sábado, 11 de septiembre de 2010

Minutos

Minutos y esta vez no musicales. Pido perdón por mi ausencia de la blogosfera durante exactamente un mes: he estado de vacaciones. Cogiendo fuerzas para el trabajo, aunque ya me he dado cuenta de que todo el descanso del mundo no aguantan 72 horas al ritmo de una redacción. También me han pasado cosas: he pontificado sobre periodismo digital en Cartagena de Indias (Colombia) y he estado a punto de quedarme cojo en el Camino de Santiago. Y sobre todo hay cosas que me han llamado la atención y que espero poder contar en los próximos días en este espacio que tengo tan abandonado.

Decía que minutos y esta vez no musicales. Después de pasar ocho días en Cartagena de Indias y dos de ellos impartiendo un curso de periodismo digital supongo que lo suyo sería hablar de los encantos de una de las ciudades más bonitas de América o elucubrar sobre el futuro de la web en plan gurú junior . Pero no, voy a hablar de una de las cosas que más me llamó la atención en Colombia. Por su singularidad, ingenio y omnipresencia: el negocio de los minutos. Pero no se preocupen los amantes de temas sesudos, que no descarto hablar más adelante de las murallas de la ciudad o de Simón Bolívar.

Verán, en Colombia, como en España, hay varias compañías telefónicas. Cada una tiene sus propias tarifas y cada una aplica una táctica común: cobrar a sus clientes un precio mucho más elevado cuando se llama a un móvil abonado a la competencia. Puesfijate que los colombianos han encontrado un método sencillo de burlar este inconveniente. Proliferan por las calles de las ciudades -yo los he visto en Cartagena, pero me juran que están por todo el país- unos sencillos tenderetes callejeros compuestos a menudo por sólo tres elementos -una persona, una silla donde esta se sienta y varios móviles destartalados donde apenas se adivinan los números- y acompañados habitualmente de un cartel que anuncia Minuto Celular o sencillamente Minutos. Los puestos más complejos tienen también una mesita para apoyar los teléfonos con un cajón para los cambios.

El negocio, no se si lo han adivinado, consiste en lo siguiente: si tengo que llamar a un amigo que pertenece a otra empresa, en vez de hacerlo de mi móvil, me acerco a un puesto de minutos y lo hago desde un teléfono de su misma compañía -tienen un aparato de cada una. El tipo me cobrará más de lo que cuesta la llamada -lógico, tiene que ganar algo- pero menos de lo que me valdría hacerla a mí. Pero el negocio es aún más redondo, según me cuenta mi buen amigo y ayudante para todo el periodista del diario Tiempo Jorge Quintero. Resulta que muchos de esos móviles están dados de alta como teléfonos de empresa, para obtener precios más baratos. Y como sus propietarios no pueden justificar tantas líneas distintas, algunos crean compañías ficticias a nombre de indigentes -a los que dan cuatro pesos- y solicitan a través de dichas empresas nuevos números con tarifas económicas. Según leo, otros incluso falsifican identidades.

La actividad fue ilegal hasta 2006, según leo en este exhaustivo artículo donde explican todo mucho mejor que yo. Pero el Gobierno, siempre según esta fuente, decidió autorizarla dado que vivían de ella nada menos 500.000 personas. La cifra que me parece exagerada si pienso que supone más del 1% de los colombianos; pero no me lo parece tanto si evoco la composición de la fauna urbana de Cartagena. Verán, supongo que los minuteros apenas ganan para comer y que quizá estén controlados por las mafias. Pero hoy, agitado por el ritmo delirante de la redacción he pensado que por una temporada me cambiaría por uno de ellos: sentado en mi silla a la sombrita, dejándome llevar por la legendaria placidez del Caribe, con una cerveza Club Colombia en la mano, cotilleando disimuladamente -por qué no- las conversaciones de todo el barrio mientras veo pasar la vida en una esquina de la ciudad más fascinante de América.

PS: Ah, si fuera colombiano y supiera escribir como lo hacen ahí, emprendería la novela de los minutos. La esbozo: sería la reconstrucción de la vida, de las pasiones, intrigas, amores, celos, amistades, odios de un barrio a través de las conversaciones que escucha un minutero a sus clientes. Toda la vida de un vecindario sin salir de su esquina. Ahí dejo la idea por si alguien se anima.

Foto: Celina Massa

3 comentarios:

violenta furia dijo...

Al verla supo que era la periodista, chiquita, voluptuosa y mulata.Con los ojos curiosos y una sonrisa de amabilidad falsa. "¿Tiene minutos?", le dijo esperando de él más que un sí. Acordaron que desde ese día le contaría lo que escuchaba en el barrio. Una historia por noche. Bebió un sorbo de club colombia y le devolvió la sonrisa:"Tengo que cargar el celular en el hotel ¿Vienes?".

Anónimo dijo...

Berni, antes escribías con más frecuencia... ¿Qué te está pasando? Interesante esto del negocio de los minutos... pero seguro que en Cartagena viviste más cosas...

Anónimo dijo...

Página 34 del periódico de hoy.... esos minutos los tenías que haber contado tú... :-)
Elena