
Hoy (ya ayer, aunque en su México natal aún es 28 de enero) ha cumplido 30 años Ana Gabriela Rojas. Aunque la llamo mi mejor amiga se me ha olvidado felicitarla y ha tenido que ser ella la que me llamara desde la India, donde trabaja, para recordármelo. No ha habido reproches. Además de talento profesional, o quizá precisamente por ello, esta chica tiene muy buen caracter. Y como compartimos un lenguaje humorístico privado consistente en la repetición de expresiones disparatadas entonadas con exagerado acento mexicano, nuestras conversaciones suelen acabar a risotadas. La de hoy también.
Gaby entra en la mejor edad, aquella en la que una persona "conjuga juventud, con experiencia", como me escribió con sorna Julio Llamazares en la dedicatoria de un libro cuando cumplí su edad. A los 27 años, después de terminar el Máster de EL PAÍS y una beca de un año en la sección de Sociedad, decidió que quería conocer mundo y escribir y buscó en el planisferio que región del planeta tenía el periódico más desguarnecida. Eligió la India y sin conocer absolutamente a nadie y con un par de teléfonos en una agenda se plantó de freelance en Nueva Delhi. Sola organizó su vida y se dedicó a contarle a los lectores lo que pasaba por allí: los recientes atentados de Bombay; la delirante historia de Vindraban, la ciudad de las viudas; la huelga de actores en Bollywood; o la entronización de Shreeya, la niña diosa de seis años.
Un par de veces su afán aventurero me ha sobrecogido. Cuando se acercó a la selva a conocer a la guerrilla de Myanmar y cuando hizo en Pakistán el camino de los transportistas de la OTAN hostigados por los talibanes me llamó para darme el teléfono de su familia en México. "Por favor, si no te llamo en dos días, ponte en contacto con ellos", me dijo. Afortunadamente nunca tuve que marcar ese número. Gaby es intrépida, pero también muy prudente, o al menos esa ilusión me hago. Y tiene la suerte de los que afrontan la vida con sensatez, a la misma distancia entre la cobardía y la temeridad.
El año pasado también me olvidé de su cumpleaños. El despiste es mutuo, tuve que recordarle el mío el mes de diciembre. No pasa nada. Me importa mucho más saber que puedo telefonearla en cualquier momento, incluso con el desfase horario, y atenderá con cariño mi última ida de olla. A mi también me llama en el momento más inesperado para pedirme algún consejo profesional, algo que me llena de orgullo y perplejidad porque mientras ella llevaba el reporterismo al Himalaya yo me quedaba sentado en la redacción. Y es que es muy modesta. Muy valiente. Y muy periodista.