
Verán, cuando estaba abierta la piscina de La Latina, que desgraciadamente en paz descanse, yo me iba las mañanas de los sábados desde mi casa hasta allí dando un paseo delicioso. Recorría Chueca, un tramo de Gran Vía, Sol, la Plaza Mayor y llegaba a mi destino. Creía que conocía perfectamente el trayecto pero después de leer esta guía práctica me he dado cuenta de la cantidad de cosas que me estaba perdiendo. Yo nunca me había preguntado porque había esas casas tan espectaculares en la estrechísima calle de la Reina -falta de visión de los especuladores que pensaban que la Gran Vía pasaría por allí. Ni porque la Gran Vía, que es una calle artificial no es recta sino curva -había que respetar las cuatro o cinco iglesias que marcan sus cambios de rumbo. Ni tenía idea de que al principio de la calle Arenal se fraguó la leyenda del ratoncito Pérez, que hasta tiene un museo allí en una antigua pastelería. Ni sabía quién era Luis Candelas, el de la cueva que hay al pie de la plaza Mayor. E ignoraba que una rama de palma en un balcón de la calle Mayor marca el lugar desde el cual el anarquista Mateo Morral lanzó una bomba a Alfonso XIII el día de su boda, en el atentado más sangriento en la ciudad hasta el 11-M.
Ahora sé eso y muchísimas cosas más. Que hay una estatua a Lucifer en el Retiro. Por qué a los madrileños se les llama gatos. O quién era el perro Paco, que como mi querido Kukín en Busto de Bureba, era una personalidad en la ciudad con entrada en los mejores restaurantes y hasta en la plaza de Toros. De todos los placeres de la vida uno de los más gratificantes es aprender cosas nuevas. Porque saber más cosas le hace a uno más feliz, por mucho que algunos byronianos -qué pereza- atribuyan su desgracia a motivos profundos e intelectuales. Y cuando esas novedades se refieren a lugares, a personas, a objetos conocidos a ese placer se añade la sorpresa de encontrar detalles ocultos en lo cotidiano. Tampoco es que antes yo fuera ciego y me haya vuelto un experto -no exageremos, sólo es un libro de 350 página- pero puedo afirmar que ese mismo paseo sería ahora mucho más interesante. Como lo es el del campesino que va por el campo y reconoce los diferentes tipos de árboles, encuentra las moras y las setas y pronostica que lloverá sin duda viendo las formas de las nubes.
El libro está escrito por un padre y su hijo, Peter -neoyorquino- y Marco -madrileño- Besas y, por las explicaciones que dan de casi todo- parece dirigido más bien a un público extranjero. Lo agradezco porque uno de los riesgos de elaborar una guía así sería dar demasiadas cosas por supuestas. Es muy riguroso. Aunque cuenta múltiples leyendas los autores han tenido la honestidad de separar los hechos históricos de lo probablemente inventado, aunque ello suponga rebajar la gracia de las anécdotas. Se publicó en 2007 y está actualizado a octubre de 2008 pero preveo una nueva edición para contar los últimos cambios de la semana pasada en la Puerta del Sol y para cubrir la demanda de los ejemplares que pienso regalar a mis amigos. Hacer publicidad de esta estupenda obra sólo tiene un problema. A mí me encanta hacer de guía turístico. Y si se difunde demasiado este libro no voy a poder presumir tanto de conocer casi en exclusiva anécdotas, leyendas e historias tan jugosas.