastante desocupadas.

4) Escalinatas de Santa María in Aracoelis. Trepar por esta escalinata vertical e interminable es todo un triunfo. Yo las subí la primera vez porque creí que eran las del Capitolio, situado a la derecha. Pero una vez arriba vi una puesta de sol y una vista de la ciudad extraordinarias. Ojo porque incluso a mí que, modestia aparte, estoy en forma, se me agarrotaron las piernas al llegar arriba. Después se atraviesa la iglesia -sin mucho valor, que yo recuerde- y se accede por detrás, ahora sí, a la Piazza del Campidoglio. De esa no digo nada, ya está en las guías.

5) Restaurante Sora Marguerita, en la judería. Comida típicamente romana. Hay que mirar con lupa para encontrarla, porque tampoco tiene cartel en la puerta, tan sólo un neón con forma de flor. Me la recomendó mi amiga Lucia y yo se la aconsejo a todo el mundo. Para algunos puede ser disuasorio su aspecto, aparentemente cutre. Pero ojo, no es cutre, es pintoresco. Lo avalan decenas de artículos de periódico escritos sobre el local que cuelgan en las paredes del establecimiento.

6) Los cuadros de Caravaggio en San Luigi dei Francesi. Sí, he caído en un sitio qué sí recomiendan todas las guías. Pero tampoco podía yo tener yo tan mal gusto para los sitios. Mi tío José Carlos, a quien debo mi primer viaje a Roma, me lo aconsejó como su rincón favorito en la ciudad. Son tres cuadros situados al fondo a la izquierda del templo sobre la vida de San Mateo. Especialmente interesante es el de la conversión del santo, sobre todo si una amable turista argentina, como nos sucedió a nosotros este año, te desmenuza todos los detalles de la obra. El dedo de Jesús llamando al hasta entonces recaudador de impuestos tiene el mismo gesto que aquel con el que Dios da la vida a Adán en la Capilla Sixtina.

7) La chimenea de la Capilla Sixtina. Lo siento, no la verán, salvo que vayan mientras se celebra un cónclave para elegir a un nuevo Papa. Y si la ven se llevarán una decepción. Nunca un lugar tan suntuoso tuvo una salida de humos tan humilde. Yo y miles de personas estuvimos pendientes de ella durante dos días, viendo salir un humo que nunca me pareció ni blanco ni negro del todo.

8) Cafetería Paparazzi, en el Corso Vittorio Emanuele. Este lugar sí que pertenece al de los afectos arbitrarios porque es un establecimiento sin encantos aparentes. Ahí desayuné el primer día que pasé en Roma: un zumo de naranja, un café con leche y un cruasán. Al día siguiente pedí lo mismo. Y al tercer día, según entré el dueño le dijo a su mujer: "Ni le preguntes. Un zumo de naranja, un café con leche y un cruasán". Ya me había convertido en un cliente habitual. Así que cuando volví a España le mandé una postal que naturalmente decía: "Un zumo de naranja, un café con leche y un cruasán". La segunda vez que estuve en Roma no estaba el dueño, pero su hijo recordaba perfectamente la postal. Esta vez pasé un par de veces por allí pero no encontré a mi amigo.

Así que ya lo ven, ocho lugares, algunos imprescindibles para los visitantes, otros perfectamente olvidables. Pero todos muy entrañables para mí. Si los quieren visitar con Google Maps, pinchen aquí.

4 comentarios:

Agustín dijo...

Estupendo artículo Berni, me quedo con San Luigi dei Francesi, uno también tiene sus caprichos inconfensables. Ya sabes lo que dice el sabio refranero: "Camino de Roma, ni mula coja ni bolsa floja"

Anónimo dijo...

Pa que luego venga el viejito y diga que en la tela se ve mejor. Quién necesita la tele teniendo el blog de Berni.

Anónimo dijo...

Qué ganas me han entrado de volver a Roma leyendo tu blog...sobre todo de ir al restaurante de las viejitas que te obligan a repetir si te ven demasiado flaco. Genial!!!!

Anónimo dijo...

Alberto Q.
www.lacoctelera.com/traslaspuertas

Jo, qué bueno el post!!! Amo Roma y a mí tampoco me importaría vivir allí.

De hecho, en breve me voy para Italia de nuevo (aunque quizá no me dé tiempo a ver Roma).

Saludos